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“Mono” González: un premio que también pertenece a las memorias de las regiones CULTURA|OPINIÓN Crédito: Presidencia de Chile

“Mono” González: un premio que también pertenece a las memorias de las regiones

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Clemencia González Tugas
Por : Clemencia González Tugas Directora de Cultura, Patrimonio y Extensión, Universidad de O’Higgins Coordinadora Comisión Patrimonio de AUR.
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Que el país premie a “Mono” González es también reconocer la fuerza del arte público, ese que no se guarda en museos ni se encierra en colecciones privadas, sino que se ofrece a la ciudadanía como espacio de encuentro y reflexión. Y es, además, un gesto hacia la memoria.


El reciente reconocimiento a Alejandro “Mono” González con el Premio Nacional de Artes Plásticas no sorprende, pero sí emociona. Hablamos de un artista cuya obra ha acompañado la vida cultural del país por más de medio siglo, dejando huellas visibles en los muros de nuestras ciudades y en la memoria colectiva de Chile.

Nacido en Curicó y residente en Santiago, González nunca ha limitado su quehacer a la capital. Su trabajo se ha desplegado en distintos territorios, dialogando con comunidades, rescatando oficios y reconociendo la riqueza patrimonial presente en las regiones. Su trazo no es solo estético: es social, político y profundamente humano.

Un ejemplo emblemático de ese compromiso se encuentra en la Región de O’Higgins, en el nuevo Edificio Sector Justicia de Rancagua, donde levantó un memorial de grandes proporciones dedicado a la ex Cárcel Pública de Rancagua, principal centro de detención de la región durante la dictadura civil-militar.

Allí, el arte se convierte en un acto de resistencia frente al olvido. El memorial no busca clausurar el pasado, sino mantenerlo abierto como lección, insistencia y búsqueda permanente por una sociedad más justa.

No se trata únicamente de recordar lo ocurrido, sino de impulsar lo que el filósofo Paul Ricoeur llamó, en su libro La memoria, la historia, el olvido (2000), “la justa memoria”, es decir, una que se articule no solo sobre el recuerdo, sino que, desde la urgencia, también, de una justicia a todo orden que precise e insista en la “no repetición”.

El mural comienza con el vestigio de una escalera, símbolo del presidio, la tristeza y la vulneración vivida en la ex cárcel pública. Desde ese dolor, la obra se eleva hacia la liberación de la memoria, representada por manos que se alzan hacia el cielo. Es, en sí misma, una pedagogía visual: nos muestra que la memoria no es estática, sino un proceso vivo que exige ser compartido y transmitido.

Y si bien el reconocimiento a González era esperado por la magnitud y coherencia de su trayectoria, lo que sí sorprende es que este premio se haya entregado a un creador que no proviene de la élite chilena. Su arte y su vida se acercan más a las de otros artistas populares como Violeta Parra, Víctor Jara o Jorge González. Esa cercanía explica en gran parte su potencia: un arte vinculado a las comunidades, sensible a sus dolores y esperanzas, profundamente enraizado en la experiencia popular.

Que el país premie a “Mono” González es también reconocer la fuerza del arte público, ese que no se guarda en museos ni se encierra en colecciones privadas, sino que se ofrece a la ciudadanía como espacio de encuentro y reflexión. Y es, además, un gesto hacia la memoria: porque en su obra se reúnen las heridas del pasado, la fuerza de la resistencia y la esperanza de un futuro más digno.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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