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Remodelación de Plaza Baquedano: fallido intento por enterrar la historia CULTURA|OPINIÓN Crédito: Agencia UNO

Remodelación de Plaza Baquedano: fallido intento por enterrar la historia

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Óscar Plandiura Viera
Por : Óscar Plandiura Viera Escultor, licenciado en Artes de la U. de Chile y maestro en piedra de la Escuela Nacional de Artesanos. Creador de la escultura de Víctor Jara.
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Estimado lector, 26.000 millones de pesos le costó al país eliminar la bella e histórica Plaza Baquedano, para construir este último refrito urbano del Gobierno saliente.


La pronta inauguración del remodelado eje Alameda – Providencia, iniciativa promovida con inusitada prisa y entusiasmo por el gobernador Claudio Orrego y el gobierno saliente del presidente Gabriel Boric, ha dejado al desnudo, en su apuro frenético por ser inaugurada, una discutible intervención urbana.

El resultado concreto es la eliminación de la histórica Plaza Italia y la tradicional rotonda, en cuyo centro se alzaba el monumento al general Manuel Baquedano montando a su caballo Diamante, y junto a esta magnífica obra esculpida por Virginio Arias, una cripta donde descansaba un joven soldado desconocido muerto en la Guerra del Pacífico.

Dicho esto, conviene agregar que la también llamada “Zona Cero” fue por casi un siglo un espacio común, cruzado por chilenos de todas las estirpes. Lugar de celebraciones de triunfos deportivos, protestas estudiantiles y las más grandes manifestaciones populares de la historia de Chile.

Este acto de desprecio hacia quienes construyeron nuestros monumentos, memoriales y lugares sagrados, se ha expresado nítidamente en la decisión de haber borrado este verdadero tesoro urbano, cuestión que no me ha dejado indiferente por lo que he decidido compartir algunas reflexiones.

El espacio público puede ser un lugar de tránsito, comercio, recreación o de interacción, pero también puede llegar a ser un campo de batalla en disputa, acogiendo en su territorio la expresión popular y los cambios históricos. Sin embargo, también es el lugar donde se cruza la planificación urbana como excusa perfecta de imposición ideológica y cultural.

En el mundo existen muchos lugares que, al igual que nuestra Plaza Italia o Baquedano, han podido construir esa identidad. Entre ellas se encuentran la Puerta del Sol en Madrid, el Zócalo de Ciudad de México, los Campos Elíseos de París, la Plaza Roja de Moscú y la Plaza de Tiananmen en Pekín, solo algunos ejemplos de espacios que han expresado esa virtud.

La Plaza Italia fue llamada así por la instalación del monumento “Al Genio de la Libertad” del escultor Roberto Negri, obra donada por la colonia italiana residente en Chile a propósito del centenario de la república. Más tarde, en 1928, el dictador Carlos Ibáñez del Campo, con el fin de fortalecer la identidad nacional, ordenó la remodelación del sector para levantar el monumento ecuestre al general Manuel Baquedano. A partir de ese año la plaza fue bautizada como “Plaza Baquedano”.

Más adelante, con el estallido social del 18-O, fue convertida en el epicentro de la revuelta social, y durante meses en un verdadero campo de batalla controlado por escuadrones de autodefensa de inspiración espartana, alguna vez aclamados en los salones del Congreso, a los que la prensa no tardó en bautizar como “la Primera Línea”.

Y el resultado estuvo a la vista. Ese año se intentó nuevamente cambiarle de nombre, esta vez por el de “Plaza Dignidad”.

Si hacemos memoria, recordaremos que desde el mismo 18 de octubre del año 2019, fueron miles los manifestantes, especialmente jóvenes, quienes durante meses trataron de destruir desde sus cimientos el ideal republicano que durante casi cien años el Estado de Chile quiso allí representar.

Hay que consignar que la peor parte de toda la violencia la sacó el monumento ecuestre y la cripta donde descansa el soldado desconocido. Destrucción justificada por muchos, por representar el símbolo de una República racista, patriarcal, homofóbica y clasista que llagaba a su fin.

A todo lo anterior, habría que agregar el vergonzoso acto de brutal humillación y desprecio que significó el arrancar de su pedestal la estatua de Baquedano, suceso perpetrado a medianoche, mientras los canales de televisión mostraban en vivo y en directo como cortaban las patas del caballo con una vulgar “galletera Makita”

Cuando caen los modelos ideológicos, también deben caer sus símbolos, pareció ser la narrativa de quienes embriagados por un apetito insaciable por cambiarlo todo, que no encontraban sosiego a sus deseos de convertir a Chile en un “Estado Plurinacional”.

Ejemplos históricos refuerzan este deseo de construir sobre los símbolos y espacios de ideologías derrotadas, siendo una práctica que abunda en la historia. Estas acciones han sido utilizadas para demostrar poder y supremacía, con la excusa muchas veces de reutilizar cimientos sólidos o reconfigurar el espacio urbano.

Los romanos a menudo adaptaban sus estilos y edificaban sobre los templos griegos, marcando la continuidad de un espacio sagrado, pero con un nuevo culto.

Del mismo modo, los templos cristianos se construían sobre las ruinas y cimientos preexistentes de los templos romanos. Este fenómeno también lo vimos más tarde en América. Tras la conquista de Tenochtitlán (México), los españoles destruyeron el Templo Mayor Azteca y construyeron la Catedral Metropolitana sobre sus ruinas. La construcción de la catedral en el corazón de Tenochtitlán (hoy Ciudad de México) reafirmó la soberanía española sobre las estructuras de poder indígenas.

En el Cuzco, capital del imperio inca, los templos sagrados y muchos palacios fueron demolidos y sobre sus estructuras construyeron iglesias y conventos. La catedral del Cuzco se construyó sobre los cimientos de un palacio inca.

En Chile a fines del siglo IXX, en el contexto modernizador como el que caracterizó al gobierno de José Balmaceda, el puente de Cal y Canto, que cruzaba el río Mapocho en Santiago, era un símbolo incomodo en la nueva República que con arrogancia deseaba dejar atrás la pesada siesta colonial.

Su destrucción el 12 de agosto de 1888, marcó en términos simbólicos el adiós a esa era. La posterior edificación a sólo metros de los cimientos ruinosos del puente, de la majestuosa Estación Mapocho, una joya arquitectónica de estilo neoclásico diseñada por Emilio Jecquier, expresará de forma simbólica el protagonismo de una nueva éite con pretensiones de ser más culta, moderna y civilizada.

Como vemos, cuando una nueva élite se impone sobre la que se cree vencida, reafirma este reemplazo construyendo nuevos monumentos y símbolos sobre los cimientos y estatuas de todo aquello que le recuerde el tiempo anterior.

Habrá que señalar que este fue el relato al que se sumaron las autoridades del gobierno de Gabriel Boric. Sin embargo, la materialización y la forma como se gestó esta nueva intervención urbana, fue tan improvisada, que sobre la marcha y de forma chapucera se decide traer de vuelta la humillada estatua de Baquedano. Más tarde, se decide entregar como “moneda de cambio” a los partidarios más radicales del estallido social, una discutible instalación artística que rendirá homenaje a Gabriela Mistral.

Estimado lector, 26.000 millones de pesos le costó al país eliminar la bella e histórica Plaza Baquedano, para construir este último refrito urbano del Gobierno saliente.

Como una última reflexión, habría que señalar que el deseo de la nueva élite que toma protagonismo a partir del 18-O y que es validada en las urnas el 2021 con la elección de Gabriel Boric, fue buscar con esmero y entusiasmo borrar una parte de la historia de Chile, con la ilusión de construir un nuevo relato.

Acaso no fuimos testigos de que muchas consignas de esta vanguardia ilustrada, fueron como gasolina que amenazaba envolver con sus llamas las instituciones de la república. “Chile será la tumba del neoliberalismo”, “Chile Estado plurinacional y feminista” nos advertían muchedumbres frenéticas mientras tumbaban estatuas y quemaban iglesias.

Sin embargo, esta vez los deseos se quedaron en el intento. Otra gesta a medias, otra vez no alcanzando la otra orilla. La pillería de ganar “él quien vive” con el mejor titular, una vez más choca con la infalible lección de que todo proceso se madura en silencio respetando los consejos que da el tiempo y la historia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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