CULTURA|OPINIÓN
Crédito: imagen de Facebook de Rolando Rojo
In memoriam: Rolando Rojo Redolés (1941–2025)
Fue de esos escritores que no buscaron un lugar en el canon. Quizás sin pensarlo buscó un lugar en los corazones de las personas que le conocieron. Y ahí, en ese espacio frágil pero persistente, seguirá viviendo.
Existen seres humanos que cuesta describir si no se conocieron personalmente, es el caso de Rolando Rojo Redolés, ¿cómo plasmar en un texto su bonhomía? Una forma alternativa de conocerlo es leer sus obras, con esa voz hecha de barrio, de memoria y de porfía moral.
El escritor falleció el 24 de diciembre de 2025, en Santiago, a los 84 años, partió en el umbral del calendario, cuando el año ya nos ha dicho casi todo lo que podía decir y solo queda el balance silencioso. No un día de comienzos, sino de tránsito. En esa frontera —entre lo que termina y lo que aún no nace— se detuvo la vida de Rolando Rojo Redolés, como si hubiera elegido irse justo ahí donde siempre se mantuvo: en el borde, observando y analizando.
Nació en Ovalle un 10 de febrero de 1941, hijo de un conductor de ferrocarriles, y quizá de ahí provino ese pulso suyo, ese ritmo de rieles que atraviesa su obra: avanzar, detenerse, volver a avanzar, siempre con destino humano. En los inicios de su vida, entre Santiago y Ovalle, conoció los patios, las calles de tierra, los oficios modestos y las conversaciones a media voz que luego poblarían sus cuentos.
Se formó en el Liceo de Hombres de Ovalle y más tarde se tituló como profesor de Lenguaje en Santiago. Durante la Unidad Popular trabajó en el Ministerio de Educación como visitador de primaria y normal, recorriendo escuelas, escuchando, observando. Ese Chile que intentaba escribir su propia historia, parece haber quedado grabado en su mirada.
Luego vino la noche. Tras el golpe militar de 1973 fue detenido, pasó por el Estadio Chile, hoy Estadio Víctor Jara, pasó por la tortura, por el desierto de Chacabuco. Su nombre se suma así a la larga lista de quienes conocieron el lado más oscuro del país. El exilio lo llevó a Argentina, donde compartió refugio con otros desterrados, cada uno cargando su propio país a cuestas. Pero Rolando regresó en 1976, cuando volver era un riesgo y un desafío. Volvió porque algunos no saben vivir lejos de sus luchas.
Todas esas experiencias de vida, fueron gatillando su nacimiento como escritor. En Chile retomó la docencia, fue profesor de castellano y académico en la Universidad ARCIS. Primo del poeta y cantautor Mauricio Redolés, compartía con él no solo la sangre, sino una sensibilidad común: esa manera de mirar el mundo con ironía, ternura y rabia justa.
Su literatura nunca fue ruidosa. Prefería el tono bajo, la escena mínima, el gesto cotidiano donde se esconden las grandes tragedias. En Como con bronca y junando (1993), Otros rostros en las ventanas de San Pablo (2003), Cuentos de barrio (2008), El último invierno del abuelo (2010), El cumpleaños (2010), Campus (2014), El fragor de aquellos días (2015) y en El trayecto (2024), entre varias otras obras, Chile aparece como territorio herido, pero con destellos luminosos, y la dictadura como una sombra que se filtra incluso en los juegos. La educación tiene también un lugar en varios de sus cuentos.
En La muerte de la condesa Prokofich (2002, y luego reeditada el 2019), novela nacida de su experiencia de exilio, el desarraigo se vuelve ficción para poder ser narrado en propiedad. La historia se desarrolla en un hogar para refugiados de las Naciones Unidas en Buenos Aires, que se ha descrito como una “Torre de Babel” donde conviven exiliados de diversas nacionalidades y orígenes.
Ganó muchos premios literarios, como el Pedro de Oña y el Teresa Hamel, y fue postulado al Premio Nacional de Literatura, pero nunca escribió para el aplauso. Pienso que escribió porque sintió ese llamado en alguna etapa de su vida post exilio, y quizás para que otros no olvidaran. Su prosa, sin aspavientos, fue una forma de justicia.
Fue un escritor muy generoso con sus pares, presentando libros de otros autores y autoras, ayudando e inspirando a escritores noveles, apoyando talleres literarios, escribiendo reseñas de nuevas obras, entre otras formar de bregar por el libro y la lectura.
Hoy, cuando su voz se ha apagado, nos queda su ejemplo, tan necesario para enfrentar el complejo futuro del Chile del 2026, y sobre todo, nos queda su escritura: ventanas abiertas a otros rostros, a otros inviernos, a otras broncas que todavía nos hablan, y vaya como lo hacen. Leamos su obra, que siga siendo no solo motivación para otros escritores y escritoras, sino además un estímulo para el pensamiento crítico y la conciencia de mundo y de sí, de todas las personas que se sumerjan en sus historias.
Rolando Rojo Redolés fue de esos escritores que no buscaron un lugar en el canon. Quizás sin pensarlo buscó un lugar en los corazones de las personas que le conocieron. Y ahí, en ese espacio frágil pero persistente, seguirá viviendo.
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