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“La nieta del señor Lihn” de Philippe Claudel: un huracán espacio temporal conducente al abismo CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

“La nieta del señor Lihn” de Philippe Claudel: un huracán espacio temporal conducente al abismo

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Roxana Monsalve González
Por : Roxana Monsalve González Profesora de castellano.
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De a poco se vislumbra el cielo sangriento de las palabras, un camino serpenteante cual víbora que engatusa lleva al lector a querer cerrar las páginas y quedarse quieto para respirar, para no perder el equilibrio de la razón. ¿Qué ocurrió, qué aconteció? ¿Dónde nos llevan las páginas?


El gran Philippe Claudel nos adentra en pocas páginas en un mundo inconmensurable de emociones. Desde el comienzo nos entrega la figura pequeña de un anciano frágil que abandona su país en un barco, solo con su maleta y una criatura en sus brazos.

No le importa el viento ni la extenuante travesía. Es a ella a quien protege y mira con infinita ternura. Mira a lontananza su vida, su país y la familia que ya no está. Las olas y el frío que lo congelan son sinónimos del no regreso, del no futuro junto a la calidez de su tierra perdida. Él es el símbolo de quien viaja sin saber dónde se dirige, aunque va con familias que sí sienten que llegarán a un lugar que los amparará del aciago devenir.

Al llegar a puerto lo trasladan a una casa que, si bien no es un hogar, lo alimentan y le dan abrigo. El anciano señor Linh junto a su nieta, Sang Diu, recuerda los sabores y olores de su pueblo natal, nada de lo presente es igual, ni siquiera el idioma. Para comunicarse, cosa que tampoco realiza con los demás refugiados, lo auxilia una intérprete quien lo insta después de unos días a salir para que la pequeña respire y adquiera el color de la salud.

Así transcurren los días y sus circunstancias, nuestro personaje, el señor Linh, ya se hace nuestro al sentir su dolor, angustia y desamparo. El autor lo caracteriza de tal forma que se produce una simbiosis entre narrador y lector, se huele la desazón en un mundo ajeno.

Pero no todo es bruma en el relato, con gran acierto, nuestro personaje conoce la amistad en un habitante del pueblo, la complicidad y el entregarse a quien le ofrece una mano y una sonrisa, un café en el gélido ambiente; lo bello de esto es que ambos no hablan el idioma del otro, lo que no impide la comunicación, pues se alza majestuoso el lenguaje no verbal.

Los demás personajes se tocan solo de soslayo, para contextualizar, para entregar una mirada peyorativa del señor Linh, no le interesan a él y a nosotros tampoco, se diluyen en la inmensidad del relato, lo que se agradece. Solo el abuelo, la nieta y el amigo, estos tres recorren el lugar y lo llenan de tímidas sonrisas, el emigrante se distiende, le conversa a su nieta, el destierro ya no se ve tan negro.

De a poco se vislumbra el cielo sangriento de las palabras, un camino serpenteante cual víbora que engatusa lleva al lector a querer cerrar las páginas y quedarse quieto para respirar, para no perder el equilibrio de la razón. ¿Qué ocurrió, qué aconteció? ¿Dónde nos llevan las páginas? ¿Volveremos a sonreír?

Las palabras se convierten en un huracán espacio temporal conducente al abismo. La narración se acelera, se atiborra de lugares, de sonidos desconocidos, plagada de emociones extraviadas donde el corazón borborita para quedar vacío.

Claudel nos deleita con esta narración sencilla y alambicada a la vez, gran nouvelle.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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