“Cuando las nubes esconden la sombra”: poética de duelo y transitoriedad en el cine de Torres Leiva
La película revela que lo transitorio no es una amenaza, sino una promesa: la certeza de que en toda oscuridad late, silenciosamente, una forma nueva de claridad.
“Cuando las nubes esconden la sombra”, la nueva película de José Luis Torres Leiva, se despliega como un gesto profundamente contemplativo: una obra construida desde los planos largos, el silencio y la respiración lenta del paisaje extremo del sur de Chile.
En ese territorio donde la luz y el viento parecen narrar por sí mismos, la cámara observa con una calma casi ritual, invitando al espectador a sumergirse en un tiempo distinto.
La historia sigue a María —interpretada con delicada sobriedad por María Alché—, una actriz que llega a Puerto Williams para protagonizar un rodaje que nunca comienza. El equipo no logra arribar debido a una tormenta persistente, dejándola sola en el lugar más austral del mundo. A medida que un dolor físico se intensifica, María inicia un recorrido íntimo por el territorio y por sí misma, enfrentándose a una pérdida que ha evitado nombrar. Lo que parecía una pausa involuntaria se transforma en un proceso de escucha interior, donde la memoria, el cuerpo y el paisaje se entrelazan con una naturalidad inquietante.
La película dialoga de manera profunda con la reflexión de Sigmund Freud en Duelo y melancolía, especialmente con la idea de que “la sombra del objeto cae sobre el yo”. María encarna esa sombra: la pérdida que se vuelve cuerpo, gesto, respiración; el duelo que se incrusta en la identidad y se manifiesta en la quietud y en la fatiga del movimiento. Cada plano parece contener aquello que no se dice, aquello que pesa sin verse, aquello que ella arrastra porque aún no encuentra una forma de despedirlo.
Pero también resuena aquí la idea freudiana de La transitoriedad: esa comprensión de que todo lo que amamos es perecedero, y que justamente por eso su belleza es más intensa. El paisaje austral, con su clima cambiante, sus montes ocultos por nubes súbitas y su luz que aparece y desaparece sin aviso, recuerda que nada permanece, pero nada se extingue sin dejar una marca. La película habita esa impermanencia con una sensibilidad extraordinaria, mostrando cómo el duelo puede transformarse cuando se lo permite respirar.
En esta búsqueda creativa, Torres Leiva se inscribe y a la vez expande las coordenadas del llamado “novísimo cine chileno”, un movimiento identificado por obras autorales, íntimas, que privilegian la experiencia sensorial, la observación y el trabajo con la duración por sobre las estructuras dramáticas tradicionales. Su cine, sin embargo, lleva estos principios a un territorio aún más radical: aquí la imagen es una forma de conciencia, el silencio es un espacio dramático y el paisaje no es un telón de fondo sino una presencia viva que guía, acompaña y revela.
“Cuando las nubes esconden la sombra” es una película que no busca respuestas inmediatas, sino que propone una forma distinta de mirar. En el extremo austral del mundo, donde la vastedad abruma y el silencio se vuelve casi físico, la obra recuerda que todo duelo es un cielo que cambia. Que la sombra que hoy nos acompaña puede disiparse con el tiempo. Que la pérdida, incluso cuando duele, también ilumina.
Porque incluso allí, donde el viento parece arrasar con todo, algo permanece: una respiración que se aquieta, un paisaje que sostiene, y una mujer que aprende a caminar con su sombra hasta que la sombra deja de doler. En esa delicada transformación, la película revela que lo transitorio no es una amenaza, sino una promesa: la certeza de que en toda oscuridad late, silenciosamente, una forma nueva de claridad.
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