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Chile entra al CERN: la ciencia real detrás de Stranger Things CULTURA|CIENCIA Netflix

Chile entra al CERN: la ciencia real detrás de Stranger Things

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Juan Escrig Murúa
Por : Juan Escrig Murúa Prorrector Universidad de Santiago de Chile. Investigador del Centro de Nanociencia y Nanotecnología (CEDENNA)
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De universos paralelos y agujeros de gusano a relatividad, materia oscura y ciencia de frontera: por qué la incorporación de Chile al CERN importa más allá de la ficción.


En Stranger Things hay una idea que se repite una y otra vez: que el mundo no es tan simple como lo vemos. Que hay algo que se nos escapa. Algo que no vemos, pero que intuimos que sostiene todo lo demás. La buena noticia es que esa intuición no nació en Netflix. Nació cuando la sociedad comenzó a tomarse en serio una pregunta incómoda y profundamente científica, que durante siglos había sido más bien filosófica: ¿qué es realmente la realidad? Para toda una generación, esa pregunta quedó grabada de forma indeleble con Matrix.

Por eso importa —y mucho— que Chile haya decidido incorporarse como Estado Miembro Asociado del CERN, el mayor laboratorio de física de partículas del mundo. No es una buena noticia solo para científicas y científicos. Es una señal de cómo, como país, decidimos relacionarnos con el conocimiento: si nos conformamos con usar tecnologías desarrolladas por otros, o si apostamos por entender cómo funciona el mundo desde sus fundamentos.

Si la pregunta por la realidad puede parecer abstracta, la física de partículas responde desde otro lugar. No parte de grandes discursos metafísicos, sino de una intuición muy concreta: entender de qué están hechas las cosas y por qué se comportan como lo hacen. Es una forma sistemática de poner en juego nuestra inteligencia física, esa capacidad cotidiana que nos permite anticipar, explicar y dar sentido al mundo material, solo que llevada al extremo. Desde una célula o una mesa, hasta una estrella o una galaxia, la pregunta es siempre la misma: cuáles son sus componentes fundamentales y qué reglas los gobiernan.

El CERN existe para poner estas intuiciones a prueba en condiciones extremas. En el Gran Colisionador de Hadrones, partículas subatómicas se aceleran a velocidades cercanas a la de la luz y se hacen colisionar para observar cómo se comporta la materia cuando se la empuja hasta sus límites. Es una forma de analizarlas hasta sus componentes más fundamentales. Así se confirmó el bosón de Higgs, el mecanismo que explica por qué las partículas tienen masa. Sin él, la materia no se agruparía. No habría átomos, ni planetas, ni historias que contar.

Y es aquí donde la física y Stranger Things se encuentran de verdad: no en la fantasía, sino en la pregunta que ambas se atreven a formular.

El “Upside Down” funciona porque apela a una intuición correcta: la realidad podría tener más estructura de la que percibimos. La física moderna confirmó esa sospecha hace más de un siglo, cuando la relatividad general mostró que el espacio y el tiempo no son un fondo pasivo, sino elementos dinámicos que se curvan y deforman en presencia de materia y energía. La gravedad, entonces, no es una fuerza invisible: es la forma que adopta el espacio-tiempo.

Si llevamos esas ecuaciones al extremo, aparecen soluciones matemáticas poco intuitivas. Entre ellas, los llamados agujeros de gusano: configuraciones geométricas del espacio-tiempo que, en principio, conectarían regiones muy distantes entre sí. No son portales brillantes ni puertas secretas, sino consecuencias formales de una teoría muy bien establecida. El problema no es que estén prohibidos, sino que aún no sabemos si existen en la naturaleza.

Para que estas estructuras existieran de forma estable, la teoría sugiere la presencia de formas de energía con propiedades muy distintas a las que conocemos. Se trata de un terreno aún especulativo, pero formulado con precisión matemática y discutido seriamente dentro de la física teórica. Este tipo de situaciones no es ajeno a la ciencia moderna. La materia oscura, por ejemplo, no ha sido observada directamente, pero sus efectos gravitacionales están medidos con precisión en galaxias, cúmulos y en la estructura a gran escala del universo. Nadie ha visto el viento, pero todos vemos lo que hace con los árboles. En ciencia, no ver algo no es un problema; no entender lo que hace, sí.

Aquí aparece una diferencia fundamental entre la serie y la ciencia. Stranger Things usa estas ideas para construir un relato. La ciencia las usa para comprender la realidad. Donde la ficción imagina, la ciencia contrasta. Donde hay metáforas, hay hipótesis. Y donde hay misterio, hay preguntas que se investigan con experimentos.

Ese es exactamente el rol del CERN: una institución donde miles de científicas y científicos, de distintos países y culturas, trabajan juntos porque los desafíos verdaderamente complejos solo pueden enfrentarse de manera colectiva. Allí, la curiosidad no se castiga; se organiza. Se transforma en instrumentos, datos y conocimiento construido en común.

Que Chile entre a ese espacio significa algo muy concreto: que nuestras investigadoras e investigadores, estudiantes e instituciones puedan participar directamente en la frontera del conocimiento donde hoy se construye la física del siglo XXI. Significa aprender a producir explicaciones, no solo a consumirlas. Y, como ha ocurrido tantas veces en la historia, ese conocimiento termina traduciéndose en tecnologías, capacidades y soluciones con impacto directo en el bienestar de la sociedad. 

Conviene decirlo con claridad, especialmente en tiempos de incertidumbre: la ciencia no viene a decirnos que el universo es oscuro o peligroso. Viene a decirnos que es más interesante de lo que pensábamos. Cada nuevo nivel de profundidad que descubrimos no nos aleja de la realidad cotidiana; la sostiene.

Stranger Things nos inquieta con lo desconocido.

La ciencia nos invita a entenderlo.

La serie terminó.

Los experimentos siguen.

Y ahora Chile decidió estar ahí: donde las preguntas difíciles no se evitan, se estudian. Porque comprender la realidad, incluso en su complejidad extrema, no es una extravagancia académica. Es una forma profunda —y muy concreta— de hacernos cargo del futuro.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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