CULTURA|OPINIÓN
Agencia Uno
La literatura de la comodidad
Tal vez no estemos ante una crisis de la novela, sino ante una crisis de valentía. La novela histórica seguirá publicándose, y está bien que así sea. Pero convendría recordar que la literatura no nació para explicar el pasado ni para tranquilizar el presente.
Durante años se nos ha dicho que la novela histórica vive un momento de esplendor. Las vitrinas lo confirman, los premios la consagran y los espacios culturales la celebran como si se tratara de un retorno virtuoso al pasado, una reconciliación entre literatura y memoria. Sin embargo, bajo esa aparente vitalidad, algo huele a repetición, a fórmula pulida, a texto cuidadosamente diseñado para no incomodar a nadie.
No se trata de un problema de rigor, tampoco de ausencia de trabajo documental. Al contrario, la novela histórica contemporánea suele ser impecable en sus fuentes, precisa en sus cronologías, respetuosa y fiel a los hechos. El tema es otro. Es literario y más profundo: la renuncia al riesgo.
Buena parte de esta narrativa se ha vuelto una literatura de la comodidad. Cómoda para el escritor, que escribe en base a herramientas ya legitimadas por la historia; cómoda para el editor, que reconoce de inmediato su potencial pedagógico y comercial, y también para el lector, que recorre el texto con la tranquilidad de quien ya sabe donde pisa. No hay abismo, no hay extravío, no hay peligro real. Solo una narración que confirma lo que el lector creía saber, y que le deja la agradable y templada sensación de haber aprendido algo en el camino.
En este escenario, el éxito de figuras como Javier Cercas no resulta anecdótico, sino sintomático. Su trabajo, riguroso y elegante, encarna a la perfección esta narrativa que se presenta como literatura, pero que en la práctica funciona como una forma sofisticada de periodismo retrospectivo. Sus obras son reflexivas, dotadas de riqueza lingüística, moralmente cuidadosas, pero incapaces de soltar amarras. Fiel a una rígida estructura, todo aparece bien explicado, nada queda verdaderamente suelto.
El fenómeno no puede entenderse sin mirar al lector contemporáneo, cada vez más entrenado para consumir relatos que no le exijan mucho a cambio: agradecen que no exista ambigüedad moral ni trabajo interpretativo, tampoco una entrega emocional que desborde los márgenes de lo razonable. Roland Barthes distinguía entre el placer del texto y el goce de este. Hoy, el mercado parece haber optado decididamente por el primero, desterrando al segundo como una experiencia incomoda, incluso sospechosa.
Quizás nos encontramos ante un nuevo período literario, claramente delimitable y distinto de los que lo precedieron. No es el boom latinoamericano, donde podíamos distinguir con claridad la ambición formal y el exceso, casi como virtudes. No es el existencialismo, que hacía de la angustia una forma de conocimiento. Tampoco es la literatura de los años noventa, con su fragmentación, su ironía y su voluntad de ruptura. Es otra cosa, algo así como la era del lector asistido, una narrativa diseñada para acompañar, no para desafiar; para confirmar, no para perturbar.
Ricardo Piglia decía que toda ficción propone un modelo lector. La tendencia dominante se inclina por uno que no quiere perderse, que agradece la guía constante, y que sospecha de los textos que no se explican solos. El resultado es una literatura impecable, correcta, perfectamente alineada con los valores de su tiempo, pero curiosamente incapaz de producir una experiencia estética duradera.
El negocio editorial, por supuesto, no es ajeno a este proceso. Sin necesidad de conspiraciones ni villanos, el mercado ha ido privilegiando aquello que es reconocible, traducible, exportable, adaptable. La creatividad no se censura: se domestica; el riesgo se desincentiva. Se publica lo que no falla, aun cuando implique publicar lo que no sorprende.
Frente a este escenario, las editoriales independientes cumplen un rol muy decisivo, y muchas veces heroico. Son ellas las que siguen apostando por voces nuevas, por escrituras que se equivocan, que incomodan, que no encajan del todo en el deber ser cultural ni en la corrección editorial. Allí, muchas veces lejos de las vitrinas y de los premios predecibles, sigue ocurriendo algo parecido a la literatura: un espacio donde la forma importa, donde el lenguaje no es solo un vehículo y donde el lector no es tratado como un cliente frágil, sino como un cómplice posible.
Tal vez no estemos ante una crisis de la novela, sino ante una crisis de valentía. La novela histórica seguirá publicándose, y está bien que así sea. Pero convendría recordar que la literatura no nació para explicar el pasado ni para tranquilizar el presente. Nació, más bien, para desordenar un poco las cosas. Cuando deja de hacerlo, por muy bien escrita que esté, corre el riesgo de convertirse en algo distinto: una narración correcta, culta, perfectamente legible y profundamente prescindible.
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