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“De qué hablamos cuando hablamos de Apocalipsis”: a replantearse la vida CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

“De qué hablamos cuando hablamos de Apocalipsis”: a replantearse la vida

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Cristian Salgado Poehlmann
Por : Cristian Salgado Poehlmann Escribe ficción y periodismo. Fiel seguidor de Rangers de Talca.
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Siete de los nueve cuentos de Emilio Ramón proponen a protagonistas en un mismo ambiente de vida: el fracaso. Y además: cinco de los nueve cuentos están escritos en retrospectiva.


De qué hablamos cuando hablamos de Apocalipsis es el segundo libro de ficción del escritor y editor Emilio Ramón (Santiago, 1984), salvaguardando en esta oportunidad la égida del cuento, un formato siempre difícil en términos comerciales, que solo vende bien cuando un autor se pone de moda, como sucedió con Mariana Enriquez, autora que durante un tiempo fue lo único que leyeron los chilenos, junto con Andrés Montero.

Ramón debutó en la narrativa en 2021, con la novela Los muertos no escriben y también es autor de dos libros de corte periodístico ligados a la cultura punk, además de ser el líder de la editorial Santiago-Ander. Por ende, es un tipo con experiencia. Y publicó con una editorial que tampoco es que haya aparecido ayer. El recorrido de Los Perros Románticos es de respeto. No hace mucho sacaron un libro con material de un gigante de la poesía nacional: Carlos Cociña. Ambos elementos –autor y editorial– aspectaban para De qué hablamos cuando hablamos de Apocalipsis un resultado promisorio. Veamos qué pasó.

El volumen lo componen nueve cuentos. Me quiero detener primero en dos aspectos que son de exclusiva responsabilidad del editor y que no se manejaron bien. Primero, la numeración de las páginas. Están centradas y en negrita. No queda, distrae. Es como tener una pequeña mosca todo el tiempo que desliza tus ojos hacia abajo mientras lees. Y segundo, el título. Ya hay suficientes libros con el pie forzado de Carver. La hicieron de taquito, como se dice.

Los cuentos de Ramón transitan en torno a una ambientación cultural pop realista. Sus fascinaciones son Chuck Palahniuk, David Foster Wallace, Andy Warhol, Friends, Rocco Siffredi, David Bowie, Joe Strummer, Pantera, Fritz Lang, el alcohol, la cocaína, personajes que se mudan de un lugar a otro siempre con maletas y mujeres que invitan a hombres a sus departamentos.

Lo habitual es que ese escenario –también decadente, pues los héroes de Ramón suelen estar aquejados por alguna derrota, la ruptura amorosa es la más común– se quiebre con la irrupción de un elemento inesperado y externo a las fuerzas que participan dentro de los cuentos. Este elemento es usualmente fantástico. A saber, un hombre explota de manera espontánea, otro sufre la iluminación de ver el futuro a través del ano de las personas, una expareja debe quedarse encerrada porque fuera comienza algo parecido al diluvio universal o una ciudad de pronto deja de verse en colores, lo que acarrea al protagonista a replantearse su vida. Estos sucesos imprevisibles gatillan las historias, son su motor de arranque. El problema es que siete de los nueve cuentos obedecen a este mecanismo. Y también siete de los nueve cuentos proponen a protagonistas en un mismo ambiente de vida: el fracaso. Y además: cinco de los nueve cuentos están escritos en retrospectiva. Se presentan de la misma forma: una propuesta desde el presente para luego ir atrás y relatar lo sucedido. “Aquí va mi historia”.

Cada volumen de cuentos guarda una hermosa posibilidad. Esconde diferentes módulos de ofensiva literaria. De cómo enfrentar una historia. Estandarizar la escritura dentro del mismo –tal como ocurre en De qué hablamos cuando hablamos de Apocalipsis– asoma, en consecuencia, como un despropósito. La prosa de Ramón es veloz, dinámica, fluye con esa gracia de hacer parecer que cualquiera puede escribir. A todas luces un mérito. Por eso mismo, las 102 páginas que completa De qué hablamos cuando hablamos de Apocalipsis se leen de un tirón. Entonces esa repetición en el modo de hacer que el libro tiene se siente, pesa. Distinto sería si uno lee los cuentos por separado. Por ejemplo, en revistas.

Hay tres cuentos muy buenos en De qué hablamos cuando hablamos de Apocalipsis: “No hay futuro”, “Una las dos (El diluvio)” y “Algo parecido a London Calling”. “Tommy Gun” podría haber estado, pero su final decepciona. El cuento del chico con dos penes contiene algunas de las frases más destacables del libro: “Es curioso que al mirarnos al espejo día a día no somos conscientes del paso del tiempo, pero al enfrentarnos a la presencia trasnochada de un amigo del pasado, los años nos caen encima como una roca pesada y definitiva…”.

En “No hay futuro” Ramón problematiza un aspecto oscuro de la sociedad contemporánea: vivir sin sorpresa a partir del exceso de información e hiperconectividad. Las personas se acostumbraron a no resolver sobre la marcha y se vuelven panicosas si tienen que hacerlo. Hasta la visita imprevista de un familiar o amigo las descompone. Actúan sobreseguras. Para simbolizar esto utiliza la metáfora de ver el futuro a través del ano de la gente. Le sucede al protagonista del relato, quien se da cuenta que tiene esta capacidad y poco a poco comienza un negocio de prestidigitador por el que circulan metaleros, raperos, punks, skaters y de todo un cuanto hay. El final está muy bien trabajado, en especial en su conexión con el inicio del cuento.

Si bien en “Una las dos (El diluvio)” el mecanismo de cierre y enlace con el principio es el mismo que en “No hay futuro”, “Una las dos (El diluvio)”, escrita en monólogo apelativo y que relata la psicopática reunión de una expareja de lesbianas que se extiende más de lo previsto debido una imprevisible lluvia de tintes míticos que azota la ciudad, destaca por la soltura con la que integra distintos referentes literarios de gran aliento. En este cuento encontramos una mixtura entre la Biblia, En este lugar sagrado, de Poli Délano, y “Autopista del Sur”, de Cortázar. Claro que en clave intimista. Uno de los cuentos con uno de los protagonistas mejor trabajados en términos psicológicos del libro.

“Algo parecido a London Calling” trata acerca de la decadencia masculina. Román se burla del tipo picado a rockero “obsesivo celoso sin remedio”. Y lo hace con humor y le resulta. El cuento trata de Johnny, suerte de doble oficial de Joe Strummer en Chile, quien junto a su grupo, luego de enterarse de la muerte de líder de The Clash, vuelve a los escenarios para rendirle tributo. Ahí conoce a Vicky, con quien inicia una aventura amorosa y a quien trata de impresionar con sus conocimientos y experiencias en torno a Strummer, como todo gran hueveta. La peripecia con la que “Algo parecido a London Calling” da un vuelco es de una simpleza y vitalidad geniales. Un cuento muy, muy entretenido. Un perfil masculino despreciable muy bien trabajado psicológicamente; asimismo, Vicky, su contraparte, está bastante bien lograda.

En De qué hablamos cuando hablamos de Apocalipsis Emilio Ramón se preocupó por perfilar distintas voces para cada uno de los cuentos. Esto ayuda a balancear la monotonía estructural de los mismos. A ratos la cosa se equilibra y funciona. Lo que sí se echa en falta: que el autor haya ahondado más en los personajes. Los cuentos donde profundiza en esta materia son minoría.

No cabe duda: estamos ante autor ingenioso, las anécdotas le brotan y tiene esa virtud de presentarlas como el viento que sopla: uno imagina que los dedos le vuelan al teclear. Pero quién sabe si ha sido así. Un escritor trabaja mucho más de lo que uno imagina. En ese sentido el resultado es bueno.

Sin embargo, lo anterior no basta. Un volumen de cuentos es una oportunidad para ensayar estructuras y personajes. Y aquí Emilio Ramón decidió ser conservador.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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