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Luego de la burbuja de Nueva York, de vuelta a la realidad

por 30 septiembre, 2019

Luego de la burbuja de Nueva York, de vuelta a la realidad
Es probable que el Mandatario logre subir algunos puntos en las encuestas de las próximas semanas, de hecho, los chilenos tenemos una cierta debilidad con que “un compatriota” presente una actuación destacada a nivel internacional, en el ámbito que sea, incluso en las esferas más curiosas. Pero es probable que sea de un efecto pasajero. Sin embargo, La Moneda estaría haciendo una lectura muy equivocada si asumiera que el solo hecho de que Piñera tome un rol internacional va a romper la tendencia a la baja. El frente interno, ese que repercute en lo cotidiano en la vida de las personas –como empleo, jubilación, salud, educación–, es la variable principal para que la gente termine valorando la imagen de un Presidente.
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No cabe duda que la apuesta de Piñera esta vez fue correcta. Esto, luego de buscar, de todas las formas y por todos lados, un nicho que le permitiera posicionarse a nivel internacional, incluyendo la fallida puesta en escena de Cúcuta y el intento por cumplir un rol más destacado en la crisis de Venezuela. Pero finalmente –como una obsesión que pareciera inspirada en una competencia frenética con Michelle Bachelet–, logró instalarse, la semana pasada, en un territorio ajeno: el medioambiental.

No quiero decir con esto que el Presidente no tenga interés o vocación por el tema –a su manera, Tantauco es un ejemplo de ello–, sin embargo, jamás, ni para la derecha ni para el mundo empresarial, ha sido una bandera de lucha. De hecho, uno de sus más cercanos, el abogado Fernando Barros, sacó hace unas semanas la voz para decir que lamentaba que el empresariado chileno validara la COP25 e incluso llegó a decir que el calentamiento global correspondía a un diagnóstico equivocado que solo reflejaba un sentimiento “antiempresa”.

Y aunque los representantes de los gremios empresariales rechazaron la crítica –son los principales auspiciadores del evento en Santiago–, hubo muchos guiños y sonrisas de aprobación en algunos sectores más conversadores a nivel político y empresarial. Por supuesto, nadie se inmoló en lo público. Así como en su momento Barros defendió a Pinochet en su detención en Londres, esta vez, muchos prefirieron validar su posición, pero en las conversaciones de pasillo o los WhatsApp grupales.

Lo cierto es que Bolsonaro, en la misma semana, fue capaz de decir un par de disparates que ya lo están posicionando como un payaso a nivel internacional, señalando que era una “fake news” que la Amazonía era un pulmón verde del mundo. Donald Trump también ha negado –y se ha burlado– del cambio climático. La controvertida Tere Marinovich –que se ha convertido en una especie de gurú del conservadurismo extremo– atacó con bastante dureza a la joven activista Greta Thunberg. Lo de Barros es el reflejo también de una derecha dura que mira con malos ojos y desconfianza a “lo ambiental”.

Coincido con los dirigentes de derecha, como Ena Von Baer (UDI), que han señalado en estos días que Piñera entró a un terreno que la izquierda creía de su propiedad. Sin embargo, la derecha en Chile –y en el mundo– ha tenido una posición clara desde hace décadas en este tema: privilegiar el desarrollo y crecimiento vs. el proteccionismo ambiental. Se han opuesto a proyectos claves como la Ley de Glaciares. Han exigido bajar la tramitación de permisos ambientales bajo el supuesto de “desburocratizar”. Tampoco han tenido una postura muy “ambientalista” frente la discusión del Código de Aguas, pese a la dramática sequía que enfrentamos. Es decir, esto es como si un Presidente de izquierda quisiera ser el “zar” de la liberación total del mercado y la reducción del Estado.

Por ahora, Sebastián Piñera logró dar en el blanco pensando en sus objetivos personales. Pareciera que en el “piñerismo”, liderado por su incondicional equipo político, hubieran puesto todas sus fichas en esta estrategia, pensando más en las proyecciones del Mandatario post-2022 que en el futuro de Chile Vamos.

Pero la pregunta de fondo para su coalición es si esa imagen de liderazgo internacional de Piñera le servirá de algo para sortear el complejo frente interno. Pareciera que no. Hoy están las reformas “estructurales” trabadas –Pensiones, Tributaria, Laboral–, la violencia volvió a La Araucanía, la Acusación Constitucional parece tomar fuerza, además de un panorama económico cada vez más gris, confirmado por el modesto aumento del gasto público proyectado para 2020 (3% vs. 7.4% en 2015).

A lo anterior se suma una anticipada “presidencialización” de la agenda en la derecha –en la oposición el desorden se mantiene estable–, que puede traer para el Gobierno dos consecuencias: primero, caer en la tentación del populismo, aceptando incorporar proyectos o iniciativas que logren dejar contentos a los candidatos oficialistas; segundo, ceder ante las presiones de la agenda ultraconservadora de José Antonio Kast, para evitar que un grupo de la UDI termine por abandonar Chile Vamos y siga el camino de Republicanos.

Ambos escenarios deben quitarle el sueño a la dirigencia del oficialismo, debido a que La Moneda –o mejor dicho Sebastián Piñera– ha dejado en evidencia que no tiene inconveniente en hacer giros políticos mirando las encuestas, como fue en el caso de su proyecto de 41 horas.

Es probable que el Mandatario logre subir algunos puntos en las encuestas de las próximas semanas, de hecho, los chilenos tenemos una cierta debilidad con que “un compatriota” presente una actuación destacada a nivel internacional, en el ámbito que sea, incluso en las esferas más curiosas. Pero es probable que sea de un efecto pasajero. Sin embargo, La Moneda estaría haciendo una lectura muy equivocada si asumiera que el solo hecho de que Piñera tome un rol internacional va a romper la tendencia a la baja.

El frente interno, ese que repercute en lo cotidiano en la vida de las personas –como empleo, jubilación, salud, educación–, es la variable principal para que la gente termine valorando la imagen de un Presidente. Distinto es el liderazgo que pueda asumir luego en su calidad de “exjefe de Estado”. Sin ir más lejos, Ricardo Lagos sigue siendo un referente a nivel internacional, pese a no haber logrado siquiera superar las primarias en su partido en 2017. Michelle Bachelet lo sabe de sobra también después de su segundo gobierno.

Entonces, el desafío que viene para Sebastián Piñera –ya empezando a acercarse el segundo tiempo– no solo será lograr sortear los proyectos en el Congreso con éxito y apuntalar a una economía que ya no resiste el lanzamiento de un nuevo plan reactivador –tan solo este año van varios–, sino ser capaz de equilibrar los intereses de su sector en un ámbito que no le es cómodo.

Parece obvio a estas alturas que detrás de todos estos últimos pasos está la ansiedad anticipada de ir construyendo el denominado “legado”. Pero, ojo, si en el Gobierno alguien piensa que el ámbito elegido –internacional y ambiental– para posicionar la figura de Piñera tiene alguna cercanía con esa verdadera epopeya en que se convirtió la tragedia de los 33, sin duda, está equivocado.

Definitivamente lo que sigue faltando en el Gobierno, más que buenas estrategias comunicacionales –insisto, la gira a Nueva York fue positiva, vista desde ese ángulo, solo empañada por el pésimo manejo del caso Salaberry, no por parte de La Moneda, sino desde la UDI–, es más gestión política y más visión de equipo, considerando que hoy la figura presidencial está acaparando todos los espacios. Pero, claro, sin partir por un verdadero cambio de gabinete eso no se ve posible.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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