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OPINIÓN

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Fracaso rotundo de la COP25 y el acelerado debilitamiento del Acuerdo de París

por 17 diciembre, 2019

Fracaso rotundo de la COP25 y el acelerado debilitamiento del Acuerdo de París
Más que avanzar, las actuales COPs abruman. Sirven para dar la falsa imagen de que a los gobiernos y empresas les interesa el tema. Hay fanfarria, farándula, protocolo, destellos, pero en el fondo solo provocan frustraciones y no consiguen los resultados esperados. Ojalá sus modalidades de trabajo se modifiquen pronto y den paso a nuevos mecanismos de negociaciones intergubernamentales, más efectivos, acordes con la tremenda emergencia climática a que nos enfrentamos.
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Lamentamos confirmar que se cumplieron los peores vaticinios que veníamos anticipando en este espacio desde junio. Otro año perdido para aquellos que pedimos el inicio de cambios drásticos y rotundos para enfrentar la “emergencia climática”. Bajo la presidencia de la ministra del Medio Ambiente, Carolina Schmidt –duramente censurada por miles de participantes por no cumplir con la tarea principal de proteger la integridad del Acuerdo de París–, la COP25 ha sido un pasmo, una pérdida de tiempo inaceptable. El consenso es que el evento ha tenido su peor performance en la historia de las COPs.

Una tremenda vergüenza, en la cual el nombre de Chile ha quedado muy mal ante la comunidad internacional. La denuncia más escuchada es que la presidencia no fue neutral. Que estableció una alianza, implícita, con los grandes emisores y las empresas dueñas de los combustibles fósiles, relegando a un segundo plano los intereses de los países más vulnerables a los daños por los desastres climáticos. No es de extrañar para una ministra de un gobierno de derecha. Sus propuestas de decisión se enfrentaron a una amplia oposición.

Desde el viernes 13 de diciembre, la prensa internacional empezó a destacar la incapacidad del gobierno chileno para conducir las negociaciones. Los textos preparados por Schmidt motivaron decenas de duras observaciones desde el momento en que los presentó. En las negociaciones intergubernamentales, las observaciones quedan registradas encerradas en paréntesis. Lo increíble es que, al final de los debates del viernes en la noche, el texto de Schmidt terminó lleno de paréntesis. Fue imposible avanzar, la COP no se pudo clausurar ni en la madrugada, el cierre se postergó primero para el sábado y después para el domingo.

No podemos seguir confiando en la modalidad actual de las COPs de 15 días que, por 25 años, nos ha mostrado su ineficacia y donde la responsabilidad de presidir puede recaer en personas inexpertas en la conducción de negociaciones internacionales complejas, con agendas complicadas, asuntos científicos difíciles de manejar y equipos negociadores asimétricos. Así no se podrá avanzar nunca. Lo que ahora tenemos son largos períodos de letargo que convienen solo a los grandes emisores y COPs itinerantes de baja eficiencia, con apenas dos semanas de trabajos frenéticos, caóticos y negociaciones ineficaces.

Pero para ser justos, no todo se debió a la ineptitud de la presidencia de la COP25. Desde la reunión intermedia de Acción Climática en Bonn en julio y la Cumbre de Nueva York el 23 de septiembre, ya sabíamos que la oposición de los grandes emisores iba a ser muy dura en materia de reducción de emisiones. Cualquiera hubiera sido la destreza de la presidencia, seguramente el conflicto y el bloqueo a los acuerdos, hasta el último minuto, habría sucedido de todas maneras. Con mejor presidencia, sin embargo, los acuerdos se habrían conseguido pronto y la reunión se habría clausurado antes.

Hasta ahora nunca se había visto una desconexión tan grande entre la ciencia y lo que piden los ciudadanos en las calles y los negociadores de una cumbre climática. Los gobiernos demolieron el proceso. El sábado en la mañana, en el plenario, se volvió a sentir el malestar para discutir los nuevos borradores. Hubo un solo acuerdo en la sala: "El equipo liderado por la presidenta de la COP25, no está actuando con toda la diligencia y premura que requieren unas negociaciones tan complejas como estas, en las que participan 196 países”.

El texto final del sábado que se presentó fue tan inapropiado, que se consideró como un retroceso a las primeras negociaciones de hace décadas en el contexto de la Convención. Por ejemplo, cuando para dar fuerza vinculante a la necesaria reducción de emisiones se estableció el Protocolo de Kioto, en 1997. El documento de Schmidt fue casi un retorno a esos días, cuando se fracasó en fijar metas obligatorias individuales a cada país.

Hacia al final se tuvo que acudir al apoyo de la ministra de Transición Ecológica de España, Teresa Ribera, quien en seis horas tuvo éxito para solucionar los bloqueos de 48 horas que no pudo superar Schmidt. Una facultad personal que tuvo que ver con el conocimiento de los asuntos ambientales globales, la empatía personal y experiencia en técnicas de negociación de conflictos. El documento final resultante se titula “Chile-Madrid, Tiempo para la Acción”, el cual anima a las partes a aumentar su ambición climática para reducir emisiones en el 2020, aunque no fija objetivos concretos. En materia de mercados de carbono fracasaron las negociaciones y se volverán a negociar en la COP26 en Glasgow en 2020.

En el documento final también se subraya, entre otros asuntos, la importancia de una “transición justa” y de creación de empleos decentes y de calidad; incluye los temas relativos a “océanos y usos del suelo”; introduce un nuevo “Plan de Género” para dar respuesta al efecto desigual del cambio climático en las mujeres y niñas; se destaca papel de la naturaleza frente al calentamiento global y la necesidad de abordarlo, junto con “frenar la pérdida de la biodiversidad"; se reconoce el papel de los actores no gubernamentales y su rol en la “acción por el clima”; se destaca la importancia de la ciencia, se reconoce la labor del IPCC y se piden “políticas basadas en la ciencia”; se reconoce la importancia del trabajo intergubernamental en el ámbito global apoyando el “multilateralismo” y se insiste en que el calentamiento se limite a 1,5 ºC.

El punto más difícil de negociar y donde se fracasó rotundamente, fue en el desarrollo del artículo 6 del Acuerdo de París, que regularía el mercado internacional de derechos de emisiones de carbono. La idea detrás de este artículo es si una empresa o país no cumple con los objetivos de reducciones de emisiones, podrían compensarlo comprando en el mercado de carbono créditos a otros países o empresas que los hayan obtenido. Lo que se perseguía en la COP25, era impedir que hubiese en el futuro una doble contabilidad. Por cierto, contribuyó a bloquear la negociación la intención de algunos países, como Brasil, de trasladar al Acuerdo de París aquellos créditos de carbono obtenidos años atrás, durante la vigencia del Protocolo de Kioto. En ese entonces, la forma en que se certificaba era menos rigurosa que lo que se comenzaría a aplicar ahora para regular los futuros mercados.

También se fracasó en elevar a metas más ambiciosas los compromisos para reducir voluntariamente las emisiones de CO2. Solo 84 países (entre ellos Chile) de un total de 196, confirmaron que elevarán sus reducciones de emisiones a partir del 2020. O sea, muy pocos. Y lo peor: no figuran los grandes emisores como India, China, Estados Unidos, Rusia, Australia, Japón y Brasil, responsables de más del 65% de las emisiones.

Estos países, sin ningún pudor, se negaron a hacerlo e hicieron caso omiso a los llamados de la ciencia y al clamor de la ciudadanía. No aceptaron que el planeta esté en plena emergencia climática. En el documento final se acordó un vergonzoso llamado a que trajeran metas más ambiciosas a la COP26 en 2020. Eso fue todo. ¿Qué les parece? Totalmente inadmisible. Sin vergüenza alguna. Sin embargo, era de esperar. El poder económico y financiero de las grandes empresas de combustibles fósiles, en alianza con gobiernos corruptos, no iban a soltar, así como así, la gallina de los huevos de oro.

A los grandes emisores se les unieron otros países en desarrollo, como los africanos, que insistían en que se debía analizar lo que han hecho hasta ahora los desarrollados y no solo en materia de mitigación (recortes), sino también en adaptación. Es decir, exigen que se revise si los Estados ricos han cumplido con sus promesas de ayudar económicamente a los países en desarrollo a adaptarse a un cambio climático.

La COP25, al final, terminó transformándose en un evento dirigido a debilitar el Acuerdo de París. ¿Por qué? Porque dicho acuerdo no es vinculante y carece de penalizaciones. Su aglutinante es el compromiso voluntario. Perdieron valor las negociaciones. La meta compartida, “que el aumento de la temperatura media en la Tierra se quede a final de siglo XXI muy por debajo de los 2 ºC respecto a los niveles preindustriales e incluso intentar dejarlo en 1,5”, es demasiado ambigua. También muy compleja de ordenar, ya que es apenas una exhortación a los gobiernos, pero sin fijarles ninguna responsabilidad específica a ninguno de ellos.

En la COP25, la validez de las NDCs como compromisos voluntarios y el cumplimiento de los objetivos del Acuerdo de París quedaron por el suelo. La conducta de los emisores dejó en evidencia la inconveniencia de la gradualidad en los cambios antes de 2030. Las NDCs, al no ser obligaciones en la legislación nacional o internacional, no tienen un carácter obligatorio para crear normas que hay que cumplir. Tampoco existe un mecanismo en el Acuerdo para forzar a un país a establecer un objetivo en sus NDCs para una fecha concreta, ni sancionar si el objetivo establecido no se alcanza.

No olvidemos que desde 2016 vivimos con una ocurrencia cada vez más frecuente de episodios climáticos extremos, desastres en la forma de inundaciones, lluvias intensas, olas de calor, marejadas, olas de frío, incendios, ciclones, huracanes, etc. Sin embargo, las respuestas esperadas de los gobiernos han brillado por su ausencia. Lo peor ha sido ignorar la gravedad de los hallazgos de la ciencia, presentados en los informes del IPCC y otros organismos de la ONU como OMM y UNEP, así como la trascendencia de sus recomendaciones. Un nuevo golpe bajo fuerte.

En Madrid, desafortunadamente, prevaleció la estrategia de los grandes emisores que persigue “democratizar la búsqueda de soluciones al cambio climático, de manera que cada país haga lo que pueda”. Nótese: NO utilizan los dos términos esenciales, “reducir emisiones”. Nos parecen argucias preocupantes, tergiversan la realidad. Postular que voluntariamente, sin compromisos firmes para reducir las emisiones, sea posible ejecutar cambios drásticos y detener el cambio climático, es una gran mentira. Un fraude por donde se le mire.

Igualmente, respecto a “daños y pérdidas”, ha quedado en evidencia que a los grandes emisores per cápita no les importan los desastres climáticos y sus daños. Para nada, ya que los mayores impactos los sufren y continuarán sufriendo los países más pobres y vulnerables, las poblaciones más pobres y marginales de todos los países. A todos los emisores, más que el rechazo al consenso científico, lo que los mueve es el cálculo económico-financiero.

Para la codicia de los emisores, el Acuerdo de París no es más que un mero arreglo comercial, injusto y peligroso para sus bolsillos. Un impedimento burocrático que les impide a futuro la libre expansión industrial. También usan el argumento de “que el acuerdo solo ofrece ventajas competitivas a China e India”. Niegan que estemos en crisis climática, en medio de una emergencia, al borde de desastres, en cualquier momento, en cualquier lugar del mundo.

Si se analiza en detalle el estado de la situación, vemos que después de cuatro años de aprobado el acuerdo, su cumplimiento es cercano a nulo. Decir otra cosa sería engañar. Por lo tanto, lo que pasó en la Cumbre Chile-Madrid no debería sorprendernos. El milagro habría sido si se hubiesen aprobado –por la totalidad de los países, especialmente los grandes emisores– las reducciones en sus emisiones de CO2 al menos en un 40% de aquí a 2030. O que la descarbonización de la economía hubiese dado un paso firme adelante y que los mercados del carbono se hubiesen perfeccionado.

Aún así, es decepcionante verificar que la gran mayoría de los Estados, no solo los grandes emisores, no cumplieron en los últimos cuatro años con sus NDCs. Los datos reportados estos últimos meses son contundentes, ya que muestran que las emisiones de CO2 nunca habían sido tan elevadas como en 2019 y que las temperaturas continuaron marcando cifras récords. ¿Qué esperan para reaccionar?

La causa principal se debió al aumento en el consumo de energía por el crecimiento económico en los Estados Unidos y Asia. El consumo global de energía aumentó un 2,3% en 2018, casi el doble de la tasa de crecimiento anual promedio desde 2010. Los combustibles fósiles cubrieron casi el 70% de la nueva demanda por tercer año consecutivo, con una demanda fuerte de gas natural. El consumo global de gas natural subió más de un 4,5%, mientras que el petróleo aumentó más de un 1,3% y el carbón hasta casi un 1%. China, India y los Estados Unidos representaron el 70% de toda la demanda de energía y el 85% del aumento neto de emisiones. Estas cifras muestran que hay una desconexión entre la reducción de emisiones y lo que sucede en los mercados reales. Esta es la verdadera barrera que habrá que vencer, a la brevedad, para alcanzar los objetivos del acuerdo. Ni más ni menos.

Concluyendo, la COP25 traicionó las esperanzas de la ciudadanía y de la juventud por el clima. Se aceleró el debilitamiento del Acuerdo de París. En esta maniobra, a los grandes emisores como Estados Unidos, China, India, Rusia, Brasil, Arabia Saudita y Kuwait, se unieron Australia, Italia, Austria, Hungría, Polonia, incluso algunos países del bloque africano.

Debemos tener presente que en la COP25, por la tiranía del consenso, estos países bloquearon cualquier exigencia para reducir las emisiones a su regalado gusto y a cualquier otra propuesta de decisión que les afectara. Ante semejante fraude, el movimiento de la Juventud por el Clima realizó el lunes una protesta a nivel mundial por el rotundo fracaso de la COP25, debido a la vergonzosa actuación de los gobiernos y el lobby de las empresas petroleras.

Es entendible esta indignación de los jóvenes y de la gran mayoría de los participantes, que con muchas dificultades, después de cambiar la sede, pudieron asistir a la COP25. Se ha perdido un año.

Este rotundo fracaso hace imperativo que las Cumbres del Clima sean modificadas lo más pronto posible para transformarse en un Foro Permanente de Negociaciones Climáticas, que se reúna al menos una vez cada mes, en un lugar fijo de una sede de la ONU, ya sea en Bonn, Nueva York o Ginebra, donde se cuente con más embajadas o delegaciones permanentes de las Partes de la Convención del Clima. Objetivo: trabajar continuamente hasta aprobar un programa global de acción, sólido, seguro, financiado, que dé garantías a la comunidad internacional y a toda la humanidad de que estamos enfrentando con seriedad y responsabilidad la emergencia climática.

No podemos seguir confiando en la modalidad actual de las COPs de 15 días que, por 25 años, nos ha mostrado su ineficacia y donde la responsabilidad de presidir puede recaer en personas inexpertas en la conducción de negociaciones internacionales complejas, con agendas complicadas, asuntos científicos difíciles de manejar y equipos negociadores asimétricos. Así no se podrá avanzar nunca. Lo que ahora tenemos son largos períodos de letargo que convienen solo a los grandes emisores y COPs itinerantes de baja eficiencia, con apenas dos semanas de trabajos frenéticos, caóticos y negociaciones ineficaces.

Más que avanzar, las actuales COPs abruman. Sirven para dar la falsa imagen de que a los gobiernos y empresas les interesa el tema. Hay fanfarria, farándula, protocolo, destellos, pero en el fondo solo provocan frustraciones y no consiguen los resultados esperados. Ojalá sus modalidades de trabajo se modifiquen pronto y den paso a nuevos mecanismos de negociaciones intergubernamentales, más efectivos, acordes con la tremenda emergencia climática a que nos enfrentamos.

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