martes, 27 de octubre de 2020 Actualizado a las 15:40

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Mañalich o Figueroa: un reality show sobre la triste vuelta a clases

Mañalich o Figueroa: un reality show sobre la triste vuelta a clases
La escuela y la experiencia escolar están lejos de ser reconocidas en este especie de reality show que protagonizan los ministros y las autoridades de gobierno, ya que en última instancia reconocer también podría ser entendido como “agradecer un beneficio o un favor recibido”. Lamentablemente, la falta de conocimiento, de empatía y de valor de la que hablamos hacen imposible pensar que se está en posición de agradecer algo a la escuela, ni menos a sus profesores. La crisis de la pandemia es también la crisis de un reconocimiento.
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Ya suponemos que con el correr de las semanas de pandemia está relativamente claro que lo que ha existido en esta temporada escolar no es para nada un “proceso educativo de enseñanza y aprendizaje”. Sobre todo, debería ser más o menos evidente que lo que se llama “educación a distancia” no es precisamente lo que ha ocurrido. Que estemos todos -sincerémonos por un momento- “engrupidos” con la tele-educación, es bien distinto. La propaganda del gobierno a través de sus ministros, sus voceros y hasta del mismísimo presidente en algo han ayudado en este “grupo”. Pero es sólo eso: oropel. La realidad es bien distinta, tanto para la educación presencial, como para la educación virtual.

En esta especie de reality show protagonizado por los ministros de educación y salud, ninguno ha sido realmente cuidadoso con el mundo escolar que implica a las niñas, los niños, los jóvenes, los padres y apoderados y, por supuesto, a los profesores y los equipos de dirección. Los mensajes entregados al sistema escolar han sido equívocos, tardíos, torpes y por lo tanto perjudiciales. Ninguno de los dos ministros ha ayudado a suavizar la experiencia de aislamiento que ha implicado la pandemia.

Y tal como sucede en estos programas de televisión, tras una suerte de arte de magia, pasamos sin más de la sobre exigencia de la educación virtual a la sobre exigencia de la vuelta a clases. ¿Qué mensaje están entregando al mundo de la educación con esto? Es el mensaje de la improvisación, la desorganización, y sobre todo, de la falta de empatía. Nadie puede ser empático con algo que no le importa realmente. Y eso es gravísimo. En estas circunstancias, a ambos ministros se les puede llamar al orden, a la moderación y a mantener un espíritu cívico de amabilidad con el mundo escolar.

Pero parece que da lo mismo cuando -vaya a saber por qué complejo- ellos insisten en compararse con el primer mundo y dirigirse a la ciudadanía con un tono más bien conservador y autoritario. Mientras tanto, desde nuestros propios encierros, a quienes sentimos la escuela nos duele y pareciera por un momento que no nos queda más que apretar los dientes, cuando resulta claro que no conocen la realidad del mundo escolar y seguramente no la conocerán.

Más aún, lo que sucede es que este gobierno no cuida la escuela porque en rigor no la reconoce. La palabra reconocimiento posee diversas acepciones y varias de ellas nos ayudan a dar cuenta del abismo, por momentos insalvable, que se ha ido construyendo entre las autoridades políticas y las comunidades educativas.

Reconocer puede ser entendido como “examinar algo o a alguien para conocer su identidad, naturaleza y circunstancias”. Ante la vuelta a clases las primeras interrogantes que surgen están en relación con el grado de conocimiento que el gobierno tiene de las particularidades de la escuela, de su sentido, contexto y quehacer. Este regreso a clases podría eventualmente ser paulatino, pero nunca podrá tener el carácter aséptico y estructurado que el gobierno ha propuesto. No solo porque las condiciones materiales de nuestras estrechas escuelas no lo permitan, sino porque se ignora la naturaleza misma del espacio educativo y sus vivencias. Basta rememorar alguno de los días en que regresamos a la escuela luego de las vacaciones o de haber estado enfermos, baste recordar las palabras al oído, los abrazos y esos anhelados juegos, que al parecer nada tenían que ver con el aula, los contenidos y sus evaluaciones.

Reconocer también puede ser entendido como “explorar de cerca un lugar para obtener una información determinada”. De ser entendida la escuela de este modo, tendríamos que preguntarnos si el gobierno ha escuchado a los distintos actores educativos para intentar comprender lo que las comunidades están viviendo y pensar con éstas el retorno a clases. En dicha información debería estar sin duda la preocupación por quienes han fallecido, se encuentran enfermos o en cuarentena, pero también sería necesario escuchar las experiencias que han vivido los estudiantes, profesores, familias y equipos directivos y con humildad aceptar sus preocupaciones como genuinamente relevantes.

Este último punto, nos lleva una tercera acepción del reconocimiento. Reconocer puede definirse también en el sentido de “admitir o aceptar algo como legítimo”. Los juicios apresurados, las descalificaciones y la falta de respeto que el actual gobierno ha tenido con el mundo escolar deja entrever, de manera menos evidente pero más lamentable, que la escuela no es reconocida en su valor para la sociedad. La escuela no puede ser tratada como un almacén: ni un repositorio de conocimientos a ser transmitidos, ni un depósito de alimentos o vacunas a ser distribuidas, ni un espacio en que los niños, niñas y jóvenes puedan ser almacenados mientras sus madres y padres van a trabajar.

La escuela y la experiencia escolar están lejos de ser reconocidas en este especie de reality show que protagonizan los ministros y las autoridades de gobierno, ya que en última instancia reconocer también podría ser entendido como “agradecer un beneficio o un favor recibido”. Lamentablemente, la falta de conocimiento, de empatía y de valor de la que hablamos hacen imposible pensar que se está en posición de agradecer algo a la escuela, ni menos a sus profesores. La crisis de la pandemia es también la crisis de un reconocimiento.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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