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EDITORIAL

El imprevisible centro político y la segunda vuelta presidencial

por 4 diciembre, 2021

El imprevisible centro político y la segunda vuelta presidencial
El llamado “centro político” nacional terminó por mostrarse como un espacio social difuso y fragmentado que aún no tiene perfiles políticos nítidos. La geografía electoral del país cambió definitivamente y habrá que interpretarla, pero carece de sentido atribuir sentidos mágicos a cosas obvias como buscar electores entre quienes no votaron por uno, o recurrir a categorías ambiguas para describir cosas que quizás son muy objetivas en la vida real, pero que nosotros no vemos. Así las cosas, hemos sostenido de manera reiterada, a través de los años, que el prestigio o desprestigio ideológico y doctrinario de la democracia política depende del funcionamiento rutinario de sus instituciones, de la cercanía de sus gobernantes con las necesidades de la gente, y de los valores de orientación de todo el sistema. Entre ellos, los principios republicanos, laicos, y de igualdad, cuya más fuerte garantía no es la fuerza, sino la convicción y razón de los propios ciudadanos y que, en nuestro concepto, hacen a la democracia un mecanismo mesocrático y no excluyente.
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José Antonio Kast y Gabriel Boric vivieron su segunda semana de campaña de cara al balotaje presidencial, en un tenso trajín de rearticulación de sus comandos electorales, de limar las asperezas de sus discursos y flexibilizar sus programas, buscando los focos que les permitan conseguir los votos que les den el triunfo. Ambos, con un volumen de votos bajo el 30%, necesitan ahora alrededor de dos millones de votos nuevos para ganar. Ello si es que se mantiene un abstencionismo de aproximadamente un 50% del padrón electoral. Si el número de votantes aumenta, el resultado se hace inversamente difuso. A mayor número, más impredecible.

Analistas, sociólogos y académicos de la política coinciden en que el “centro político” es el espacio social decisivo a conquistar electoralmente, por cualquiera de los dos candidatos. Ambos han hecho caso, y sus equipos han trabajado aceleradamente para identificar cuáles son los contenidos que les dan flexibilidad programática para conseguir nuevos aliados, sin dañar su base de apoyo. Pero todo se hace sobre aproximaciones y definiciones implícitas. No existe una definición de qué es o quiénes encarnan ese “centro político”, y como concepto no existe en la sociología y la antropología políticas en Chile. Se maneja como una aproximación o referencia a opciones políticas y electorales indefinidas y variables, o de cierta connotación conformista o moderada, y se supone que quiere tranquilidad, paz y prefiere lo conocido a los cambios. 

Ni tanto, ni tan poco. El centro político es vago y elástico, y no es adecuado definirlo como sujeto electoral estadístico. Tampoco sirven los promedios de miedo o inseguridad, los incentivos a la innovación, el cuentapropismo, el mercado o la tranquilidad. Lo más probable es que en nuestro país ese “centro político” sea una mixtura perfecta de los desarrollos experimentados en las últimas décadas, como la educación, el crecimiento económico o los derechos civiles y los bienes culturales, y que los valores que mejor lo encarnan sean los de la igualdad ciudadana y la libertad. 

El tercer lugar de Franco Parisi coloca a su electorado como el caso anómalo de la elección, que confirma lo complejo que resulta categorizar el centro político. 

A su vez, el empate entre dos bloques antagónicos en el Congreso Nacional, en mitades que son elásticas, pone cuesta arriba la promesa de programa o armado de gobierno de cualquiera de los dos candidatos, haciendo que eso pueda ser el mayor impulso a encontrar acuerdos sistémicos antes que posturas refundacionales o regresiones autoritarias. Claro, con el requisito de que predomine una voluntad de diálogo.

Una alianza electoral no es lo mismo que una coalición política de gobierno, y aunque normalmente una y otra van amarradas, una sirve para ganar y la otra para gobernar, aunque la primera condiciona la promesa de gobierno y la segunda excluye aliados electorales. Por lo tanto, la estrategia electoral de un balotaje como un armado –o al menos insinuación– de un bloque de gobierno que brinde gobernabilidad, es un problema para los dos candidatos de la elección del 19 de diciembre próximo. 

Mucho más considerando que ambos vienen corriendo desde la periferia del poder constituido, y carecen de sustentos orgánicos propios y sólidos para armar gobierno y previamente hacer una campaña corta, masiva y exitosa. 

El cambio de actitud electoral del país desplazó finalmente a la vieja elite política. Pero es tiempo de transición, y la cultura política de negociar todo no ha cambiado. 

Pero en ese escenario, el llamado “centro político” nacional terminó por mostrarse como un espacio social difuso y fragmentado que aún no tiene perfiles políticos nítidos. La geografía electoral del país cambió definitivamente y habrá que interpretarla, pero carece de sentido atribuir sentidos mágicos a cosas obvias como buscar electores entre quienes no votaron por uno, o recurrir a categorías ambiguas para describir cosas que quizás son muy objetivas en la vida real, pero que nosotros no vemos.

En este medio hemos sostenido de manera reiterada, a través de los años, que el prestigio o desprestigio ideológico y doctrinario de la democracia política depende del funcionamiento rutinario de sus instituciones, de la cercanía de sus gobernantes con las necesidades de la gente, y de los valores de orientación de todo el sistema. Entre ellos, los principios republicanos, laicos, y de igualdad, cuya más fuerte garantía no es la fuerza, sino la convicción y razón de los propios ciudadanos y que, en nuestro concepto, hacen a la democracia un mecanismo mesocrático y no excluyente.

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