lunes, 1 de marzo de 2021 Actualizado a las 08:48

Extractos del libro de Slavoj Zizek "Islam y Modernidad"

Apuntes blasfemos: el filósofo de moda en Europa le pasa el cuchillo a la doctrina tras el Estado Islámico

por 18 noviembre, 2015

Apuntes blasfemos: el filósofo de moda en Europa le pasa el cuchillo a la doctrina tras el Estado Islámico
El pensador esloveno escribió este texto pocas semanas después del ataque a la redacción del semanario Charlie Hebdo en París, con la premisa de que "es el momento justo de reunir el coraje de pensar". Ofrecemos un fragmento del capítulo "El Islam como modo de vida".
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Los momentos extáticos de las manifestaciones de París son, por supuesto, un triunfo de la ideología: unen al pueblo contra un enemigo cuya fascinante presencia arrasa, momentáneamente, con todo antagonismo. Así pues, la pregunta que hay que plantearse es: ¿qué es lo que ensombrecen?, ¿qué aspiran a ocultar? Por supuesto, debemos condenar sin ningún tipo de ambigüedad los asesinatos como un ataque a la esencia misma de nuestras libertades, y condenarlos sin reservas escondidas (al estilo de «no obstante,Charlie Hebdo se pasaba provocando y humillando a los musulmanes»). Debemos rechazar toda referencia de orden similar que remita a un contexto atenuante más amplio: los hermanos atacantes estaban profundamente afectados por los horrores de la ocupación norteamericana de Iraq (de acuerdo, pero ¿por qué no atacaron alguna instalación militar estadounidense en vez de un periódico satírico francés?); de facto, los musulmanes son en Occidente una minoría explotada y apenas tolerada (sí, pero los negros africanos también lo son, incluso más, y sin embargo no se dedican a lanzar bombas y a matar), etc.

El problema con esa evocación del complejo trasfondo es que también se puede utilizar perfectamente a propósito de Hitler: también él consiguió traducir en movilización la injusticia del tratado de Versalles, pero, no obstante, estaba plenamente justificado luchar contra el régimen nazi con todos los medios al alcance. Lo importante no es si los motivos de queja que condicionan los actos terroristas son verdaderos o no, lo importante es el proyecto político-ideológico que emerge como reacción contra las injusticias.

 Si los llamados fundamentalistas de hoy día creen realmente que han encontrado su camino a la Verdad, ¿por qué se sienten amenazados por los no creyentes, por qué los envidian? Cuando un budista se encuentra con un hedonista occidental, apenas lo condena. Se limita a señalar de forma benevolente que la búsqueda de la felicidad del hedonista es autodestructiva. En contraste con los fundamentalistas verdaderos, los pseudofundamentalistas terroristas están profundamente irritados, intrigados, fascinados, por la vida pecaminosa de los no creyentes. Se podría pensar que, al luchar con el pecador, están luchando con su propia tentación

Todo esto no es suficiente; deberíamos ir más allá en nuestro pensamiento, y ese pensar más allá no tiene nada que ver con la banalización barata del crimen (el mantra de «¿quiénes somos nosotros en Occidente, perpetradores de terribles matanzas en el Tercer Mundo, para condenar esos actos?»). Tiene incluso menos que ver con el miedo patológico de muchos izquierdistas liberales occidentales de ser culpables de islamofobia. Para estos falsos izquierdistas, cualquier crítica al islam es una expresión de la islamofobia occidental, y Salman Rushdie habría provocado innecesariamente a los musulmanes y fue por tanto responsable (parcialmente, al menos) de la fatwa que lo condenaba a muerte, etc. El resultado derivado de esa postura es el que se puede esperar en tales casos: cuanto más exploran su culpa los izquierdistas liberales occidentales, más son acusados por los fundamentalistas musulmanes de ser hipócritas que tratan de ocultar su odio al islam. Esta constelación reproduce perfectamente la paradoja del superego: cuanto más te atienes a lo que el Otro demanda de ti, más culpable eres. Análogamente, cuanto más toleres al islam, más fuerte será su presión sobre ti…

Esta es la razón también de que encuentre insuficientes las llamadas a la moderación en la declaración de Simon Jenkins (en The Guardian , el 7 de enero), en el sentido de que nuestra tarea es «no reaccionar en exceso, no dar demasiada publicidad a las consecuencias. Hay que tratar cada acontecimiento como un accidente pasajero del horror». Pero el ataque a Charlie Hebdo no fue un mero «accidente pasa jero del horror», seguía una agenda religiosa y política precisa y, como tal, formaba parte con toda claridad de un plan mucho más amplio.

----------
Puede parecer que la grieta entre el Primer Mundo permisivo y la reacción a este por parte del fundamentalismo se identifica cada vez más con la oposición entre llevar una vida larga y satisfactoria, llena de riqueza material y cultural, y dedicar la propia vida a alguna causa transcendente. ¿No es este antagonismo aquel que Nietzsche veía entre lo que él llamaba «ni-hilismo pasivo» y «nihilismo activo»? Nosotros, en Occidente, somos los Últimos Hombres de que hablaba Nietzsche, inmersos en estúpidos placeres cotidianos, mientras los radicales mu-sulmanes están dispuestos a arriesgarlo todo, entregados a la batalla hasta la autodestrucción.

La segunda venida de William Butler Yeats parece reflejar a la perfección nuestra difícil situación presente: «Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de intensidad apasionada». Esta es una descripción excelente de la grieta que ahora se abre entre liberales anémicos y fundamentalistas apasionados. «Los mejores» no son ya plenamente capaces de com-prometerse, mientras que «los peores» se entregan a un fanatismo racista, religioso y sexista.

Ahora bien, ¿encajan realmente los terroristas fundamentalistas en esta descripción? De lo que ellos obviamente carecen es de un rasgo que es fácil encontrar en todos los fundamentalistas auténticos, desde los budistas tibetanos a los amish de los Estados Unidos: la ausencia de resen-timiento y envidia, la profunda indiferencia hacia la forma de vida de los no creyentes.

Si los llamados fundamentalistas de hoy día creen realmente que han encontrado su camino a la Verdad, ¿por qué se sienten amenazados por los no creyentes, por qué los envidian? Cuando un budista se encuentra con un hedonista occidental, apenas lo condena. Se limita a señalar de forma benevolente que la búsqueda de la felicidad del hedonista es autodestructiva. En contraste con los fundamentalistas verdaderos, los pseudofundamentalistas terroristas están profundamente irritados, intrigados, fascinados, por la vida pecaminosa de los no creyentes. Se podría pensar que, al luchar con el pecador, están luchando con su propia tentación.

 El terror de los fundamentalistas islámicos no se basa en la convicción de los terroristas de su superioridad y en su deseo de salvaguardar su identidad cultural y religiosa de la embestida de la civilización consumista mundial. El problema con los fundamentalistas no es que los consideremos inferiores a nosotros, sino, más bien, que ellos mismos se consideran secretamente inferiores.

Es aquí donde el diagnóstico de Yeats es insuficiente para la situación presente: la intensidad apasionada de los terroristas atestigua una falta de verdadera convicción. ¿Qué nivel de fragilidad debe de tener la creencia de un musulmán si se siente amenazada por una caricatura estúpida en un semanario satírico?

El terror de los fundamentalistas islámicos no se basa en la convicción de los terroristas de su superioridad y en su deseo de salvaguardar su identidad cultural y religiosa de la embestida de la civilización consumista mundial. El problema con los fundamentalistas no es que los consideremos inferiores a nosotros, sino, más bien, que ellos mismos se consideran secretamente inferiores. Esta es la razón de que nuestra condescendiente insistencia, tan políticamente correcta, en que no sentimos ninguna superioridad respecto a ellos solo sirve para enfurecerlos más y alimentar su resentimiento. El problema no es la diferencia cultural (su esfuerzo por preservar su identidad), sino el hecho opuesto de que los fundamentalistas son ya como nosotros, de que, secretamente, ya han interiorizado nuestros valores y se miden a sí mismos según esos valores. De forma paradójica, de lo que carecen en realidad los fundamentalistas es precisamente de una dosis de la auténtica convicción «racista» de su propia superioridad.Las recientes vicisitudes del fundamentalismo musulmán confirma la vieja idea de Walter Benjamin de que «cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fracasada»: el ascenso del fascismo es el fracaso de la izquierda, pero, simultáneamente, una prueba de que había un potencial revolucionario, un descontento, que la izquierda no fue capaz de movilizar.

¿Y no vale esto también para el llamado «islamo-fascismo» actual? ¿No es el auge del islamismo radical exactamente correlativo a la desaparición de la izquierda secular en los países musulmanes? Cuando, en la primavera del 2009, los talibanes se apoderaron del valle de Swat en Pakistán, el New York Times informaba de que maquinaban «una rebelión de clase que explota las profundas fisuras entre un pequeño grupo de ricos propietarios y los arrendatarios sin tierras».

Ahora bien, si al «aprovecharse» de las dificultades de los campesinos, los talibanes están «haciendo sonar la alarma sobre los riesgos en Pakistán, que sigue siendo principalmente feudal», ¿qué impide a los demócratas liberales de Pakistán, así como a los Estados Unidos, «aprovecharse» igualmente de esa difícil situación y tratar de ayudar a los campesinos sin tierra? Lo que este hecho tristemente refleja es que las fuerzas feudales de Pakistán son el «aliado natural» de la democracia liberal.

Así pues, ¿qué pasa con los valores nucleares del liberalismo: libertad, igualdad, etc.? La paradoja es que el liberalismo no es lo suficientemente fuerte para salvarlos de la acometida fundamentalista. El fundamentalismo es una reacción —una reacción falsa, engañosa, por supuesto— a una deficiencia real del liberalismo, y por eso es generado una y otra vez por el mismo libera-lismo. Abandonado a sí mismo, este se hundirá lentamente; lo único que puede salvar sus valores nucleares es una izquierda renovada. Para que ese legado clave sobreviva, el liberalismo necesita la ayuda fraternal de la izquierda radical. Esta es la única manera de derrotar al fundamentalismo, mover el suelo bajo sus pies.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV