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Destrucción creativa, Bachelet y la Concertación

por 4 abril, 2013

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Las crisis son momentos decisivos para las organizaciones. De éstas emergen las nuevas ideas y liderazgos que determinarán si la organización sobrevive a las exigencias de su tiempo. Las crisis no son necesariamente malas, pues permiten a las organizaciones adaptarse a los cambios inherentes de nuestra sociedad. Este es el principio de la destrucción creativa y se aplica también a las organizaciones políticas como la Concertación.

La Concertación tuvo una crisis el 2009 y, lamentablemente, parece no haber aprendido de ella. Después de la derrota presidencial, a pesar del alto nivel de popularidad de la ex Presidenta Bachelet, la Concertación comenzó un sano proceso de autocrítica y renovación. Como era esperable, los liderazgos e ideas antiguas fueron puestos en juicio por nuevos liderazgos, que a su vez traían nuevas propuestas. Las frases “si no hacemos algo, no seremos gobierno en los próximos 8 años” o “es el fin de la Concertación” marcaron la agenda… por un momento.

Este proceso reflexivo se detuvo cuando la ex Presidenta empezó a liderar las encuestas. De pronto, la “autoflagelación” era innecesaria: sólo había que esperar a que volviera Bachelet. Como no era necesario cambiar, los nuevos liderazgos perdieron fuerza y las antiguas estructuras volvieron a su status quo, perpetuando así el esquema político que los llevó al fracaso el 2009. De alguna forma, el abundante capital político de Bachelet habría “salvado” a la Concertación, al menos hasta las próximas elecciones presidenciales.

El problema es que, al detener artificialmente el proceso de renovación, la Concertación no ha siquiera remozado la estructura que la llevó al fracaso electoral del 2009. La falta de propuestas y de liderazgos que encanten a sus bases sigue siendo una realidad: prueba de ello es que no hay programa de gobierno (ni vergüenza en reconocerlo) y los reales líderes detrás de la candidatura presidencial parecen haber sido escondidos. La falta de propuestas – plasmadas en un programa de gobierno– y de líderes “presentables en sociedad” son síntomas de que la crisis sigue presente en la organización.

Si la Concertación aspira a más que simplemente ganar las elecciones presidenciales, deberá adaptar su organización para responder a los desafíos que enfrentará el próximo gobierno. Deberá aprovechar el trabajo y el talento de sus liderazgos emergentes para producir un programa de gobierno que motive a sus votantes y armar un equipo que pueda ejecutarlo. De otra forma, la crisis que los llevó al fracaso el 2009 – y que fue artificialmente detenida por la popularidad de la ex Presidenta – se manifestará con mucha más fuerza a partir del 2014. La diferencia es que esta vez el daño será mucho más grande: en vez de quedar fuera del gobierno, habrá llegado a la Moneda una organización sin propuestas que respondan a las expectativas de sus votantes, y sin líderes (más allá de la ex Presidenta) capaces de aunar voluntades para implementarlas.

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