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Paracaídas de oro

por 4 octubre, 2015

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Septiembre, para los políticos progresistas es el mes en que recordamos la muerte de las esperanzas de crear una sociedad más justa e igualitaria, que era, en definitiva, la utopía del socialismo a la chilena que pregonaba el Presidente Salvador Allende.

De alguna manera, ayer –hace cuarenta y dos años– la mayoría de los que apoyábamos al régimen socialista sabíamos qué hacer y cómo lo haríamos apoyados en el poder del Estado. En efecto, teníamos certezas y una meta clara: construir el socialismo contestatario del capitalismo y de manera distinta a los llamados países del socialismo real.

Y hablando de certezas –ahora y no solo en Chile–, nadie cree que el gobierno pueda hacer nada. Cunde la idea de que los gobiernos son débiles ante los poderes fácticos, que en general no cumplen con las promesas de campaña y que al final: todos los políticos son iguales.

En el artículo “El país de nadie”, me refiero a la imposibilidad de los gobiernos locales de controlar los eventos que cruzan el mundo y menos sus consecuencias. En el país de nadie, que es global, no hay fronteras ni límites de ninguna especie.

El sociólogo, Zygmunt Bauman nos dice que no hay reglas globales, tribunales globales, ni menos instituciones democráticas globales, que les pongan atajo a las acciones depredadoras del poder global económico y financiero que nos asola.

Los Estados-nación nada pueden hacer frente al poder global: las crisis económica y crediticia que nos empieza a afectar como país, no la podemos controlar porque es un fenómeno global y que no se puede resolver con políticas locales, por muy buenas que aparezcan. ¿Podemos detener la caída del cobre y la crisis aparejada a la baja del desarrollo en China? Ciertamente no, y tampoco las consecuencias de la crisis de crecimiento de los llamados países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).

Caso paradigmático de lo que decimos, es la actual crisis de los refugiados que afecta a Europa. Esta catástrofe humana es consecuencia directa de la política aplicada por los Estados Unidos en Irak, Afganistán y Siria, y los resultados están a la vista, es la peor tragedia migratoria de los últimos tiempos.

Para el sociólogo anteriormente citado, las fuerzas que globalizan son: el capital, las finanzas, el comercio, la información, la criminalidad, el narcotráfico, el tráfico de armas entre otros, son poderes que abominan de las “leyes nacionales y odian los códigos legales que les imponen”. Por lo anterior, muchos tienden a pensar que la globalización ha sido negativa para países como el nuestro. En efecto, la globalización negativa que hemos descrito no tiene su correlato, una globalización positiva.

La pregunta que nos hace Bauman es cómo solucionaremos el problema, que nos permita restablecer el equilibrio entre política y poder. Porque ahora la política es local pero el poder económico es global.

La pregunta que nos tenemos que hacer nosotros, es cómo restablecer el equilibrio entre la política y el poder en el caso chileno. Teniendo en cuenta el fenómeno de la globalización y sus consecuencias en el medio local, debemos agregar que, en nuestro país, la actual forma de hacer política y algunos de sus actores principales, fueron literalmente cooptados –por no decir comprados– por el dinero de las grandes empresas y grupos financieros.

Para muestra varios botones: ley de pesca, los casos de Penta, Caval y SQM, por nombrar los más relevantes. Las presiones de los gremios empresariales para impedir una ley que fortalezca a los sindicatos no tienen límites. La desregulación del mercado laboral que ha arrojado a millones de trabajadores de todo el mundo al pozo de la desesperanza, la quieren profundizar en Chile, a pesar de sus secuelas de pobreza sin perspectivas de futuro.

Leemos en los diarios y en las redes sociales que la mayoría de la gente tiene miedo por lo que está viviendo el país y quiere el cambio para uno u otro lado, pero también la mayoría tiene esperanzas, expectativas o tiene ideas de cómo hacer un mundo mejor.

La paradoja en Chile, es que los políticos que no son corruptos creen que “si no actúan como las bolsas y el capital viajero quieren, las bolsas quebrarán y el dinero se irá a otro país”. Y por lo mismo vivimos en el peor de los mundos: inmovilizados y a la espera de un milagro que nos saque del marasmo imperante en el escenario político nacional.

Las consecuencias de la recesión mundial la empezamos a vivir en carne propia, ya nos hablan de recortes y de austeridad en el gasto público. El problema, mis queridos lectores, es que esto –de apretarse el cinturón– corre solo para un sector, la vasta clase media, y la mayoría asalariada es la que finalmente paga los platos rotos.

No nos hablen de austeridad, cuando vemos escandalizados cómo el ex gerente general de la minera no metálica SQM pidió una indemnización de casi cuatro mil millones de pesos, aludiendo a un despido sin previo aviso, como parte de la demanda laboral contra la compañía minera. Este despido del señor ex gerente general se da en el contexto de la investigación por boletas ideológicamente falsas relacionadas con el financiamiento irregular de campañas políticas.

Dentro de lo escandaloso que es el caso SQM en sí mismo, más escandaloso es reparar que por 16 días trabajados en marzo recién pasado, el gerente ya citado pide un poco más de 38 millones de pesos, o sea, el señor gana más de 70 millones de pesos mensuales. Tómese en cuenta que en Chile son miles los gerentes que ganan cifras parecidas y las indemnizaciones –paracaídas de oro le llaman– se pagan a todo evento. Recordemos, solo como ayuda memoria, el caso de La Polar y los millonarios “premios” que recibían sus ejecutivos por crecimiento fraudulento de ganancias.

 La paradoja en Chile, es que los políticos que no son corruptos creen que “si no actúan como las bolsas y el capital viajero quieren, las bolsas quebrarán y el dinero se irá a otro país”. Y por lo mismo vivimos en el peor de los mundos: inmovilizados y a la espera de un milagro que nos saque del marasmo imperante en el escenario político nacional.

¿Puede ser que los abusos cometidos en la banca, grandes tiendas, AFP, isapres, clínicas, farmacias y otros no hayan enseñado nada? ¡Parece que no! Y esto porque los ciudadanos están escépticos del rol que puedan desarrollar los políticos de carrera en los vericuetos del poder y, por sobre todo, porque se sienten burlados. En efecto, votaron al legislador o ejecutivo gubernamental en “elección popular” para que defendiera sus intereses y, a la primera de cambio, descubren que su “representante” recibió soborno o se vendió al mejor postor.

Pero la pregunta es: ¿dónde está el enojo ciudadano, la ira de la gente? Se expresa quizás en las encuestas, o tenemos que esperar ese milagro del que hablábamos arriba. Los poderosos acusan al gobierno de quererlos arrastrar a una nueva unidad popular, y amenazan con llevarse sus dineros a otra parte.

El presidente de Icare parece respaldar estas intenciones cuando dice que “no creo que los privados vuelvan a tener el 75% de su patrimonio en Chile”. Lo peor es que, llegado el momento de la verdad, los poderosos se salen con la suya.

Por el momento, nosotros tenemos “derecho” a salir a la calle a gritar lo que queramos, a llenar plazas y recintos varios, pero el poder seguirá donde mismo: en las manos de una minoría a la que hace rato que la democracia y sus derechos le valen un pito.

Al inicio de este artículo hablamos de que hace cuarenta y tantos años, teníamos certezas políticas, hoy nuestros hijos tienen una muy clara: no quieren ser como sus padres.

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