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El holístico dilema de la Teletón

por 28 noviembre, 2015

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Cuando año a año, salvo en períodos electorales, se realiza la Teletón, los chilenos nos sentimos un poco más solidarios y creemos ser mejores personas. Cuando algunos afirman que la Teletón es sólo un producto empresarial cuyo fin último es limpiar su imagen, dejamos atrás a miles de personas que voluntariamente depositan de su dinero, a veces muy escuálido, para poder ayudar a tantos niños. Efectivamente la Teletón la hacemos todos, pero la hacemos mal, exacerbando valores que hoy parecen anacrónicos relatos políticos y económicos de la historia más oscura de Chile.

Muchos caen en la innecesaria crítica hacia la propia fundación, cuyo objetivo no es, como se dijo antes, limpiar la imagen de los poderosos de siempre, sino que precisamente ayudar a niños y jóvenes con discapacidad y que no tienen los recursos económicos para solventar gastos en clínicas privadas del primer mundo. El problema radica en la forma en que todos los chilenos nos hacemos cargo de esa obra, que permite como costo añadido, que las innumerables empresas hoy vinculadas a casos de corrupción política y colusión puedan subirse al escenario y disfrazarse de populares benefactores que dirigen su éxito económico hacia los más necesitados. La crítica tampoco debemos centrarla en su fundador, Mario Kreutzberger, el que utilizando su imagen propició y popularizó esta cruzada, pues quién sabe, tal vez no lo hizo con el afán de posicionarse como el ícono rentable, solidario y publicitario que es hoy, sino que quizás sí hubo solidaridad de su parte.

Cuando se señala que la crítica es a nosotros mismos, se debe a la gran cantidad de años en que simplemente nos despreocupamos como Estado de problemas como éste y lo abandonamos a la suerte de algún empresario-animador que quiera hacerse cargo de esta tarea. Hoy parece que la premisa de menos Estado y más mercado ha quedado atrás para la mayoría de nosotros (v.gr. crisis subprime y Lehman Brothers, 2008), pues sólo a través de éste tenemos poder de decisión y herramientas eficaces para su control. Es cierto que no todo se soluciona a través del Estado, pero en este caso parece ser la mejor opción, pues el bienestar físico de un niño no puede ser un bien transable en el mercado ni tampoco, una tarea del tercer sector. La tarea rehabilitadora debemos entenderla dentro de un derecho humano básico más amplio, como el acceso a la salud.

El dilema de la Teletón escapa a una simple medida económica, transformándose en un factor moral de cómo nos definimos como sociedad. Redunda en si queremos más poder y más derechos o simplemente seguimos perpetuando el actual modelo que tantas colusiones y boletas falsas nos ha traído a todos.

Grafiquemos suponiendo que cada chileno dona 2000 pesos a la Teletón, el resultado cierto es que se cumple con la meta, todos felices. Supongamos ahora que ese monto no lo llamamos aporte, sino que impuesto y que ya no será voluntario sino que obligatorio; probablemente muchos de nosotros diríamos que tal impuesto es injusto y nos opondríamos, pues es regresivo. Supongamos ahora que ese impuesto no lo pagamos todos, sino que lo hacen los más ricos e influyentes como don Andrónico, don Eliodoro, Horst, doña Iris y don Roberto, de manera proporcional a su ingreso, evitando así que los más pobres e incluso la clase media desembolse algo de su bolsillo. Parece que esta solución es un tanto más justa, pues aún sin tener capacidad económica, seguimos teniendo injerencia y poder decisorio, pues pertenecemos al Estado y elegimos sobre él. ¿Qué tal si esta solución la aplicamos también a educación, vivienda, seguro social y otras más?

El dilema de la Teletón escapa a una simple medida económica, transformándose en un factor moral de cómo nos definimos como sociedad. Redunda en si queremos más poder y más derechos o simplemente seguimos perpetuando el actual modelo que tantas colusiones y boletas falsas nos ha traído a todos.

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