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La productividad académica y la producción de significado

por 6 febrero, 2016

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¿Constituye la publicación indexada el parámetro decisivo conforme al cual se ha de calificar la productividad académica? ¿Constituye la sola productividad -entendida como producción de papers- la misión principal del académico?

Las dos preguntas que dan inicio a esta reflexión parecen tener una íntima conexión; es probable que en los claustros académicos las discusiones en torno a la primera cuestión sean más habituales que aquellas en torno a la segunda, pero no cabe duda de que las discusiones en torno a estos puntos, o bien otros colindantes con ellos, han pasado a ser objeto de un debate que se anticipa extenso.

La primera de las interrogantes es propia de departamentos y escuelas universitarias, particularmente cuando en ellas deben discutirse los objetivos institucionales (planes estratégicos, de mejoras y otros tantos instrumentos de planificación), pero también con ocasión de la evaluación del cumplimiento de sus deberes por el conjunto de los académicos. Con todo, la discusión en los ateneos universitarios tiende a relacionarse, de forma cada vez más estrecha, con la lógica dominante en otras instituciones, ya no propiamente universitarias, pero sí estrechamente relacionadas con su quehacer, por ejemplo, porque se ocupan de la asignación de fondos para la investigación, o bien de la acreditación institucional. No al mismo nivel, pero sí con un creciente grado de importancia, se encuentran aquellas otras encargadas de la elaboración de rankings. La lógica evaluativa de estas instituciones tiende a basarse en indicadores cuantitativos dentro de los cuales el artículo en revista indexada y el proyecto de investigación con financiamiento externo ocupan lugares de privilegio.

En principio, no parece cuestionable que las decisiones que estas instituciones están llamadas a tomar, especialmente si ellas tienen que ver con la obtención de recursos financieros, se tomen sobre la base de indicadores cuantitativos como los que hemos mencionado. Podría, incluso, sostenerse que la lógica del reparto de cantidades (tanto de dinero como de años de acreditación, o de puestos en rankings), no podría aplicarse eficientemente si no contara insumos cuantificables. Pero cosa distinta ocurre con las universidades: aunque desde un punto de vista administrativo ellas no debieran descuidar la eficiencia en la asignación de sus recursos, ellas mismas –es decir, sus integrantes– poseen una naturaleza reflexiva que requiere de mecanismos de evaluación alejados de las rationes (o sea, del quantum) y más enfocada en la naturaleza intelectual (o espiritual, si así se prefiere) de sus productos (o sea, del quid, pero también del quale, la calidad). Si la ponderación del quantum reclama asignación de puntos, la del quid-quale, exige valoración y esta es una actividad intelectiva más trabajosa, más lenta y susceptible de ser discutida.

¿De qué forma, sino leyendo y evaluando lo leído, podríamos decir que efectivamente un académico ha cultivado una línea de investigación (la cual difícilmente quedaría consolidada en cinco años)? O bien, ¿cómo podríamos evaluar la importancia para su disciplina de la traducción de una obra que al autor le llevó años realizar? ¿Cómo podríamos decir, siquiera, que las ideas expresadas en lo últimos cinco años, o bien abren nuevas perspectivas, o que, por el contrario, evidencian una actividad científica más bien orientada al “refrito académico”?

En el contexto antes descrito, a veces da la impresión de que la productividad académica es asimilada, cuando no identificada, con la generación de publicaciones indexadas. Ciertamente, para quienes se desempeñan en las áreas de las ciencias sociales o las humanidades, se trata de un error que causa un fundado estupor: en estas áreas, el ensayo de cierta extensión, una monografía o, sencillamente un libro escrito colectivamente, son también productos de la actividad académica que no merecerían el desprecio al que se someten por parte de la parametrización de la que es objeto la actividad académica en su conjunto.

Sin embargo, más pernicioso aún me parece que ciertas discusiones de enorme importancia dentro de las universidades –pongo por caso las que se refieren a los procesos de contratación de académicos– o aquellas que se relacionan con las etapas de la carrera académica –por ejemplo, el otorgamiento de jerarquías o los procesos de calificación de la actividad académica por parte de comisiones evaluadoras, procesos de calificación de la actividad académica– se reduzcan a procedimientos de cuantificación más o menos homogéneos. No sería extraño encontrarse de pronto en medio de una comisión que, al evaluar los antecedentes de un postulante, comenzara con preguntas del tipo ¿cuántas publicaciones indexadas tiene? y que, nada más obtener por respuesta un simple número, se pasara al ítem siguiente (¿cuántos proyectos de investigación?, ¿cuántas estancias posdoctorales?) y así sucesivamente.

Pero en medio de esta discusión, ¿qué relevancia tiene la pregunta que apunta al corazón de la vida académica: la del significado? No se me oculta que casi todos los procedimientos antes descritos incluyen una entrevista con los candidatos a asumir un cargo o a una determinada jerarquía. Ciertamente, ellas cumplen una función que apunta en dirección a una evaluación cualitativa. Pero es pertinente la pregunta de si con ello se satisface la interrogante acerca de cuál ha sido el aporte del académico en cuestión a la creación de significado y cuál ha sido la profundidad de él. En mi opinión, en las ciencias sociales, en las humanidades y en el derecho, las respuestas por el quantum no constituyen ni un sustituto ni una presunción respecto de las interrogantes referidas al quid-quale, visto todo ello en el contexto de la evaluación académica.

Cuando hablo de la creación de significado en las áreas que antes he identificado, desde luego me refiero a varios tipos de contribuciones, la mayoría de los cuales se expresa a través de formas escritas y, por lo tanto, encajan con la idea de productividad. El significado, como el movimiento, se prueba significando, y algún tipo de soporte es necesario para su prueba. Con todo, creo que el hecho de que constatemos que quien produce significado produce, por ejemplo, publicaciones, es todavía muy poco como para dejar toda evaluación centrada en el quantum. La evaluación del significado apunta a dimensiones necesitadas valoraciones que funden decisiones. Por lo pronto, para evaluar si un académico, en cuanto autor de publicaciones, ha contribuido al aumento significativo del conocimiento en su área, se requiere, en primerísimo término, de la lectura de su obra. Agrego más: no sólo la de los últimos cinco años (se ha vuelto una costumbre esto último), sino toda ella. Desde luego, la objeción a esta idea es muy simple: ¿qué integrantes de comisión que debiese discutir el ingreso a una planta académica de un candidato estarían dispuestos a leer toda la obra publicada de él? ¿Cuánto tiempo y cuántos recursos serían necesarios para ello? En mi opinión, se trata de objeciones atendibles, pero no decisivas.

Ellas, por lo demás, se refieren a la eficiencia del procedimiento, pero no a la justificación de la eventual decisión. Después de todo, ¿de qué forma, sino leyendo y evaluando lo leído, podríamos decir que efectivamente un académico ha cultivado una línea de investigación (la cual difícilmente quedaría consolidada en cinco años)? O bien, ¿cómo podríamos evaluar la importancia para su disciplina de la traducción de una obra que al autor le llevó años realizar? ¿Cómo podríamos decir, siquiera, que las ideas expresadas en lo últimos cinco años, o bien abren nuevas perspectivas, o que, por el contrario, evidencian una actividad científica más bien orientada al “refrito académico”? Ciertamente, una comisión tal no podría menos que tomar en cuenta, además, los juicios proporcionados por las recensiones que una determinada obra haya merecido. Desde luego, no todas las recensiones tienen el mismo grado de profundidad; más aún, suelen encontrarse algunas que se limitan a dar una información de los contenidos del libro y a elogiar al autor, pero siempre será posible encontrar una con una cierta pretensión de análisis crítico. Es probable que una evaluación del peso intelectual de la obra realizada, con independencia de las sedes en que haya sido publicada, constituiría un ejercicio mucho más justo con el evaluado y la actividad desplegada por él, que limitarse a procedimientos verificativos, prescindentes de la valoración del significado de esa misma obra.

Pensemos en otra dimensión: aquella que dice relación con la formación de discípulos o mentoría. Desde luego, las universidades cuentan con encuestas de alumnos y evaluaciones de los propios directores de departamento. La información en cuanto al número de cursos atendidos en un semestre y al número de estudiantes en cada uno de ellos se tiene, casi siempre, a mano. A su vez, cuando se trata de la dirección de memorias de pregrado, o de tesis de postgrado, suele repararse en el número que se ha dirigido. Nuevamente, la pregunta por el significado de todo queda sin respuesta. Vale la pena preguntarse si no sería conveniente indagar un poco más. Quizá resulte de interés saber, por ejemplo, cuántas de esas memorias o tesis se han publicado, sea en forma de libro, sea en la de artículos. O quizá auscultar si ellas responden o no a una línea de investigación desarrollada por el autor. Creo importante aquí diferenciar entre una mentoría que se lleva a cabo para cumplir con un deber reglamentario, de una que incorpora la labor de un discípulo en un sistema de conocimientos en el cual el académico evaluado realiza sus mayores esfuerzos. Y por último, hacer una lectura rápida de una selección, si se quiere, azarosa de esas mismas memorias o tesis. Tomaría tiempo, desde luego –eso ya lo sabemos– pero las decisiones de las que hablamos pueden afectar gravemente la carrera académica, e incluso el prestigio de un académico. ¿No merecería, entonces, el esfuerzo?

Finalmente, creo que otra área que podría ser evaluada en los términos que he querido defender aquí, tiene que ver con la relevancia pública que alcanza el académico. Parece difícil no asignar valor (¡no puntos!) a las constantes llamadas que pudiera recibir un académico para participar en foros, inauguraciones de años académicos, congresos, asesorías a organismos públicos (con independencia de si recibe o no emolumentos por ello) y, por último, en debates a través de medios de comunicación masivos. Desde luego, la respuesta a la pregunta de cómo evaluar todo ello tendría siempre la misma respuesta: leyendo, formándose una opinión, valorando, ejercitando un juicio crítico respecto de contenidos. No creo que sea mucho pedir que se proceda así, si de lo que se trata es precisamente de evaluar un trabajo intelectual y no, sencillamente, de aplicar tablas de puntuaciones basadas en criterios separados del contenido.

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