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Homenaje a los «pingüinos»

por 22 mayo, 2016

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Hay que agradecer a los estudiantes de aquella época al cumplirse diez años del comienzo de las movilizaciones que dieron forma a lo que denominamos comúnmente «revolución pingüina». Soy parte de esa generación que vivió y sufrió el clima de conflicto que había en ese entonces y lamentablemente lo viví como un conservador más. No quería ni el paro ni la toma, y, como un autómata replicador de la propuesta gremial, creía neciamente que los estudiantes solo tenían que dedicarse a estudiar («El alumno que rechaza la politización de las universidades y de su tarea académica responde a un impulso correcto y valioso», decía Jaime Guzmán).

Resulta que en Chile para ese entonces no estaba abierto el campo de lo político. La transición y la clase política estaba viviendo las últimas horas de la inercia institucional y discursiva de un país que decía que se estaba «reconciliando». Los jóvenes que vivimos esa época —los movilizados y los que no querían movilización— logramos (sin proponerlo mentadamente) destruir ese clima. Potenciando el conflicto entre nosotros los estudiantes y ellos con la clase política, hicimos todos presente y visible la política.

Politizándonos, toda esta generación bautizó con un nuevo carácter el espacio público y obligó a las autoridades a tomar cartas para «normalizar» la situación y traducir las consignas en mecanismos de control político sobre los jóvenes. Lamentable.

Lo más importante de lo que pasó el 2006 fue que esos jóvenes que salieron a las calles nos dieron la posibilidad de politizarnos, de elegir posiciones para repensar el país y, sobre todo, para hacernos cargo de nuestra capacidad de ser parte del espacio público.

No obstante lo anterior, lo más importante de lo que pasó el 2006 fue que esos jóvenes que salieron a las calles nos dieron la posibilidad de politizarnos, de elegir posiciones para repensar el país y, sobre todo, para hacernos cargo de nuestra capacidad de ser parte del espacio público. Gracias a esa movilización, los jóvenes de nuestro país están cada día menos apáticos y más al margen del sistema político convencional, lo que nos obliga a pensar si la institucionalidad democrática representativa efectivamente tiene sentido en el largo plazo, lo cual es fantástico, porque remueve los cimientos de un sistema que está profundamente deslegitimado y nos permite pensar nuevas fórmulas de construcción de lo político (desde mi trinchera, claro, en tanto se preserve la individualidad de cada ciudadano).

Hay que agradecer a esa (mi) generación porque nos dio la posibilidad de plantear nuevas posiciones políticas, incluida la mía. Solo politizando es posible sembrar el interés por el espacio público a las generaciones venideras y ellos fueron un factor importantísimo para que muchos de nosotros podamos presentar, justamente, un ideario que dista menos de lo que parece del que muchos jóvenes que luchan hoy en día por la gratuidad dicen tener.

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