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Baradit y el conflicto entre alta y baja cultura

por 1 julio, 2016

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El éxito de ventas de Historia secreta de Chile, de Jorge Baradit, ha cogido por sorpresa a la industria cultural chilena. Las explicaciones de este acontecimiento han orbitado alrededor de dos soles, inasumibles y contradictorios.

En primera instancia, un grupo de historiadores académicos ha criticado que un libro de perjudiciales vicios académicos haya seducido de modo completo al público. Sin aplaudir el estilo de Baradit, la segunda reacción, encarnada por los editores y también por un grupo de historiadores, ha reprochado que la historiografía tradicional ofreciese un relato absolutamente desconectado del gusto popular.

Ambas amonestaciones desconocen tanto la relación entre el intelectual y la sociedad contemporánea como la identidad que el historiador científico debe asumir. Todos los reproches no asumen un principio que a esta altura del siglo XXI es incontrovertible: existe una franja constante entre éxito popular y producción cultural exigente.

Debido a que se trata de una situación tan repetida y constante, no tiene sentido quejarse de ella, sino entender este divorcio, para el que no se espera una pronta reconciliación.

¿Por qué sorprende el éxito de Baradit? ¿Es reciente acaso la separación entre el público y la alta cultura? En absoluto. El motivo de que el triunfo de una obra sin virtudes académicas, como es Historia secreta de Chile, haya sido noticia se debe al lugar en que ha ocurrido: el de los libros de historia en que las grandes ventas no son habituales.

¿Qué sentido tendría que un novelista de prestigio pusiese el grito en el cielo porque Pablo Simonetti o Isabel Allende vayan a vender muchos más libros que él? Al menos desde hace cien años, cualquier lista de los libros más vendidos revela que los gustos comerciales no se rigen por la excelencia.

Sí quizá pudiera tener sentido sorprenderse de esta distancia cuando el proceso de ilustración de las masas estaba en sus inicios; hoy, carece de justificación.

Ya no es razonable quejarse de que la saga de Alatriste de Arturo Pérez Reverte relate a los españoles la historia de los Austrias, cuando las ventas de los grandes historiadores del Barroco apenas superan el millar de ejemplares. En el fondo, rasgarse las vestiduras porque Baradit o Pérez Reverte vendan más libros que los historiadores innovadores y serios es tan insensato como sorprenderse de que la mayoría de las personas prefieren el fútbol a la ópera o el teatro.

Prueba de que este éxito solo confirma un principio que debería tenerse claro es que los periodistas han comparado el éxito del libro de Baradit con el que cosechó Adiós al séptimo de Línea en 1955, obra que en ningún caso puede considerarse cumbre de la historiografía chilena.

Del artículo en que se evidencia una novedad, a la monografía que explica un proceso más extenso, se pasa al gran manual científico, del que suelen aprender los estudiantes de secundaria y la mayoría del público culto de la sociedad. El megáfono puede estar en manos del manual o del libro de anécdotas; los contenidos, en cambio, se han enriquecido de las diferentes fuentes de la cascada. De hecho, quienes han criticado a Baradit han enumerado entre sus vicios enriquecerse de investigaciones ajenas sin reconocer la paternidad legítima.

Aun menos comprensible que esta ingenua reacción, me parece la postura de los historiadores y editores, quienes se dedican profesionalmente a la cultura y deberían tener más claro cuál es el papel del historiador y del intelectual en la sociedad contemporánea.

Ambas profesiones han coincidido en que las exigencias profesionales son las responsables de que la lengua académica se haya apelmazado tanto como para ser intragable para el gran público. En definitiva, los papers son los culpables.

Esta responsabilización del género académico incluye hasta cuatro principios muy dudosos. Asume que Baradit se expresa en una prosa elegante. No recuerda tampoco por qué dos de las mejores obras de historia nacional –La fronda aristocrática de A. Edwards y Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile de M. Góngora– son brillantes ensayos, cumbres del castellano, lo que, sin embargo, no les granjeó la conexión popular que Baradit sí ha logrado.

Por otra parte, hablan de la excelencia estilística como si fuera un requisito para convertirse en un historiador respetable. ¿Realmente se puede exigir a todo investigador histórico expresarse en una prosa elegante y llena de chispa? ¿Solo es valiosa la erudición cuando se emplea una lengua florida?

Por último, aceptan de modo natural que los artículos académicos deben estar escritos de modo aburrido y torpe, lo que a la vez me resulta tan chocante como revelador.

La brecha entre público y alta cultura es un hecho fundamental para entender la historia del siglo XX, tanto la intelectual como la política. Se trata de una realidad que conviene tener presente para comprender la relación entre intelectual y sociedad.

A diferencia del tono elegíaco que ha adoptado la academia, esta ecuación no implica que el historiador profesional no ejerza ninguna influencia ni sobre la sociedad, ni sobre el público que jamás comprará sus libros. Al comienzo de la transición española, Alfonso Guerra se divertía de la cantidad de personas que eran marxistas sin haber tocado jamás una página de El capital.

La producción académica se debe entender como una cascada. Del artículo en que se evidencia una novedad, a la monografía que explica un proceso más extenso, se pasa al gran manual científico, del que suelen aprender los estudiantes de secundaria y la mayoría del público culto de la sociedad. El megáfono puede estar en manos del manual o del libro de anécdotas; los contenidos, en cambio, se han enriquecido de las diferentes fuentes de la cascada.

De hecho, quienes han criticado a Baradit han enumerado entre sus vicios enriquecerse de investigaciones ajenas sin reconocer la paternidad legítima. Decía el poderoso editor español Jesús de Polanco que son los escritores los verdaderamente importantes, porque los periodistas se limitan a copiarles. Si quizá el poderoso cántabro exageraba, a mí me parece que nadie está respondiendo a la pregunta fundamental: ¿de qué historiadores depende Baradit?

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