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Infancia sin felicidad

por 10 octubre, 2016

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Esta nota no es una crítica a las instituciones del Estado y específicamente al Sename como foco de esta historia. Las 243 víctimas oficiales del sistema en estos últimos 11 años no serán decorativas de ningún análisis político y social. Seguramente aparecerán reflexiones que abordarán desde la responsabilidad legal de funcionarios y autoridades a lo meramente presupuestario, finalmente enfermedades que aquejan a las estructuras del Estado, entre ellas la de su deber de cuidar la infancia de sus habitantes. Irónicamente ni la infancia ni la vejez  parecen etapas felices en la vida de los chilenos más postergados. La amenaza de la vulnerabilidad no está solamente en los fracasos de la integración económica social de los programas sociales del gobierno de turno. Bien sabemos que la fragmentación y el distanciamiento social repercuten también en la realización de los derechos fundamentales. Estamos más bien ante conflictos que sobrepasan las políticas públicas, la frialdad de la normativa y el cálculo burocrático en el cual está atrapada la discusión sobre la cifra de víctimas. La discusión corre el riesgo de no mirar de frente la situación, de pasar de largo el núcleo del problema. ¿Acaso hemos olvidado el valor de la infancia? ¿Qué significa ser niño en Chile? Algo así titulaba una obrita el Dr. Gabriel Salazar ya en 1990, la historia prototípica del niño guacho en Chile del siglo XIX, relato de penurias, abusos y maltrato infantil que ha quedado grabado en algún lugar de nuestra memoria social y que irónicamente parecía superado. Pero la historia es un poderoso elemento. Su conocimiento ayuda a horrorizarse menos con las malformaciones sociales, nos muestra el texto original detrás del relato.

En la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989 de Naciones Unidas no aparece la palabra felicidad, se reafirman los principios fundamentales de no discriminación, identidad, desarrollo, protección y participación, entre otros, pero nada se dice del derecho universal de los niños a ser felices. Esta Declaración a la que el Estado de Chile adhiere en 1990, como quien se suscribe a una revista que nadie lee, no hace más que volver a poner en el centro la realidad dispar de aquellos postergados, pero sobre todo olvidados.

Pero aquello es otro tema. Acá simplemente quisiera recordar una simple idea a veces olvidada sobre la importancia del desarrollo de la infancia, la cual expusiera hace un par de años el cineasta, ensayista y cronista alemán Alexander Klugel. En base a sus estudios de psicoanálisis explicaba Klugel que la infancia es la etapa en la cual se fija la idea de felicidad en el campo del inconsciente, siendo toda la vida posterior un intento de las personas por la reconstrucción de esos sentimientos y emociones; la búsqueda inconsciente para repetir la sensación de felicidad experimentada en aquella parte de la vida. No se habla de contextos, sino de momentos. El descuido y directamente deterioro de las condiciones de la infancia en Chile es un atentado también a la formación de la idea de felicidad, específicamente a  las condiciones mínimas para ser felices a quienes no tienen quien les procure felicidad. Un trastorno permanente en las personas porque no tiene vuelta atrás. Ninguna ley creará solidaridad y empatía a partir del panorama valórico sobre el cual se sustenta la vida social actual en Chile. Las más de 800 víctimas de Sename fueron niños que murieron en su mayoría a causa de enfermedades, otros por causas tal vez peores que deberá dilucidar el Ministerio Público, pero finalmente no debemos olvidar que muy probablemente fueron niños que vivieron y murieron tristes. Esto parece una cruda obviedad, pero esconde algo más. Solo la total deshumanización del Estado ha podido llegar a tal fatal consecuencia. En la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989 de Naciones Unidas no aparece la palabra felicidad, se reafirman los principios fundamentales de no discriminación, identidad, desarrollo, protección y participación, entre otros, pero nada se dice del derecho universal de los niños a ser felices. Esta Declaración a la que el Estado de Chile adhiere en 1990, como quien se suscribe a una revista que nadie lee, no hace más que volver a poner en el centro la realidad dispar de aquellos postergados, pero sobre todo olvidados. Pasaron 11 años en conocerse las verdaderas cifras, en una década la institución funcionó de la misma forma con la misma indiferencia de testigo. A nadie pareció importante la muerte, esto algo dice de lo que nos hemos convertido, bien apuntaba entonces Nietzsche que solamente lo que alguna vez ha hecho daño y no termina de doler permanece en la memoria.

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