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El vampiro Rafael Garay y los medios chupasangre

por 13 octubre, 2016

El  vampiro Rafael Garay y los medios chupasangre
Independiente de cómo se mire la teoría de la agenda setting, la historia de Garay continúa siendo una buena historia y, por tanto, seguirá en las pantallas. Genera en las audiencias lo que Umberto Eco llamaba participación-fascinación. Aunque sea grotesca, poco original, aunque se enojen con los medios los mismos que los consumen para fundamentar sus críticas en redes sociales y foros.
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La misma semana que se presentó uno de los presupuestos más parcos de la historia en un Gobierno socialdemócrata en Chile, las páginas de noticias económicas estaban más preocupadas de las desventuras de un tal Rafael Garay que de la victoria definitiva de Rodrigo Valdés y su tesis de contracción del gasto fiscal para, de una vez por todas, retomar la regla del superávit.

En los círculos de analistas económicos causó mucho asombro la perplejidad de los medios ante Garay. Este ingeniero comercial era más bien considerado en los mundos de los negocios como un personaje folclórico, bastante expresivo, más conocido por el mediático caso de Felices y Forrados que por el resto de sus negocios, de los que ahora se ha ilustrado hasta el cansancio.

Ante tanta e inusitada explosividad de noticias, algunos han pensado que los medios están haciendo un mea culpa por haber creado el personaje y, en compensación por el daño infligido a la sociedad, lo están liquidando en un plazo más rápido y con mayor crueldad.

Pero no es así. De la misma manera que su increíble vida, incluyendo una probable muerte dramática, era una buena historia, el descubrimiento de la gran mentira, con exilio nada menos que en la misteriosa Rumania, es también una buena historia para seguir sacándole sangre al personaje.

Hay una vieja teoría en comunicación llamada agenda setting. Sus defensores propugnan que los medios tienen un rol decisivo en la conformación de la llamada opinión pública y, por tanto, al darle más énfasis a un tema noticioso sobre otro, establecen de cierta manera qué es más importante para una sociedad.

Dicha teoría entonces le asigna una responsabilidad a la industria de los medios en colocar aquellos temas que son de interés y el llamado “rol social”. Bajo esta escuela, colocar al futuro ciudadano rumano Rafael Garay con mayor importancia que un presupuesto de bajo crecimiento y las dificultades que tendrá Hacienda para aprobarlo, es un acto de irresponsabilidad de los medios, pues ellos tienen un rol social en decidir qué se discute y cómo. Son más culpables aún, pues no hicieron el trabajo de reportear bien y por haber dejado que el señor Garay estafara a todo Chile. Los hechos reales indican que las víctimas de sus estafas son pocas en comparación con otros casos similares, como La Polar, y, por cierto, entre ellas se encuentran destacadas figuras de los medios.

Otra línea de pensamiento, más pragmática y más cínica, plantea simplemente que los medios tienen que competir por rating y audiencia en una industria con cada vez menos barreras de entrada y, por tanto, más canibalizada, y las audiencias prefieren lo grotesco de un falso cáncer y un economista chanta antes que entrar en las complejidades de por qué el ministro Valdés no eligió un presupuesto contracíclico. Entonces, si no se habla del ex economista, como le dicen ahora, hablará el de al lado y se llevará la audiencia. En estos tiempos de retracción económica, y con las agencias de medios colocando cada vez más sus recursos en la publicidad digital, no se puede pestañear y perder una buena noticia por remilgos éticos.

No sería de extrañar que en un tiempo más los medios transmitan en directo, desde Valparaíso, el regreso de Garay, en un barco lleno de cajones de tierra y ratas.

Los niveles de inflación de la agenda setting con Garay han alcanzado niveles solo comparables a la ya clásica burbuja de los tulipanes en Holanda. Dos canales de televisión dedicaron en horario prime sendos reportajes sobre la fuga a Rumania y llegaron donde la misma señora que se presentó como la madre de la supuesta pareja de Garay. De manera asombrosa y ante la perplejidad de los espectadores, la fuente les dijo cosas distintas a los canales. O sea, la necesidad imperiosa de alguien que hablara de su destino hizo caer a ambos en la trampa. La propia estampa de la señora y su entorno, ambos muy parecidos a la aldea de las primeras escenas de la película Borat, pareciera ser otra de las bromas cinematográficas con que Garay se ha bailado a los editores de noticieros.

El propio Garay contribuía a su leyenda con historias sacadas literalmente de los éxitos más blockbuster de la pantalla. Contó que se contagió del cáncer salvando vidas en la tragedia de Fukushima, historia prácticamente copiada del cáncer de George Mason, uno de los protagonistas de la segunda temporada de la serie 24. Su historia de peleas ilegales en Tailanda recuerda a la tercera parte de Rambo, bien ridiculizada por Charlie Sheen. El escenario de su propia desaparición, que incluía una despedida dramática por si no funcionaba la última terapia, es también heredado de la pantalla grande y bellamente narrado en la película canadiense Las invasiones bárbaras. Al menos en su último timo, Rafael Garay mejoró el gusto cinematográfico.

Independientemente de cómo se mire la teoría de la agenda setting, la historia de Garay sigue siendo una buena historia y, por tanto, seguirá en las pantallas. Genera en las audiencias lo que Umberto Eco llamaba participación-fascinación. Aunque sea grotesca, poco original, aunque se enojen con los medios los mismos que los consumen para fundamentar sus críticas en redes sociales y foros. Y en especial los crédulos que dicen que el problema de fondo es que no hay medios públicos y no se hace control social de qué es lo que la gente tiene que ver, como suele sermonear la reelecta presidenta del Colegio de Periodistas.

Eso explica por qué, con la misma pasión, quienes le creían a pies juntillas de improviso decidieron no creerle y convertirlo en una leyenda rumana. El mejor negocio es que se mantenga siempre vivo, como el conde Drácula. No es casualidad que uno de los rostros de televisión que declaró ser uno de los mayores estafados, hiciera coincidir su denuncia con el inicio del ciclo de su programa periodístico, donde trae de vuelta a otro polémico personaje vinculado a estafas. Desde la tierra de los vampiros, la sombra de su antiguo estafador le trae suerte.

No sería de extrañar que en un tiempo más los medios transmitan en directo, desde Valparaíso, el regreso de Garay, en un barco lleno de cajones de tierra y ratas.

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