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Frente Amplio: ahora, ¿qué representa?

por 25 noviembre, 2017

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Después de los resultados de este domingo en las elecciones presidenciales y parlamentarias el escenario político se reordena. Por un lado, a través de los escaños que llegan al parlamento, así como las posiciones en que quedan los y las postulantes a la presidencia, el sistema político y la ciudadanía reconocen rápidamente la reconfiguración del espectro. Sin embargo, al mismo tiempo el sistema se reordena, quizás de manera más soterrada e importante aún, a través de las distribuciones de poder y fuerza que abren las negociaciones de pasillo, los contornos de pertenencias y asociaciones de grupos y sus posibilidades para transar las posiciones de acceso al poder en distintos niveles.

Dentro de esta redistribución que ahora comienza resultará relevante la pugna por las interpretaciones o explicaciones de los resultados de este domingo, dentro de los cuales el Frente Amplio aparece como gran ganador después de una campaña en la que se auguraban negros resultados con alrededor de un 8% para Beatriz Sánchez y la posibilidad de entre 4 y 8 escaños parlamentarios.

Pero adicionalmente la campaña también se nutrió de las tradicionales expresiones que minimizan a fuerzas emergentes. Esto ya ocurrió en 2009 cuando ME-O irrumpió con una candidatura inesperada y fue tratado familiar y despectivamente como “Marquito” por parte de algunos próceres de la extinta Concertación. Posteriormente el apoyo cercano al 20% que obtuvo “Marquito” jugó un rol decisivo en las elecciones que terminarían dando ganador a Piñera en segunda vuelta frente a Frei. Al igual que con MEO en 2009 y dando muestras de no aprender mucho del pasado reciente, en estas últimas elecciones parte del establishment también contribuyó a la infantilización de la fuerza emergente en diferentes espacios y medios asumiendo que tanto errores como debilidades eran consecuencia de un exceso de juventud (Ver 1 2).

De esta manera las acusaciones de irrelevancia o falta de experiencia del Frente Amplio para tornarse en alternativa política real, fueron parte del cóctel que diferentes sectores intentaron instalar como realidad. Solo considerando esto ya puede abrirse el debate. Asumiendo que se trata de una fuerza emergente, el porcentaje del electorado que no se identifica con ningún espectro del sistema ¿necesita un conglomerado más “maduro” o “serio” que represente los cambios que ellos consideran necesarios como esperaría cierto columnismo? O, más simplemente ¿cuándo una fuerza política puede ser considerada “seria”, “madura” o con “licencia” suficiente para gobernar? Eso no sólo conduce a la estéril pregunta de quién podría determinar eso, sino a la más fértil inquietud por las condiciones que hay en la sociedad que hacen necesaria la emergencia de alternativas.

Entre un progresismo renovado de mercado y la posibilidad de un nuevo esquema, el Frente Amplio puede ser tanto el “tránsito hacia” una política más colectivista como la manifestación más prematura de la transposición de valores que se experimentan tanto en Chile como en diversas partes del mundo. Esto no significa que el FA tenga un mérito único ni específico, sino que responde a cambios y necesidades que ocurren en la sociedad global con distintos niveles e intensidades.

Pero, otro punto quizás más relevante aún, tiene que ver con la mirada o diagnóstico de la realidad política chilena que se ubica tras la lectura que minimiza o infantiliza la demanda por cambios profundos. Bajo este diagnóstico ejemplarmente demostrado por el columnismo establishment (en figuras como Carlos Peña y Ascanio Cavallo) contribuyó a instalar la idea de que el diagnóstico que motivó las demandas sociales de 2011 en adelante y que llevaron al gobierno a la Nueva Mayoría en 2014 estaba errado y que la voluntad social estaba más bien motivada por un mejoramiento de la modernización capitalista (Peña dixit) y que en ese escenario la desacreditación de movimientos emergentes quedaba corroborada tras los resultados municipales de noviembre de 2016 y las primarias presidenciales de 2017 (Cavallo dixit). En síntesis, la supuesta verdad del descontento con el rumbo del país y la supuesta generalidad de las demandas hacia una sociedad de igualdad y derechos sociales se trataría en el fondo solo de una forma más bien narcisista e individualista de distribuir el desarrollo capitalista impuesto en dictadura y potenciado por los gobiernos de la Concertación y Piñera. Si esta tesis es correcta, no sería el modelo lo que está en disputa y deberíamos asumir que el 20% del Frente Amplio en la presidencial y los 21 escaños parlamentarios hoy son más bien una excepción inesperada, fruto de la exacerbación o sobrerrepresentación del malestar en Chile y no parte fundamental de una crisis del sistema.

Por el otro lado, existe la posibilidad de considerar que esto sí es manifestación de una distancia y disconformidad mayor con el modelo en su conjunto. De ser así, el Frente Amplio no sólo sería manifestación de un espíritu de época más general y que aún no madura del todo, sino que en estas elecciones ganaría aun perdiendo la presidencial gracias a su proyección y posibilidades de ser gobierno quizás incluso en las próximas elecciones en 2021.

Entre un progresismo renovado de mercado y la posibilidad de un nuevo esquema, el Frente Amplio puede ser tanto el “tránsito hacia” una política más colectivista como la manifestación más prematura de la transposición de valores que se experimentan tanto en Chile como en diversas partes del mundo. Esto no significa que el FA tenga un mérito único ni específico, sino que responde a cambios y necesidades que ocurren en la sociedad global con distintos niveles e intensidades.

Durante los años 90, en todo el mundo fue claro el giro de las izquierdas. Después de la caída de la URSS y el comienzo de la hegemonía neoliberal, la asimilación de las viejas izquierdas bajo los eufemismos de la renovación y adaptación bajo los nuevos escenarios, condujo a un acercamiento de estas al centro político, adhiriendo particularmente a las versiones de la Tercera Vía o afines. Hoy, a fines de 2017, el ciclo económico-político que dominó durante casi 30 años decae y asoma cada vez con más evidencia el comienzo de otro ciclo y ordenamiento a nivel global.

En el tránsito en que lo muere no termina de morir y lo que nace no termina de nacer, el mundo observa cómo a la par de movimientos conservadores y ultraderechistas, el termómetro político cuenta también con impulsos progresistas que pugnan por otros modos de hacer política y sociedad. En ese sentido expresiones como las de PODEMOS y el Frente Amplio representan opciones que encauzan malestares. La pregunta aún abierta es si lograran constituirse como alternativa con gobernabilidad.

A diferencia de MEO 2009 que fuera un proyecto más bien personalista, el FA es ya un conglomerado político con 20 diputad@s y un senador, está constituido por movimientos y partidos políticos que le dan orgánica y, además, cuenta con al menos 3 figuras ocupando puestos en la próxima cámara baja con proyección posible para la próxima elección presidencial en 2021.

Seguramente podría haberse rebatido la tesis de la modernización capitalista sobre las causas del malestar ciudadano con el modelo aun cuando la votación para el FA no hubiese sido del todo favorable, por ejemplo, apelando a la alta abstención que se observa y que supera el 50% del padrón electoral. Ahora que el resultado ha sido mejor de lo esperado para las fuerzas progresistas (si se considera el resultado de Guillier y ME-O sumados a los de FA) parece insostenible mantener esa tesis y resulta indispensable preguntar qué representa este nuevo hecho político. Todo indica que más bien se espera una transformación más profunda del modelo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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