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Arriba de la retroexcavadora, con bastante coraje

por 14 diciembre, 2017

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Como ocurre con las expresiones que poseen una gran corpulencia pragmática y normativa (por ejemplo “te quiero”, “migrante”, “terrorista”, “delincuencia”), su precisión semántica es inversamente proporción a su simpleza. Muy baja. En el caso del concepto “retroexcavadora”, fuera de la definición denotativa o literal del término, su uso  se encuentra asociado a frases como “arrogancia”, “matonería”, “error”, “no-dialogo”, “política-no-inteligente”, entre otros términos que no resisten el más básico ejercicio de sinonimia, no obstante a su uso frecuente por el mundo político  en un manto sospechoso de indeterminación (que alude a, paradojalmente, un fondo muy claro).

Realicemos un ejercicio suponiendo que esta palabra se encuentra situada sobre un podio de claridad y que lo que el senador Quintana quiso decir, fue interpretado sin un mínimo error hermenéutico -dicho sea de paso al mentado senador se le hizo publicidad gratis si recurrimos al adagio “no existe mala publicidad”. Supongamos además que esto apuntó a una actitud arrolladora de parte de este gobierno.

Quienes generan que estos conceptos sean populares, y en este caso comprendidos como desafortunados para transformarse luego en moda (entendiendo esto como una medida de tendencia central, a saber, lo que más se repite), son los mismos que ven a la masa de gente como un número, conociendo además que su ignorancia y en general escaso capital cultural es, por diversos factores, un deshonroso  lastre que no les permite analizar siquiera si estas palabras cuentan con verosimilitud o no, por tanto se puede sacar rédito de ellas.

Supongamos que efectivamente el gobierno fue movilizado por este oscuro vehículo de la intransigencia. Y supongamos, en fin, que en este mandato los cambios que se llevaron a cabo fueron inspirados por esta premisa de la “retroexcavadora”. ¿Ocurrió algo terrible? Bueno, es posible advertir, que más que suceder hechos catastróficos y destructivos, lo que en realidad se pudo apreciar fue coraje. El concepto de retroexcavadora debe sacudirse ese piojoso manto de indeterminación y connotación negativa de una vez por todas y asirse de lo que realmente ha sido: coraje.

Un coraje que no tuvieron otros gobiernos de la concertación: coraje para avanzar en temas relativos a derechos de las personas homosexuales (firmó proyecto de ley de matrimonio igualitario), así como de derecho de las mujeres (aborto en 3 causales). Aunque con varios aspectos a mejorar y elementos agregados por la oposición, este gobierno se atrevió a impulsar una reforma tributaria. Lo mismo ocurrió con la firmeza para decirle

No a miles de sostenedores mediocres y codiciosos sostenedores y sociedades respecto a esa mística figura de los establecimientos particular subvencionados, obligándolos a definirse. Y para qué hablar de la gratuidad en la educación, donde había que demostrar mayor determinación, no tembló para impulsar la eximición de pago de los estudiantes (en la actualidad hasta el sexto decil), algo que hoy por hoy, hasta quienes denostaron y ridiculizaron esta política, ahora se cuelgan del tren de la gratuidad sin pagar el boleto ni de ida ni de vuelta. Podría continuarse esta lista con políticas donde igualmente hubo que exhibir coraje, tales como la baja de la tarifa eléctrica (que afectó a 10 millones de personas), castigos severos contra la colusión (aumentando a un 30% las multas respecto a las ventas de quienes lo hagan, incluso con cárcel), conversaciones en todo Chile sobre la Constitución, voto de los chilenos en el extranjero, etcétera.

Respecto a lo anterior, el resultado de la ecuación, entonces, es el siguiente:  que si no hubiese existido algo como una corajuda retroexcavadora, de ninguna manera habría sido posible soslayar y destruir duras y añejas murallas construidas con un hormigón armado de influyentes empresarios, de intransigentes grupos religiosos y de inefables políticos conservadores empresario-lovers, cuyo ejercicio rastrero se emplaza desde los dueños de Chile hasta de agricultores y mercaderes de poca monta, como lo son los propietarios de colegios. Añadir además que si Bachelet no se hubiera atrevido a llevar a cabo estas reformas, se le habría acusado de “continuismo”, “más de lo mismo”, “derechismo”, etc., so pena de que otro grupo de personas la tilde de arrogante y de retroexcavadorista.

Con todo, se sabe que quienes generan que estos conceptos sean populares, y en este caso comprendidos como desafortunados para transformarse luego en moda (entendiendo esto como una medida de tendencia central, a saber, lo que más se repite), son los mismos que ven a la masa de gente como un número, conociendo además que su ignorancia y en general escaso capital cultural es, por diversos factores, un deshonroso  lastre que no les permite analizar siquiera si estas palabras cuentan con verosimilitud o no, por tanto se puede sacar rédito de ellas.

No obstante son los políticos de la nueva mayoría quienes tienen mayor responsabilidad en esto, puesto que cuando un adversario de derecha (desde Piñera que ha repetido muchísimas veces el concepto a objeto de apelar a la [seudo] unión, hasta un locutor de radio de una comuna cualquiera pro-conservadurismo), hace alusión a la retroexcavadora, se esconden como si les nombraran al diablo, o como si se estuviese enfrentando a una calamidad de esas que se escondían en los pueblos para que la menor cantidad de gente se enterara. El mismo senador Quintana de manera timorata y condescendiente, ha reculado ante los medios en innumerable cantidad de ocasiones, arrojándose a los siempre abiertos y acogedores brazos de la retórica cuando se le enrostra como el responsable de poner en la palestra (y en la accón), el concepto de retroexcavadora.

Cabe señalar que esto no es una apología al gobierno. No se busca tapar sus errores tanto reales como comunicacionales, ni se pretende, en síntesis, exponer lo bueno y tapar lo malo. Más bien, todo lo desarrollado anteriormente apunta a encausar el análisis y generar tanto un un quiebre como un llamado de atención cuando se alude hasta el hartazgo al concepto de retroexcavadora y de manera, por supuesto, negativa y con argumentos bastantes sofistas.

Sería por tanto conveniente, que de una vez por todas los políticos que se autodenominen progresistas salgan de closet y hagan gala de este concepto que ha traído notables conquistas visualizadas por todo un país; porque la conquistas que cuestan no solo generan mayor gratificación, las grandes  conquistas se defienden. Y deben defenderse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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