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Nicanor Parra no era un antipoeta

por 28 enero, 2018

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Nicanor Parra (1914-2018) no era antipoeta. De hecho, es un error formal (y de fondo) pensar que su poesía pudiese ser antipoesía.

En 1937, bajo la influencia de un poeta como García Lorca y cierto imperio del surrealismo al uso en la provincia, en momentos en que ésta no dejaba de ser un terruño de caminos polvorientos y techos de tejas, Nicanor se habría paso entre el lenguaje de las matemáticas y el de la cueca, las tonadas y los versos de salón, la lira popular y el canto a lo divino. A la salida de esa lejanía se encontraba Santiago, el lugar iniciático que para muchos constituía el primer eslabón en la escala evolutiva de la cultura y el conocimiento, pero era no más que eso, el primero.

Parra, como Teillier, Jotabeche, Mistral, Lastarria, Marta Brunet y muchos más, era un poeta que había dejado atrás los caminos de barro y la miseria grande en los hospitales del pueblo, las callejuelas fileteadas con acequias y guarenes, para dar un paso hacia la ciudad señorial, habitada por varios cientos de miles que la habían convertido en un remedo parisino, que incitaba a la bohemia, la locura y el saber. En Santiago, como ocurre a los provincianos, el palabrerío y la fiesta, la locura y las universidades, la agitación política y los paseos de la tarde, transformaron su percepción del mundo. Antes de que aquella transformación llegase a denominarse Poemas y antipoemas, publicado en 1954, sus incursiones poéticas mostraron el movimiento del pie hacia el primer escalón. Ese movimiento está descrito en Cancionero sin nombre (1937) y otras publicaciones que van a mediar entre ese año y el del salto mortal, el año de Poemas.

Neruda y Parra no se pueden explicar, entonces, por sí mismos, en esta tradición chilena tan curiosamente paradójica. La antipoesía escrita en contra del gran poeta, del vate, no es menos que eso: poesía. Parra, de este modo, intentando matar al padre confirmaba la presencia innegable de un padre. Esa condición de hijo lo hacía paradójicamente un hijo más, el más rebelde, el más autodestructivo.  Pero un hijo al fin.

La iniciación de Parra, sin embargo, no había estado en el plano de la poesía, en sentido restringido, sino en el de otro lenguaje, el de las matemáticas y la física. Primero como estudiante de la Universidad de Chile, luego como estudiante de matemáticas en EE. UU. y de física en Londres. En ese período cercano a los 10 años es cuando Nicanor se acerca a una de las más interesantes transformaciones de la poesía en habla inglesa. En gran medida lo que había logrado T.S. Eliot con la publicación de La tierra baldía, 1922, a través de un lenguaje poético, en el que la figura autoral se desdibujaba, o tendía a su desaparición, era que la poesía se desprendiese de algunas ataduras o lastres que arrastraba desde la época de la revolución romántica. Por una parte, el lastre de la solemnidad y la trascendencia. Por otro, el lastre del respeto de ciertas normas retóricas que habían persistido, pese a los empeños grandiosos de algunos románticos, de acercar el lenguaje de la poesía al lenguaje de la calle, de los campesinos o del pueblo llano. Esa transformación en la lengua inglesa llevó a la poesía a incursionar en una forma discursiva que era de suyo antitrascendente: el lenguaje coloquial o conversacional. Esta inclinación se oponía, en gran medida a la corriente imperante del discurso poético surrealista, influido por las aventuras de la consciencia en el ámbito de lo inconsciente o irracional. El lenguaje de la poesía lorquiana, como la que abundaba en el Cancionero…, era rico en figuras literarias, en metáforas floridas y coloridas, en altisonantes y dramáticos desgarros románticos o romanceados. La poesía surrealista, igualmente rica en símbolos, pasajes ilegibles (o bien legibles para el inconsciente), hacía del lenguaje poético una suma de impostaciones misteriosas y trascendentes. Parra, en gran medida formado por el discurso paradójico de las matemáticas y la física moderna, accedía a una construcción discursiva más compleja que el de la poesía, mediante el imperio ya no de la metáfora, accedía al imperio de la contradicción imposible de resolver, la aporía; a la paradoja en tanto expresión de la realidad y no de una mera construcción lúdica del lenguaje con afanes de belleza retórica. La paradoja, sin embargo, estaba escondida en las palabras llanas de la conversación, del lenguaje coloquial o cotidiano. La figura retórica de la paradoja, especialmente comprensible para matemáticos y físicos, expresaba lo imposible de separa o distinguir radicalmente como oposiciones positivas. La paradoja, la antítesis y el oxímoron se hicieron de un buen lugar para circular en la poesía de un profesor de matemáticas que caía en la cuenta de que las complejidades de las ecuaciones algebraicas no eran tan distintas de las paradojas y contradicciones del lenguaje con el que los humano se comunican en su vulgar existencia.

Sin embargo, el segundo desafío que se imponía a la poesía de Parra, después de la superación de la perorata romántico-surrealista, era el de la muerte del padre. En sentido freudiano, matar al padre en la provincia chilena era matar a Neruda, el insoportable, el comunista papal, el solemne y el apesadumbrado, el tonto grave y el afrancesado hijo expósito de Whitman, Baudelaire y Rubén Darío. La antipoesía es, primero, nerudianamente hablando, un discurso que se escribe en el horizonte poético como un desacato a la norma y el poder, la influencia y el peso de Residencia en la tierra (1925-1935). De allí los desafiantes versos parrianos en contra de la poesía del tonto solemne. El tonto solemne tenía entre sus versos algunas tormentosas cruzas de versos oscuros, ilegibles, misteriosos y embotados de alucinación existencial. Un discurso que había, sin embargo, adquirido, por su declarada falta de pureza, una fuerza atractiva de lenguaje llano, en ocasiones conversacional y poco culto, que asumía al tango y la canción popular como fuentes desinhibidas de inspiración poética. Esto terminaba de acercar a ambos poetas. Por lo tanto, el intento de asesinato se complicaba un poco más.

La muerte del padre se urdía desde el título del libro que le permitía a Parra no ser un hijo más del padre provinciano: Poemas y antipoemas. Pero, inclusive, desde el título del libro seguía haciendo lo que define al poeta: había poemas y, paradoja mediante, antipoemas.

Neruda y Parra no se pueden explicar, entonces, por sí mismos, en esta tradición chilena tan curiosamente paradójica. La antipoesía escrita en contra del gran poeta, del vate, no es menos que eso: poesía. Parra, de este modo, intentando matar al padre confirmaba la presencia innegable de un padre. Esa condición de hijo lo hacía paradójicamente un hijo más, el más rebelde, el más autodestructivo.  Pero un hijo al fin.

Los que quieran creer, para su mal, que la poesía opera con la lógica del crimen en sentido literal, están perdidos. Curiosamente, esto no es muy distinto de cómo se urden las ciencias naturales y el derecho, la filosofía y la historia. Los que entiendan que el paisaje poético chileno es sorprendentemente fértil, podrán entender también que Huidobro, poeta y antipoeta, había dicho de sí en Altazor, no es lo contrario de Neruda, ni de Mistral, ni de Lihn… ni de Zurita, sino una misma y reverberante lucha de contrarios que se niegan y afirman, que se trenzan y separan, que se aman y repudian. Entender la poesía como un corrillo o como una pugna de pungas o maleantes es no entender que la poesía es expresión de un altísimo grado de civilización, de ideas puras y de arrojada lucha con y desde el lenguaje. No ha muerto ningún antipoeta. Ha muerto una más de las puntas de una estrella que ilumina el cielo de esta provincia de caminos polvorosos y de barro infernal, que ciega los espíritus de algunos y tapa los oídos de otros que aún no han entendido la importancia de ser un país donde, pese al barro, el estiércol y las piaras de cerdos, campean Neruda, De Rokha, Huidobro, Mistral, Parra, Violeta y Nicanor. Manga de infinitos provincianos, que dejaron sus zapatos de pobre a la entrada del lodazal para regalarnos un puñado de polvo celeste, a nosotros. Quién lo diría.

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