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Contra el derecho a la filosofía

por 3 marzo, 2018

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Antes que todo, los éxitos y /o fracasos de un sistema escolar dicen relación con los propósitos y fines de este sistema en un contexto histórico determinado. Estos están, o al menos deberían estar, dados por una visión más amplia de los fines y propósitos de todo cuanto quiere o se propone una nación, de manera consensuada, democráticamente. Para ello Chile se ha dado instituciones reconocidas y legitimadas por la soberanía popular. En este sentido es que la pregunta no es si es bueno o malo, necesario o innecesario que exista en el currículum escolar la enseñanza de la filosofía (menos aún planteado esto como un derecho), como la del francés o la de las artes plásticas o culinarias. Deberíamos preguntarnos por la función que la filosofía como “materia” o contenido tiene en el sistema escolar, según los propósitos que debe tener la educación y en particular la enseñanza de determinadas materias o contenidos.

No existe derecho a la filosofía como no existe el derecho a las matemáticas o a la química. El asunto de fondo es qué es lo que enseña la filosofía que no puede ser cesado en el contexto educacional. Se ha afirmado que la supresión de esta asignatura atenta contra el pensamiento o las ideas, la autonomía o la consciencia. La verdad es que la enseñanza de la filosofía no asegura ninguna cosa de las antes nombradas. La consciencia, la noción de autonomía, el pensamiento, etc., se afirman en el lenguaje. Cada uno de nosotros es lo que es gracias a que mediante un relato (un relato de nosotros mismos) podemos afirmar, constatar y proyectar nuestra existencia en relación con los demás y en relación con lo que hemos vivido. El lenguaje es la consciencia y es la forma en la que describimos nuestro habitar en el mundo y con el mundo. Por lo tanto, la enseñanza de la filosofía no necesariamente da cuenta de esto. Es la filosofía misma como una tradición de pensamiento que intenta dar cuenta de las preguntas que nos hacen ver y vernos lo que se ha cuajado en esta disciplina, y eso lo que antiguamente buscaba asentar en las y los estudiantes dicha enseñanza. Antes que todo, la enseñanza de la filosofía como de las preguntas que la han cruzado (sobre el ser y la cosa, el tiempo y la existencia, el lenguaje y el conocimiento) se fundan sobre una base: el lenguaje. Pero el lenguaje por sí mismo si no es mediado por la comprensión no tienen ningún destino. Mientras más amplio, complejo, diverso, matizado, sutil es nuestro bagaje lingüístico, más cosas podemos abarcar, imaginar, pensar. La filosofía en ello tiene una especificidad de la cual el sistema de enseñanza no puede fácilmente prescindir. La comprensión es el eje del lenguaje asentado en los individuos. Quien se sabe el diccionario de memoria (si es que hay tal persona) no necesariamente comprende. Comprender implica operaciones de síntesis, correlación, relación y comparación, de identificación de lo abstracto y lo concreto, de lo universal y lo particular, etc. En la creación de estos instrumentos del pensamiento la filosofía, no tanto como contenido o manual, pero sí como explicación de los modelos de conocimiento, tienen mucho que aportar en el sistema escolar que deberíamos pretender.

Hace algunos años la Biblioteca de Santiago ofreció un curso dirigido por un grupo de profesores, la mayoría de ellos formados por la escritora y académica Olga Grau. El éxito del curso fue tal que tanto profesores como asistentes pidieron extender por cuatro sábados más. ¿Qué se hacía allí? Se enseñaba a niñas y niños menores de 12 años a pensar. Pensar en el lugar que cada uno de ellos y ellas ocupaban en el universo, en la tierra, en Chile. Pensar en cómo ellos se relacionaban con los otros. Con los otros, para los otros. Es decir, se hacía filosofía, antes que enseñar los contenidos filosóficos mismos, y se hacía de un modo tal que, mediante el placer de estar con otros y de compartir, el conocimiento filosófico se instalaba como una necesidad, antes que como un mero conocimiento positivo que se podía dejar de lado u olvidar (como ocurre con casi el 80 % de los contenidos escolares al egresar del sistema, tras 12 años de escolarización, según lo han constatado diversos estudios).

No existe derecho a la filosofía como no existe el derecho a las matemáticas o a la química. El asunto de fondo es qué es lo que enseña la filosofía que no puede ser cesado en el contexto educacional. Se ha afirmado que la supresión de esta asignatura atenta contra el pensamiento o las ideas, la autonomía o la consciencia. La verdad es que la enseñanza de la filosofía no asegura ninguna cosa de las antes nombradas. La consciencia, la noción de autonomía, el pensamiento, etc., se afirman en el lenguaje.

La gente que sabe leer y pensar por sí misma puede entrar y salir de la filosofía, o de los libros de Ortega y Gasset, Aristóteles o María Zambrano, de Einstein o Marx, de Gabriela Mistral o de María Montessori. Nuestro sistema educacional debe poner énfasis en la creación de sujetos autónomos, que puedan pensar por sí mismos y en conjunto con otros, una vez que se ha cautelado porque todas y todos pueden acceder al pensamiento, la historia, la literatura, las matemáticas, la filosofía y la ciencia. Para ello no es necesario que existan ciertas disciplinas, muchas de ellas ciertamente volátiles, pero sí que existan claros propósitos de lo que el sistema educacional debe alcanzar en un mundo como el que nos toca vivir. No es necesario cerrar escuelas de filosofía, al contrario, es necesario orientar su formación para que los egresados puedan intervenir en el sistema de manera concreta en momentos claves de la formación.

¿Por qué no pensar y actuar en dirección a que los niños y niñas, mediante una sólida formación, encaminada por sus profesores de filosofía, puedan, junto con el cultivo de un sólido acervo lingüístico, tempranamente aprender a pensar por sí mismo, con los demás, para los demás? El lenguaje y la filosofía van de la mano porque no es posible pensar sin el lenguaje. Se piensa en, con y por medio del lenguaje. No podemos dar cuenta de nosotros mismo sin el lenguaje, pero a su vez el lenguaje nos lo entrega la sociedad, que no es ningún sujeto en particular. Somos lo que pensamos, pensamos si tenemos con qué pensar.

Los propósitos del sistema escolar no pueden ser exclusivamente los de generar mano de obra capacitada. Pero sí es uno de ellos el de crear mano de obra. El futuro de Chile no está en la creación de mano de obra barata sino en la creación de sujetos creativos, pensantes, atentos y dispuestos a desenvolverse en una sociedad donde la creación de empleos y los empleos estarán determinados por una permanente renovación de las disciplinas y los saberes, de los conocimientos y de los instrumentos del trabajo.  La emergente tecnología reemplazará muchas de las funciones que los seres humanos hoy aún realizan. Basta ver el pasado, para ver el futuro. Antiguamente en los puertos de Chile y el mundo miles de brazos subían y bajaban mercancías de las naves o hacia ellas. Hoy, unas pocas grúas, en constante renovación, cargan contenedores que portan millones de toneladas de mercancías que se desplazan por el orbe. Miles de brazos reemplazados por instrumentos creados por los mismos seres humanos.

El sistema educacional debe planificar a escalas históricas.  ¿Qué sistema queremos y para qué? Está en duda que el Consejo Nacional de Educación pretenda lo contrario (invito a leer la resolución que se encuentra en su página web). En ello la filosofía tiene un lugar, muy importante: para pensar el sistema mismo y para que en el sistema se puedan generar instancias de escolarización que afirmen la autonomía y la consciencia, el autocuidado y el compromiso cívico. No es, sin embargo, el “derecho a la filosofía” lo que deberemos precaver, sino el derecho a una educación que nos permita ser una nación más democrática, donde los sujetos puedan adquirir los conocimientos que habiliten a la autonomía, la autogestión, y donde la educación esté asociada a experiencias placenteras, no de imposición ni de castigo, de obligación o de mera instrumentalización.

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