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Hombres y de izquierda: retos y perspectivas junto al feminismo

por 7 mayo, 2018

Hombres y de izquierda: retos y perspectivas junto al feminismo
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Han sido semanas de conmoción social por distintos casos que han remecido al mundo y nuestro país. Todos ellos desde un grito que cada vez toma más fuerza: mujeres exigiendo sus derechos. O, incluso -para confrontación dura con lo real- vivir. Básicamente vivir.

Ello nos debe llevar a pensar qué rol jugamos los hombres de izquierda en dicha disputa. Uno que asuma, desde lo propositivo, la crítica a lo contemporáneo, de forma de poder elevar una consonancia con lo que hoy se demanda. La tarea a continuación es, entonces, establecer en las pocas líneas que permite una columna temas o formas que no pueden estar ausentes. Porque lo que se decide hablar, y cómo se decide hacerlo, nunca deja de ser político.

La justa necesidad de no ser protagonistas en el movimiento feminista.
Existe un debate en el seno del feminismo: ¿puede un hombre ser feminista? La condición de existencia de aquella pregunta es, entonces, la imposibilidad de automáticamente autoproclamarnos feministas, pues de lo contrario habríamos dado respuesta a ella ignorando algo fundamental: el feminismo nace como una reivindicación desde las mujeres y sus particularidades a lo largo de la historia, no siendo un imperativo nuestro caracterizarlo ni menos definirlo.

Y, no hacerlo, nos cuesta. Hemos sido protagonistas de la historia. Los llamados a liderar, quienes deben representar el rol del jefe de familia desde lo social a lo legal, del trabajador exitoso que provee y debe siempre crecer en dicho ámbito, quien dirige los procesos revolucionarios y quien por obviedad representará a la clase trabajadora en los distintos eslabones de la discusión política. Nos cuesta callar pues nos sentimos precisamente parte de aquella necesidad de referir o aclarar un algo. Nos acostumbramos a enseñar desde la palabra o a través del acto, y no a ser aprendices.

Los espacios de autocuidado en la militancia, desde lo físico a lo psicológico, son espacios poco explorados pero necesarios. Construir lógicas de preocupación por quienes están a nuestro lado resulta fundamental para interactuar en un mundo donde lo interpersonal cede cada vez más a lo mediado por la mercancía, donde somos demandados constantemente a cumplir con roles impuestos cómo nos desenvolvemos en nuestra existencia. Ello debe ser una tarea colectiva, asumida como un deber organizacional y no como un imperativo personal del militante o de sus más cercanos.

Pero, valga la aclaración, el no tener la necesidad de declararnos feministas no significa no tomar un rol en dicha lucha política, sino comprender que no tenemos la necesidad de apropiarnos de su significante; como no apropiarnos de aquél no significa no poder debatir, sino hacerlo desde una posición de duda con nosotros mismos, pues somos integrantes del mismo objetivo a cambiar. Si somos parte no podemos pretender querer ser juez, de lo contrario no habría honestidad en el ejercicio. Comprenderlo significa, entonces, dejar de intentar ser los protagonistas en una lucha que también es nuestra, pero donde hacerla carne significa renunciar inexcusablemente a la idea de liderarla.

Ligado con lo anterior, es preciso comprender que desde el eslabón de la pretendida igualdad material, debemos reconocer que convivimos en un mundo desarrollado por y para los hombres. Igualdad material porque se nos ha dicho hasta el cansancio -falsamente- que ya somos iguales: la reivindicación antipatriarcal no se agota en el ejercicio liberal del derecho a voto de una democracia represiva, menos en el ingreso de la mujer como fuerza de trabajo para ser igual de explotada que el hombre, sino a comprender desde nuestras diferencias que debe haber una política “en positivo”, de acción, que parta desde explotar y asumir las inequidades de nuestra historia. Las excepciones que desde la verborrea podríamos elucubrar sólo tienden a confirmar aquello: se requiere la necesidad de recurrir a ellas para rebatir lo evidente.

Allí, el antipatriarcado citado resulta evidente: debemos des-masculinizar nuestras relaciones sociales en todos los ámbitos de convivencia humana, donde nos han educado los roles pétreos del hombre y la mujer, que han permitido la dominación de los unos a las otras. Adoptar posiciones críticas del patriarcado en nuestros espacios de desenvolvimiento cotidiano, pero también en la lucha política priorizando -“legislando en positivo”- a favor de la agenda reivindicativa feminista, dando los espacios concretos para ello. No sirve que una organización se declare antipatriarcal y luche por el fin a la violencia de género, a favor del aborto libre o contra la precarización laboral de la mujer si, construyendo en conjunto con compañeras, sigue priorizando la imagen masculina, desde la estética hasta en sus dirigencias públicas. Ello sería sólo apropiarse, nuevamente, de una agenda política.

El reconocimiento del machismo como un sistema totalizante y una herencia histórica.
Probablemente, al escuchar a distintas mujeres, reconoceremos en una gran mayoría de ellas alguna historia de distintos tipos de abusos desde nuestro sexo. En la pregunta inversa, pocas veces nos reconocemos como abusadores.

Ello debe llevarnos a un primer llamado de atención: algo no cuadra. El ejercicio de deconstrucción de esos actos que sostenemos muchas veces de forma internalizada, propios de una educación formal y no formal que reproduce los esquemas de género como cimientos de una dominación constante, nos lleva a adoptar políticas de neutralidad auto-justificadoras: desde el violento y -por suerte- cada vez más irrisorio “ella iba vestida así, andaba provocando”, hasta el “era sólo una talla”. Pareciera ser inconcebible mezclar una violación con una situación aparentemente icónica o verbal. Lo realmente inconcebible es tener que explicarnos que violar no es una opción ni nunca será justificado, para luego volver a enfatizar que la violencia no es sólo física, sino que existe en distintos planos: la burla o humillación como violencia psicológica, la denostación sexual del cuerpo de una mujer como violencia simbólica.

Conlleva lo anterior reconocernos como un todo: no sirve el “yo no he sido”, pues vuelve a invisibilizar el conflicto. Tal como la izquierda debe cargar con sus errores y aciertos, como hombres debemos también ser críticos de nuestra historia y a través de ello proyectar un presente. Hijos de una educación machista, ninguno de nosotros escapará en algún momento a aquellas actitudes.

La pregunta es también, entonces, qué hacer. Construir espacios de varones en que nos permitamos cuestionarnos, compartir y sociabilizar experiencias al objeto de deconstruir la masculinidad (dicho sea de paso, también dañina para el hombre) puede ser un primer apronte. Ello bajo el alero indiscutible del respeto a los espacios que compañeras han generado para sí mismas.
La clase no va primero.
En un punto controvertido y quizá a ojos de algún lector inconexo, es preciso señalarlo porque ha sido el constante subterfugio de una izquierda masculina que se niega a asumir sus privilegios.

Aquí es preciso ser mucho más finos. Podemos encontrarnos con vertientes que niegan la radicalidad de lo económico, que ven en el modo de producción (sistema económico) que establece las relaciones sociales de producción (en nuestro caso, entre patrón y trabajador/a, entre explotador y explotado/a) una lucha superada y que debe hoy radicalizarse el conflicto social hoy desde las disputas por el reconocimiento de las subjetividades. Otros, que volverán a plantearnos que la disputa de género (desde el rol de la mujer en la sociedad hasta el de las diversidades sexuales y de género) es secundaria frente al conflicto económico.

Nuestro caso no es el primero, como podrían atacarnos los segundos. Y es que quienes vuelven a relegar el conflicto de género, no comprenden que para luchar se requiere vivir, y para vivir se requiere una lucha antipatriarcal.

La izquierda ya se equivocó y es preciso asumirlo: antes de Marx, lo decía Flora Tristán: la mujer es la proletaria del proletario. Quien debe reducir su fuerza de trabajo al no remunerado, reproduciendo la vida y las condiciones de existencia de la misma, para ser explotada y oprimida frente al trabajador -hombre-. Ya lo hizo en Chile la izquierda en plena unidad popular: relegando a la mujer a un espacio secundario, y la diversidad sexual a lo ajeno, enfermo, desechable. No se cumplía con el rol de “obrero masculino” que necesitaba el proceso revolucionario.

Plantear que el género va después no es inofensivo. Es decirle a todos y todas quienes viven dichas subjetividades día a día, que sus contradicciones -frente al hombre heterosexual y blanco que les interpela- deben ser algo personal a soportar, y no sociabilizar como una lucha de liberación comunitaria. Nos responderán, muchas veces, con un falso argumento: lo comprenden, pero si tuvieran que elegir entre uno y otro, elegirían la clase. Pero nadie les ha hecho elegir. Esa es la ficción interesada para encubrir nuevamente el privilegio.

Se trata de combatir la explotación y la opresión desde el conjunto, y de forma interseccional: tal como hoy en nuestra sociedad no es lo mismo ser mujer que hombre, no es lo mismo ser mujer, pobre, lesbiana e indígena.

El autocuidado en la militancia política.
Se nos ha dicho siempre que la política es sin llorar. Aquella idea termina siendo la naturalización de la misma lógica patriarcal que mencionábamos: aquí todo está permitido, y la falta de ética o el daño a otro u otra pareciera ser una condición sine qua non del mismo ejercicio de lo político. Romper el antipatriarcado es romper con aquellas estructuras. No hablamos de evitar la confrontación, hablamos de algo más amplio: reconocer la necesidad de generar un autocuidado entre la militancia o quienes participan en grupos organizados.

Hay dos carices. Una primera, o pasiva, donde todo quien milita es también un enclave del sistema capitalista y patriarcal: estamos sometidos, entonces, a las distintas formas de violencia del capital y el machismo en todas sus aristas. Reconocer nuestra humanidad es reconocer también el cansancio y la debilidad propia de nuestras consciencias. El “hombre nuevo” -compañera o compañero militante- no es precisamente quien no asume sus propios límites, sino quien es capaz de construir una vida revolucionaria desde ellos.

Por otro lado, desde la faz activa, es preciso asumir que al interpelar políticamente, también seremos interpelados. Probablemente, habrá burla, sorna, exclusión. Por ello también hay miedo. Para qué referirnos, nuevamente, a nuestras compañeras y la violencia de género a la que se ven sometidas en el propio espacio de lo formalmente político.

Los espacios de autocuidado en la militancia, desde lo físico a lo psicológico, son espacios poco explorados pero necesarios. Construir lógicas de preocupación por quienes están a nuestro lado resulta fundamental para interactuar en un mundo donde lo interpersonal cede cada vez más a lo mediado por la mercancía, donde somos demandados constantemente a cumplir con roles impuestos cómo nos desenvolvemos en nuestra existencia. Ello debe ser una tarea colectiva, asumida como un deber organizacional y no como un imperativo personal del militante o de sus más cercanos.

Por último, vale la pena recalcar: en tiempos de ofensiva de la derecha, de aparente -nueva- despolitización desde los grandes relatos, y la pérdida del valor de lo organizativo, la lucha feminista nos vuelve a mostrar desde su sola existencia la posibilidad de transformar.

De exigir desde lo justo, y como tal, necesario.

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