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Los cabos no resueltos del feminismo chileno

por 12 noviembre, 2018

Los cabos no resueltos del feminismo chileno
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La reciente visita de la filósofa italo-americana Silvia Federici a Valparaíso, volvió a recordar la histórica pugna entre las feministas autónomas versus las institucionales, debido a que la propia invitada en sus dos intervenciones públicas se refirió de manera crítica a la institucionalidad, al Estado, a las feministas institucionales, y recomendó a las feministas militantes de los partidos de izquierda abandonar las estructuras, buscar alternativas separatistas. Asimismo, esbozó que sí el voto tuviese un peso relevante estaría prohibido.

Pero no solo sus posturas repusieron los cabos no resueltos por el feminismo chileno -y mundial por cierto-, sino también su actitud displicente frente a las actitud que toman las feministas autónomas -pifias, abucheos- contra las personas que coorganizaron su visita a Chile, el equipo de la Diputada Camila Rojas, de la Izquierda Autónoma, provocando una reacción de profundo reproche por parte de todas las feministas institucionales que participaron del encuentro. No obstante, nunca se pensó que dicha postura generara un enfrentamiento directo a través de columnas con la otra vertiente que defiende a cabalidad los postulados de Federici, identificado con el feminismo autónomo.

Su aporte intelectual es francamente indiscutible. Ninguna feminista podría oponerse a su propuesta de poner en valor el trabajo reproductivo que realizan las mujeres para sostener la vida, el mundo. La historia, la economía y la propia izquierda, han sido tan renuentes para reconocer su relevancia. Sin embargo, parte de las recomendaciones de la filósofa resultan sacadas de un contexto profundamente lejano, desde el extremo norte del continente, en que nos llegan propuestas basadas en el feminismo esencialista, separatista y liberal-comunitarista, mientras en Sudamérica la acción colectiva, fue la clave para el avance de las mujeres no sólo en la esfera social y la política, desconociendo el esfuerzo de miles de sufragistas que lucharon por incorporar a las mujeres a la política, o en su efecto desconociendo además la relevancia de las luchas regionales, como el caso argentino, el primer país del mundo en introducir la cuota de género a través de una ley. La estrategia separatista de Federici no convive con la naturaleza de los problemas sociales de la maltratada América del Sur, esa que observa sigilosamente el avance del fascismo (que Federici redujo a capitalismo), cuya falsa promesa de orden y progreso, capturó las preferencias de la ciudadanía brasilera, que demostró su desprecio hacia la democracia.

América Latina posee fragilidades institucionales, modelos democráticos y proyectos de izquierda débiles. La gente no posee una valoración hacia la democracia como en el primer mundo, pues en este lado del mundo, se valora el bienestar económico por sobre el sistema político democrático, y por su puesto el orden. La última elección chilena estuvo marcada por el desprestigio de las opciones progresistas regionales, la derecha acuñó con fuerza el término de “Chilezuela” para desprestigiar la opción de Guillier, quien termina siendo derrotado estrepitosamente en las urnas. En Brasil pasó algo similar, gracias a que efectivamente el proceso Venezolano pasó de ser un ejemplo con Chávez a un dolor de cabeza constante con Nicolás Maduro. Ni hablar del proceso nicaragüense en que Ortega ha defendido posiciones neoliberales, misóginas y persecutoras de sus opositores

Federici también incluye dentro de sus estrategias la interseccionalidad, propio del reclamo del feminismo negro, que como herramienta para analizar las desigualdades de raza, sexo, género, clase, etnia, es de mucha utilidad, pero tanta diferenciación reproduce las lógicas neoliberales, en que justamente los grupos desaventajados compiten por quién es la más discriminada, situación que podría contribuir en términos políticos a fragmentar el débil movimiento feminista chileno.

Lo que preocupa es que a Federici se le eleve a la categoría de líder de opinión y la actitud mesiánica con la que se le aborda para solicitarle “recetas” respecto del quehacer nacional, que ella desconoce profundamente. En las accidentadas democracias latinoamericanas, se ha sufrido desde dependencia extractivista por parte de los países desarrollados, el saqueo de sus recursos naturales -recordando dependencia y desarrollo de Cardoso y Faleto-. Por otro lado merece recordar la instalación de dictaduras militares de carácter burocrático-autoritario, que en el caso chileno fueron tan revolucionarias, que instalaron y perpetuaron el neoliberalismo como forma de gobierno, cuya vigencia hasta hoy, ha perpetuado una institucionalidad ilegítima para el pueblo de Chile.

América Latina posee fragilidades institucionales, modelos democráticos y proyectos de izquierda débiles. La gente no posee una valoración hacia la democracia como en el primer mundo, pues en este lado del mundo, se valora el bienestar económico por sobre el sistema político democrático, y por su puesto el orden. La última elección chilena estuvo marcada por el desprestigio de las opciones progresistas regionales, la derecha acuñó con fuerza el término de “Chilezuela” para desprestigiar la opción de Guillier, quien termina siendo derrotado estrepitosamente en las urnas. En Brasil pasó algo similar, gracias a que efectivamente el proceso Venezolano pasó de ser un ejemplo con Chávez a un dolor de cabeza constante con Nicolás Maduro. Ni hablar del proceso nicaragüense en que Ortega ha defendido posiciones neoliberales, misóginas y persecutoras de sus opositores.

Desde el ámbito de la subjetividad también afirmar que la “ola feminista chilena” capturó los afectos de un porcentaje importante de la ciudadanía, sin embargo la radicalización del movimiento, acabó por desgastarlo y desarticularlo, sumado a la respuesta conservadora, las feministas volvieron a ser las mismas de siempre, con escasa capacidad de competir por la hegemonía cultural o la generación de una contracultura en la esfera social. Es ahí donde valdría preguntarse ¿la radicalidad del movimiento permitiría la introducción de otras mujeres comunes que son víctimas del sistema opresor patriarcal capitalista?

Las mujeres comunes, no entienden a Federici, no entienden a las radicales y esas posiciones les asustan. Estratégicamente no puedo ser capaz de compartir una posición con tendencia a la fragmentación del movimiento. Desde mi punto de vista, la educación y traducción de los mensajes es la clave para conseguir mayor adhesión entre las mujeres. Las estrategias radicales, traen consecuencias como esta, romper el diálogo y toda posibilidad de trabajo conjunta, situación por cierto que sirve para mantener las cosas tal y como están ahora.

La autonomía y la institucionalidad del movimiento feminista no son antagónicas, por el contrario, son estrategias que se complementan. La acción social y la protesta son claves para visibilizar la problemática. No es menor que cada vez más mujeres se identifican con las marchas para erradicar la violencia o la marcha conmemorativa del 8 de marzo. Sin embargo ¿Será posible que estás mujeres no cumplan con la esencia feminista que necesita el movimiento y por lo tanto no sean autorizadas para entrar en él?

Competir por el poder, también es una alternativa, ya que los instrumentos políticos a pesar de tener género -masculino-, permanecen y se proyectan en el tiempo, y será bastante difícil terminar con ellos en un plazo cercano. La propuesta del feminismo institucional consiste en la toma de poder para la transformación institucional y que este Estado patriarcal capitalista introduzca dentro de su quehacer el género no sólo como perspectiva, sino como práctica y acción política. Entendiendo por ejemplo que la violencia es parte de la estructura social y para erradicarla se requieren leyes fuertes, y capacidad de hacerlas cumplir, garantizar el aborto -sin objeción de consciencia- a los hospitales, vale decir, otorgar garantías para la igualdad sustantiva de las mujeres en la sociedad.

Lamentablemente Silvia Federici, en una actitud poco consecuente con la sororidad feminista, acaba por invisibilizar la relevante tarea que realizan las mujeres al interior de las instituciones.  

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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