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2018, el año de la dictadura de lo políticamente correcto

por 18 diciembre, 2018

2018, el año de la dictadura de lo políticamente correcto
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En este año, que ya divisa su fin, el sismógrafo político ha estado más activo que de costumbre. Los mapas convencionales se desdibujaron y las brújulas se desajustaron. Todo parece enrevesado. En momentos como este, suele decirse “a río revuelto, ganancia de pescadores”. En esta ocasión es pertinente preguntarse, ¿quiénes son los pescadores? y ¿quiénes son los peces? Los peces son los mismos de siempre, los silenciosos ciudadanos de a pie. En cuanto a los pescadores, éstos tienen una fisonomía diferente: la del nuevo inquisidor, la del nuevo comisario político, pero tras ella subyace el alma del viejo dictador.

Durante 2018 se instauró la dictadura de lo políticamente correcto. Su instauración no ha generado ningún gran debate, ni en lo referente a sus prácticas ni a sus contenidos. Por el contrario, los ha inhibido. Ello es un síntoma de cuán eficaz es. Más aún, ni siquiera se puede bromear en público sobre ciertos asuntos. Un pavor invisible inhibe la expresión del humor y de la llana verbalización de las opiniones “incorrectas” en las redes sociales y en los medios de comunicación. Estas últimas sólo se pueden deslizar sigilosamente entre cuatro paredes. En tal sentido, la dictadura de lo políticamente correcto es lo más antipolítico que hay, si se entiende la política como el espacio para disentir públicamente.

La dictadura de lo políticamente correcto —a diferencia de la mera corrección política— no se define en función del qué, del contenido, sino que respecto del cómo, es decir, de la modalidad que utiliza para imponer su voluntad. En consecuencia, ella no se define atendiendo a la especificidad de la “verdad” que proclama, sino que en relación al medio que utiliza para imponerla. El medio que emplea no es la persuasión, sino que la coacción sobre las conciencias de quienes no suscriben sus valoraciones. Su recurso favorito para exhortar no es la argumentación racional, sino que la coerción emocional. Así, la dictadura de lo políticamente correcto es, en esencia, el berrinche de una minoría que se afana en universalizar lo singular mediante el recurso de la compulsión psíquica.

Los primeros que la pusieron en práctica fueron los animalistas ultra radicales (la estrenaron en abril de 2014) y durante el presente año la reactivaron las “feministas” sedicentes (entre comillas, debido a que otras corrientes feministas no las aceptan como tales y no ven con buenos ojos sus prácticas). Pero sus modalidades no se quedaron circunscritas a esos grupos, puesto que la figura dictatorial rápidamente comenzó a ser utilizada por otros discursos intolerantes, comenzando por los de signo opuesto. De hecho, fanatismos de diversa índole ahogaron exitosamente el derecho a disentir de manera razonable. Así fue como se inhibió el debate público. Paralelamente, en el ámbito privado el temor a las funas (sobre todo en las redes sociales) redundó tanto en un languidecimiento de la libertad para expresar ideas como en una inhibición para compartir sentimientos y humores.

La dictadura de lo políticamente correcto terminó alentando (sin proponérselo) el recelo, la simulación y el comportamiento social estratégico o, si se prefiere, la insinceridad y la mezquindad. Así acentuó, aún más, un tipo de disciplina emocional y conductual que es inherente a la tónica neoliberal. Entre sus principales características están la desconfianza interpersonal, el encapsulamiento individual y el comportamiento guiado por el cálculo y las apariencias. Esto es clave debido a que el sujeto neoliberal, aunque reniegue ostentosamente del neoliberalismo, sacrifica fácilmente sus sentimientos genuinos, ya sea ante el altar del ídolo político del momento o bien ante una fugaz moda cultural. Moda que no se concibe a sí misma como tal, sino que como una verdad eterna que acaba de ser descubierta.

La dictadura de lo políticamente correcto eleva a los cielos a los fundamentalistas y a los inquisidores, pero también a los esnobs y a los impostores. Todos ellos militan en la misma hueste y ofrendan al mismo ídolo. Peroran, como todos los buenistas, en nombre de la humanidad. Absuelven, condenan o sacralizan a figuras del pasado y, desde luego, se santifican a ellos mismos. Por eso siempre queda la duda de si el discurso que enarbolan es una mera bufonada o si es, efectivamente, el comienzo de una nueva era.

La dictadura de lo políticamente correcto ha contribuido a debilitar la confianza, a ahogar la espontaneidad y a profundizar el sentimiento de soledad existencial. Concretamente, uno de los efectos sociales de dicha dictadura es que logró expandir la racionalidad estratégica y las imposturas que son inherentes al mundo neoliberal a otros dominios del quehacer humano. Así, tal dictadura terminó por radicalizar aún más el formato cultural neoliberal. Otra victoria —esta vez gratuita e inesperada— para el neoliberalismo y, paradójicamente, quienes más contribuyeron a ella fueron sus detractores.

La dictadura de lo políticamente correcto fue tan exitosa en su afán de sojuzgar las conciencias que posteriormente el recurso a las funas se tornó innecesario, ya que comenzó a operar la autocensura. Así, esterilizó la libertad de pensamiento. Al hacerlo, arrasó con la sementera en que se cultivan las ideas, devastó el terreno en el que florecen las opiniones variopintas, segó el jardín del pluralismo, marchitó la naturalidad con que afloran las risas y sonrisas. En fin, ahogó las opiniones porque, previamente, asfixió los sentimientos que les daban vida.

Todo ello, finalmente, terminó ajando la sinceridad, disecando la emotividad y racionalizando aún más las conductas. Tras el comportamiento estratégico subyace el miedo a la espontaneidad. Si bien es cierto que él reditúa seguridad, también es cierto que reditúa soledad. Quizá sea esa misma soledad, en un intento desesperado por romper su encapsulamiento, la que lleva paradójicamente al compromiso fanático y al uso de los más variados tipos de violencias intangibles. Sea como fuere, lo cierto es que tras el afán libertario de la retórica de lo políticamente correcto se ocultaba un nuevo autoritarismo, un nuevo tipo de dictadura, una nueva inquisición, que no opera con la coacción física, pero sí con la coerción psíquica.

Resultado: represión total, eficaz, intangible. Así, no hay conductas que reprimir, porque fue intervenida la fuente de la cual ellas brotan. Ciertamente, no hay azahares que oler ni cítricos que cosechar cuando se diseca la raíz misma del naranjo. Por cierto, a la esterilidad del pensamiento creativo le antecede la castración de la emotividad. Es una forma sutil de dominación; adormece la crítica, ahuyenta las preguntas incómodas, silencia al disidente. Es la dictadura perfecta. ¿Por qué? Debido a que ella se impone a través de un miedo invisible, de manera tan eficaz, que no tiene necesidad de recurrir a la coacción tangible.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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Envíada por Camila González V | 10 diciembre, 2019

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