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Nacidos en democracia

por 15 septiembre, 2019

Nacidos en democracia
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“Nacidos en democracia”; categoría a veces usada para referirse a aquella generación que, si bien no experimentó la crisis social de los 60’, ni el quiebre democrático del 73’ ni la dictadura, sí se ha empapado de esa fisura que, tras casi 40 años, aún divide nuestro país. En las sobremesas de domingo, por un profesor del colegio o de la universidad, tras leer una novela, o bien, por aquel abuelo que ya no está, de alguna u otra forma, los “nacidos en democracia” hemos percibido esa angustia que vuelve, sin ser llamada, cada 11 de septiembre. Quizás algunos recordando aquellas historias de expropiaciones animadas por ese discurso de clases propio del marxismo de la época. Y, quizás otros, por esas conversaciones que relataban detenciones arbitrarias, o la angustia de tener que quemar con premura los textos de Neruda o los discos de Víctor Jara. Con todo, los “nacidos en democracia”, ya sean herederos de Allende, Pinochet o Frei, parecen tener claro que la generación de nuestros abuelos falló; pero no porque abandonaron sus principios y valores —vaya paradoja si miramos nuestra política actual— sino porque no fueron capaces de vivir unos con otros.

Los motivos que llevaron al quiebre democrático parecen ser múltiples. El contexto internacional de plena Guerra Fría, la revolución cubana y el surgimiento de posiciones políticas sensibles con el mundo campesino y obrero suelen ser algunos de los factores esgrimidos como gatillantes del proceso que llevó a nuestra sociedad a ese punto sin retorno. A lo anterior, también se agrega la regla electoral; ese fatídico sistema de mayoría simple que permitía que una coalición minoritaria alcanzara el poder, tal como ocurrió en la elección del 70. Con todo, independiente de sus causas, los hechos muestran algo claro: el rotundo fracaso de la política como actividad para resolver nuestras diferencias.

Vivir en comunidad nos beneficia; no sólo porque nos entrega protección y acceso a múltiples bienes y servicios propios de una economía especializada, sino también no da la posibilidad de alcanzar una vida más plena por medio de la vinculación con otros. No obstante, este hecho no obvia que vivir en sociedad también implica tensiones: la diversidad de intereses e ideas conllevan necesariamente a conflictos. Por ejemplo, algunos desearán mayores impuestos y gasto social, mientras que otros una menor intervención estatal. Con todo, el discrepar en cosas sustantivas, tal como en la visión de sociedad que queremos, pareciera ser algo tan histórico como natural. Por lo tanto, más que aspirar a un mundo homogéneo, toda sociedad enfrenta al menos un desafío vital: cómo regular el conflicto que nace de nuestras diferencias. Tal como aquel padre o madre que pregunta cómo estuvo la semana para cambiar de tema y así dejar de hablar de Allende-Pinochet, la actividad política —en el contexto de los estados modernos y de democracia liberal— asume el desafío de ser esa especie de válvula de escape, es decir, de gestionar esa tensión social propia del hombre que por naturaleza vive con otros. Bueno, la generación de nuestros abuelos falló precisamente en esta transcendental tarea.

Así y todo, la angustia de los relatos que hemos escuchado pre o post 73 revelan lo costoso que es cuando la política falla. Queramos o no, todos perdemos cuando las reglas del juego dejan de ser legítimas y la violencia predomina como mecanismo “resolutivo” de nuestras diferencias. Pero, ¿cuáles son las condiciones que hacen “quebrar” la institucionalidad? ¿Por qué se llega al punto en que es más conveniente bypasearse las reglas del juego y usar la violencia como medio para alcanzar ciertos fines? ¿Estamos inmunes realmente a este escenario en el futuro próximo? El dispar contexto histórico y el hecho que los “nacidos en democracia” crecimos en medio de los consensos de los 90’ hacen creer que los relatos de nuestros abuelos serán sólo eso: relatos cada vez más distantes del presente. No obstante, el desafío es constante y obliga a las nuevas generaciones a siempre estar mirando nuestro sistema político: ¿es éste lo suficientemente representativo como para que las diversas tensiones se canalicen institucionalmente? ¿Qué tanta capacidad para aunar estas diferencias tiene nuestra institucionalidad? ¿Cómo conjugar estos dos bienes tan relevantes, representación y gobernabilidad? Estas son algunas de muchas otras preguntas que los “nacidos en democracia” debiésemos hacernos para que la experiencia de las generaciones pasadas no haya sido en vano.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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