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Sin retorno, mujeres al frente

por 7 marzo, 2020

Sin retorno, mujeres al frente
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Se despertó la conciencia dormida de nuestro país hace casi cinco meses. Por décadas ciega, sorda y muda a una estructura social y económicas que oprime a la mayoría de los chilenos y particularmente a las mujeres.

Algunos datos fundamentales para tener en cuenta este marzo son: Las mujeres representan más del 50% de los habitantes de nuestro país y un tercio de ellas, han vivido algún tipo de violencia física, psíquica o sexual, ejercida en su mayoría por un familiar, pareja o expareja.

Aunque el 48% de ellas trabajan fuera del hogar (INE), reciben remuneraciones que en promedio son un 29,3% menor al de los hombres (Fundación Sol 2018) en trabajos más precarizados y menos valorados. Son las principales responsables de los trabajos vinculados al hogar, el cuidado y la crianza, en las invierten por lo menos, tres horas diarias más que los varones.

Otro punto fundamental es que el 84,9% de los hogares monoparentales están en manos de las mujeres (Censo 2017) asociando esta condición, a mayor pobreza, vulnerabilidad para ellas y sus familias.
Son rostros femeninos quienes cuidan a enfermos, ancianos, personas por discapacidad y niños, dejando de lado sus libertades individuales para el beneficio de muchas y muchos. Sosteniendo con su trabajo no remunerado e invisible socialmente, el sistema económico que hoy está siendo cuestionado.

Lo irónico de todo, es que a pesar de que la evidencia es abrumadora, se sigue cuestionando la equidad de género como forma de equilibrar la desigualdad que viven. Seguimos escuchando que las mujeres buscan beneficiarse gratuitamente de espacios que se deben ganar por esfuerzo. Seguimos escuchando que somos menos inteligentes, menos pragmáticas, lunáticas y cíclicas. Seguimos escuchando que mentimos cuando denunciamos acoso y violencia.

Entonces surge la pregunta: ¿qué pasaría si las mujeres dejáramos de realizar las tareas que han sido enaltecidas como fin y motivo de nuestra existencia? ¿qué ocurriría si realmente dejáramos de cuidar, lavar, limpiar, preparar alimentos? La respuesta es simple. Este sistema colapsaría y con ellos todos los privilegios considerados naturales por algunos varones.
Por eso hay marchar con y por todas las mujeres. Marchar porque estamos a años luz de tener las mismas oportunidades. Marchar para que no las presionen para ser lindas y delicadas si quieren ser heroínas, ogras, magas o brujas. Marchar para que puedan elegir si les gustan las matemáticas y la ciencia, sin alguna persona le diga que no es espacio de mujeres que no pueden. Marchar para que las pequeñas no tengan que ser madres a edades en que deben jugar y estudiar para cumplir sus sueños.

Marchar para que puedan salir, caminar de día y de noche sin ser acosadas, agredidas, poniendo en riesgo su vida. Marchar porque se necesitarán años de esfuerzo para que las nuevas generaciones de niñas que nazcan puedan estar seguras de vivir una sexualidad libre sin riesgo de ser coartadas y presionadas a hacer lo que no quieran. Marchar para que, si nos matan, no se cuestione la vestimenta y apariencia que llevábamos, ni la hora, ni si andábamos solas o en compañía de un desconocido. Marchar para que puedan amar a otra mujer sin que corran el riesgo de ser discriminadas.

Marchar para que puedan llegar a ser líderes sin ser cuestionadas de mano blanda y puedan dirigir desde la compasión o como quieran, sin que se les pida perpetuar el patrón de mano dura y golpe en la mesa. Marchar para que puedan decidir si quieren o no ser madres, sin ser tratadas de inhumanas y egoístas. Marchar para que puedan vivir la maternidad y la lactancia sin sentir que no son nunca suficientemente buenas, en soledad, invisibles y desvaloradas, dando por hecho que nacimos para eso, sin tener en consideración que es un camino difícil, duro y que necesita de otros para ser sobrellevado con mayor armonía.

Marchar para que nos crean cuando levantamos la voz ante la injusticia, la violencia sexual y doméstica y así trabajemos por una educación integral en la que su eje fundamental esté en las personas, reconociendo que tenemos igual valor y merecemos respeto indistintamente del género, identidad, diversidad sexual, situación discapacidad y variedad de humanidades existentes.

Cuando se escucha que este cambio será feminista o no será, no es una amenaza. Es la certeza de que si no se incluyen conceptos de bien común, empatía, colaboración, solidaridad y amor devaluados frente a la competitividad, individualismo y éxitos propios de este sistema económico sin corazón, no podremos avanzar.
Son las mujeres quienes, desde los distintos espacios públicos, organizaciones, asociaciones y hogares están dando una batalla épica, valiente y sin miedo, porque hasta eso nos quitaron. Un cambio profundo de este orden desigual es imperativo, las mujeres lo sabemos, porque conocemos en carne propia la subordinación, inequidad y también las necesidades fundamentales que como país debemos hacernos cargo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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