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¡De lo que puede mejorarnos el COVID-19!

por 30 abril, 2020

¡De lo que puede mejorarnos el COVID-19!
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Pasó algo impensado, la economía se detuvo. En este mismo momento que estoy escribiendo, estamos viviendo una situación política y sociológica sin precedentes. De Santiago de Chile pasando por Buenos Aires, Madrid, Roma, Londres, New York o París, más de 3 mil 500 millones de personas, más de la mitad de la humanidad, se encuentra confinada en sus casas. Nuestra especie está experimentando una realidad individual, colectiva y global nunca observada ni vivida.

El diagnóstico es indiscutible, los hombres que dirigen y componen el mundo ya no saben dónde están parados en la Historia. Habrá un antes y un después del COVID-19. En cuestión de semanas, las personas fueron llamadas a vaciar las calles y sus trabajos, se cerraron los parques, los colegios, las universidades y las fronteras. En cuestión de días, 3 mil 500 millones de personas de más de 186 países se confinaron en sus casas, cambiando sus prácticas, sus gestos y sus formas de relacionarse con los otros. También se interrumpió la fuerza irreversible de un sistema económico mundial imposible de parar o redirigir. ¿Qué está pasando? ¿Qué nos está pasando?

Pareciera como si se hubieran aplicado frenos gigantescos a las perpetuas ruedas de la producción y de un día para otro, las vibraciones de la economía se detuvieron, los zumbidos de los coches disminuyeron, los cielos se aclararon, las ciudades se vaciaron, el aire se limpió y el canto de los pájaros reemplazó el ruido habitual de la ciudad. Uno podría incluso creer, escuchando a Yuval Noah Harari, por ejemplo, que necesariamente después del COVID-19 habrá un cambio de paradigma y que esto pasará por las decisiones políticas y económicas que se tomarán en los meses por venir, decisiones que probablemente darán forma al mundo que tendremos en los próximos años.

De hecho, las hipótesis y las teorías sobran a este respecto, los italianos Giorgio Agamben y Franco "Bifo" Berardi, el croata Srećko Horvat, el esloveno Slavoj Zizek, la estadounidense Judith Butler, el francés Alain Badiou y el surcoreano Byung-Chul Han, son solo algunos de los que se han expresado al respecto. Tenemos hipótesis sobre cómo el virus vencerá al capitalismo, sobre cómo el virus potenciará el totalitarismo digital, sobre cómo el virus podría fortalecer el empoderamiento solidario y global o incluso tenemos teorías sobre cómo el virus ya empezó la cuarta revolución industrial, la revolución tecnológica. En resumidas cuentas, hoy son muchas las especulaciones teóricas sobre el devenir del mundo y del sistema económico mundial.

Ahora bien, si examinamos la situación actual sobre las discusiones teóricas del devenir del mundo post COVID-19, nos damos cuenta que gran parte de las reflexiones que han aparecido desde las ciencias políticas, la filosofía o las ciencias sociales se amparan y se explican únicamente desde la premisa de que el cambio de nuestra organización societal vendrá dado desde el exterior, es decir, desde el Estado y su relación con la economía. Pues son estas las instancias que instaurarán las nuevas reglas e instituciones que guiarán el cuadro social y el comportamiento de los actores en los años que vienen.

En efecto, son muy pocos quienes han indagado en las fuerzas transformadoras que pueden venir desde el interior, es decir, desde las experiencias y la redefinición de conductas de 3 mil 500 millones de personas que se encuentran hoy confinadas en sus casas. Dicho de otra forma, pocos se han preguntado por la fuerza transformadora del nosotros y en este «nosotros» me refiero a todos los hombres comunes y corrientes, todos los “hombres de la calle” en palabras de Hannah Arendt, que sin más y en apenas dos meses, lograron aprender una nueva "distancia social", lograron aprender lavarse las manos varias veces al día y a quedarse confinados en casa, ya sea para no contaminarse o para no contaminar a los otros. Como lo dijo espléndidamente Bruno Latour, quizás lo que el virus consigue con un humilde chisporroteo de boca en boca –la suspensión de la economía mundial– lo podríamos lograr nosotros, pero esta vez no contra el virus, sino cambiando nuestras prácticas contra cada elemento del sistema de producción que no queremos ver reanudado.

Es aquí donde tocamos el tema que nos reúne, el cambio de experiencia que estamos viviendo, no es y no será sin importancia para nuestro futuro individual y colectivo. Toda experiencia de cambio conlleva necesariamente consigo un proceso de reapropiación del significado de la existencia, lo que no está exento de marcarnos o dejarnos una huella. Pero la huella que dejara la acción del mundo sobre nosotros y que Dewey llama acción pasiva, conlleva también una acción activa que dice relación con la acción de la persona sobre el mundo. De hecho, muchos autores que han trabajado sobre la fuerza de la experiencia y la educación están todos de acuerdo que existen experiencias que transforman a las personas y les abren nuevas posibilidades de significación y de posicionamiento.

Una cosa que lleva a la otra, si sobrepasamos el dolor y sufrimiento que está viviendo la humanidad y somos capaces de hacernos preguntas sobre las experiencias individuales y colectivas que estamos viviendo, quizás comenzaremos a comprender la importancia de nuestros gestos con el mundo. Si comenzamos a distinguir las monstruosas desigualdades que está viviendo el mundo, que están viviendo las familias más vulnerables, que viven las mujeres y los niños, si llegamos a distinguir qué prácticas eran superfluas y sin importancia, si nos damos cuenta de qué conductas en nuestra vida eran irresponsables, y en fin, si desde el confinamiento nos preguntamos qué queremos dejarles a nuestros hijos y nuestros nietos, quizás lograremos convertirnos –como dijo Bruno Latour– en verdaderos interruptores de la producción y la globalización. Quizás millones de nosotros, así como el COVID-19 en su propia forma de globalizar el planeta detuvo el sistema económico mundial, podremos cambiar el mundo. Recordemos las palabras de Gandhi, nuestro poder no reside en nuestra capacidad de rehacer el mundo, sino en nuestra capacidad de rehacernos a nosotros mismos.

Yo me lanzo. Me consideraba una persona preocupada de las próximas generaciones y verde –no compro mucha ropa–, intercambio con amigos y voy a mi trabajo en bicicleta. Aun así, durante mi confinamiento me di cuenta de que, a pesar de vivir en un pequeño departamento, tenía mil cosas inútiles. Encontré una caja de llaveros de múltiples formas y de múltiples países, moldes de raviolis que nunca desempaqué, ropa de mis hijos que no se pusieron nunca. Un número impresionante de juguetes con los que mis hijos no han jugado en mucho tiempo, un coche de guagua que no ocupo de hace años, etc. Una colección de electrónica olvidada en un armario desde que fue reemplazada por otras más nuevas.

En fin, me di cuenta de que tendré que deshacerme de la mitad de los muebles. Tendré que seguir ordenando, dar y por sobre todo seguir aprendiendo a vivir con un nivel de vida material compatible con los ecosistemas, y todo esto sin hablar de los cambios que deberé considerar acerca de mis conductas alimentarias. Quizás como expatriado chileno viviendo en París, deberé aprender, a lo menos, a vivir sin palta.

Antes de terminar, quisiera subrayar que entiendo claramente que estoy hablando como habitante de París y burgués, por lo que no olvido las desigualdades de este sistema y que mis problemáticas pueden parecer bastante superficiales. Solo quiero ejemplificar que si cada uno de nosotros, no importando nuestras desigualdades, sufrimientos o países, actuamos desde la experiencia que estamos viviendo, seremos no solo capaces de cambiar el mundo, sino seguramente lo haremos mejor que el mundo político o económico que hasta hoy hemos conocido.

De todas formas, no podemos perder esta oportunidad, que si bien es dolorosa y de seguro marcará nuestra historia y la de nuestro planeta, es el momento oportuno para hacer nuestro inventario. Por primera vez estamos viviendo, para bien o para mal, la cruda realidad de un cambio profundo. Pero si “nosotros” no nos hacemos parte desde nuestra experiencia, desde nuestro sufrimiento, desde nuestra reflexión, desde nuestros gestos, seguramente el mundo no cambiará mucho o, peor aún, cambiará mucho, pero no necesariamente hacia lo que nuestra experiencia nos ha dejado.

Por favor, no olvidemos cómo en 2020 más de la mitad de la población mundial tuvo que cambiar sus prácticas y su vida, deteniendo, así, el sistema económico mundial. Limpiando, por un tiempo, un mundo que ya había colapsado. Que nunca más nos digan que este sistema no se puede detener o redireccionar.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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