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LA CRÓNICA CONSTITUYENTE

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Una semana y 2/3

por 19 septiembre, 2021

Una semana y 2/3

Crédito: Aton

El viernes 10 de septiembre, después de que Roberto Celedón hiciera llorar con sus recuerdos del golpe y los dolores que generó, especialmente a los más jóvenes de la Convención, los miembros del Colectivo Socialista nos reunimos junto a una de las ninfas verdes que sostienen los faroles del parque del Ex Congreso. Ricardo Montero, uno de sus coordinadores, junto a César Valenzuela, explicó la maniobra tejida en conjunto con los otros lotes de centro izquierda llamados a conformar el eje articulador de este proceso. Varios ya estaban al tanto, los abogados del grupo la entendían y analizaban, mientras los demás procurábamos entrarle por el rincón en que descubríamos luz. Lo que nos unía a todos, era la convicción de que las normas constitucionales se respetaban, así estuviéramos caminando por sus bordes para sentenciarlo.
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Muy pocos entienden qué pasó en la votación del martes. El Mercurio, que hasta aquí ha visto el proceso constituyente como un payaseo, y a sus protagonistas, salvo los de la casa, como una colección de frikis, muchas veces delirantes -o al menos así he leído yo lo que nunca se ha dicho de este modo-, aseguró en su editorial del día siguiente: “El pleno de la Convención Constitucional incurrió en una preocupante e inédita infracción a las reglas formales que la rigen”. Aunque no es enteramente falso en lo sustantivo, todos los adjetivos sobran y, como escribió Vicente Huidobro, “el adjetivo, cuando no da vida, mata”.

La política convive con las paradojas: apoyar a un candidato a sabiendas de que perderá para tener más influencia en el que gane; aliarse con el adversario para liquidar a un aliado y dar el triunfo al propio equipo; usar las posibilidades de un espacio semi normado para que, soslayando la ley que se quiere proteger, sus enemigos terminen aceptándola.

Algo de esto último sucedió en la votación del martes. El jueves previo, la sesión terminó abruptamente, porque miembros de los pueblos originarios se plantaron frente a la testera exigiendo ser consultados antes de decidir que el quorum de 2/3 se aplicara a las normas propuestas por ellos. Ya para entonces el tema de los quórums -para la mayoría misterioso- tenía tomada la agenda de la discusión constituyente. Que 2/3 por acá, que 4/7 o 3/5 por allá, mayoría simple, absoluta, y hasta la amenaza de que el proceso moría si optaba por la fracción incorrecta.

Para el PC, ex miembros de la Lista del Pueblo y representantes de los movimientos sociales, esto equivale a sucumbir a las lógicas autoritarias de Jaime Guzmán, pero en realidad abundan las constituciones que lo exigen para ser corregidas, entre ellas la venezolana (1999), la boliviana (2009), la ecuatoriana (2008) y la cubana (2019), todas acordadas bajo regímenes de izquierda. ¡Hasta el Papa es elegido por dos tercios! Otra cosa es que este quórum limite las posibilidades de plebiscitos y se aplique a la reforma y creación de Leyes Orgánicas, y al control preventivo de esas leyes por parte del TC, todo lo cual constituye un cerrojo autoritario cuidadosamente urdido por la Constitución pinochetista que estamos desechando y del que esperamos esté libre la nueva Constitución.

Se abrió plazo hasta el viernes para proponer qué normas de los reglamentos debían ser votadas por 2/3 de los convencionales, según la lectura que cada grupo hiciera de la reforma constitucional que le dio origen a la Convención y que, así algunos no quieran reconocerlo, también decidió la paridad, los cupos indígenas y las dificultades para declarar una vacancia, como la del "Pelao" Vade.

De pronto comenzó a circular entre los FA, Los INN, los del Colectivo Socialista y los "boutique" -como Felipe Harboe bautizó a los del Apruebo-, la idea de que aprobando por mayoría absoluta los reglamentos en general, sin votar el quorum de cada norma, automáticamente se aceptaban los 2/3 establecidos en el articulo 94 para ratificar cada una de las leyes de la nueva constitución.

Para el PC, ex miembros de la Lista del Pueblo y representantes de los movimientos sociales, esto equivale a sucumbir a las lógicas autoritarias de Jaime Guzmán, pero en realidad abundan las constituciones que lo exigen para ser corregidas, entre ellas la venezolana (1999), la boliviana (2009), la ecuatoriana (2008) y la cubana (2019), todas acordadas bajo regímenes de izquierda. ¡Hasta el Papa es elegido por dos tercios! Otra cosa es que este quórum limite las posibilidades de plebiscitos y se aplique a la reforma y creación de Leyes Orgánicas, y al control preventivo de esas leyes por parte del TC, todo lo cual constituye un cerrojo autoritario cuidadosamente urdido por la Constitución pinochetista que estamos desechando y del que esperamos esté libre la nueva Constitución.

El asunto es que mientras algunos prefieren ver la Convención Constituyente como un poder originario, desprovisto de todo control, ajeno a cualquier precepto previo y capaz de concebir el mundo de nuevo, otros la entendemos como un gran paso adelante, una posibilidad inédita, pero gestada en las tierras de la Historia, donde cohabitan la ruptura y la continuidad. Como sostiene Fernando Savater: “Una de las principales ventajas de vivir en comunidad, es que nunca se parte de cero”.

Nadie era capaz de reunir los 2/3 ni para mantener esta regla ni para cambiarla y, en estricto rigor, el asunto ya estaba zanjado por la reforma constitucional que nos dio origen y que en su artículo 133 señala: “La Convención deberá aprobar las normas y el reglamento de votación de las mismas por un quórum de dos tercios de sus miembros en ejercicio”. A continuación, agrega que “no podrá alterar los quórum ni procedimientos para su funcionamiento y para la adopción de acuerdos”. No obstante, un sector de los convencionales insistía que no había por qué postrarse ante acuerdos parlamentarios de la vieja república, despreciada por la revuelta social.

Aunque no estábamos validando un reglamento especial de votación, sino uno general, destinado a establecer la organización y el funcionamiento de la Convención, algunos recurrimos a nuestros asesores legales para que nos explicaran las consecuencias de esta maniobra que sorteaba una ley para fortalecer su aplicación, lo que unos defendían por respeto a la institucionalidad y otros, entre los que me cuento, convencidos, además, de que una Constitución ampliamente convenida es más eficaz, más estabilizadora y más perdurable que una partisana.

Según establece otro artículo de la reforma constitucional que nos da origen, es la Corte Suprema la llamada a resolver la “infracción a las reglas de procedimiento aplicable a la Convención”. De judicializarse, el proceso constituyente quedaría mal herido, pero fueron esos expertos consultados quienes nos tranquilizaron asegurando que el vicio debía causar perjuicio a quien pretendiera alegarlo, en este caso los convencionistas de derecha, pero se daba la paradoja de que siguiendo este camino se arribaba donde también ellos querían llegar, de modo que no habría daño en su contra.

Uno de los aspectos admirables de este Proceso Constituyente, es el compromiso que genera en diversos mundos profesionales, académicos y organizaciones sociales de muy distintos tipos. En la comisión de Comunicaciones alcanzamos a recibir casi sesenta audiencias, donde la inmensa mayoría ponía a nuestra disposición sus saberes, experiencias y voluntad de colaborar. Al menos a mí, me falta el tiempo para prestar atención a todos esos que ofertan su ayuda, pero cuando es necesario un consejo, una orientación, una mirada conocedora, ahí están. Es del todo absurdo pretender que cada uno de los convencionales sea capaz de dar respuesta por sí mismo a los cientos de problemas que este proceso nos plantea cotidianamente. Quien cree en la importancia de la participación, cultiva el arte de preguntar.

El viernes 10 de septiembre, después de que Roberto Celedón hiciera llorar con sus recuerdos del golpe y los dolores que generó, especialmente a los más jóvenes de la Convención, los miembros del Colectivo Socialista nos reunimos junto a una de las ninfas verdes que sostienen los faroles del parque del Ex Congreso. Ricardo Montero, uno de sus coordinadores, junto a César Valenzuela, explicó la maniobra tejida en conjunto con los otros lotes de centro izquierda llamados a conformar el eje articulador de este proceso. Varios ya estaban al tanto, los abogados del grupo la entendían y analizaban, mientras los demás procurábamos entrarle por el rincón en que descubríamos luz. Lo que nos unía a todos, era la convicción de que las normas constitucionales se respetaban, así estuviéramos caminando por sus bordes para sentenciarlo.

A las 18 hrs. de ese viernes se cerró el plazo para proponer las normas a votar por 2/3. Sólo la derecha presentó una lista con 30. Nadie más. Por la mitad más uno debíamos aprobar o rechazar si cada una de esas 30 reglas requerirían de 104 votos (2/3) para existir. El lunes no hubo sesión y el martes, quienes habitábamos la cofradía de este plan -FA, INN, Colectivo Socialista y los del Apruebo- nos mirábamos nerviosos, a sabiendas de que nos adentrábamos en un territorio de riesgo.

La mesa dispuso de una hora para escuchar distintas posiciones. Marcela Cubillos sostuvo que no debiéramos estar discutiendo algo ya resuelto en el artículo 133 de la actual Constitución y después tomó la palabra Daniel Bravo, de la ex Lista del Pueblo, para con la voz quebrada por la rabia y emoción, denunciar que, “como muchos y muchas ya sabrán, ciertos sectores (…) pretenden evitar a toda costa que exista una genuina deliberación de los y las convencionales constituyentes en cuanto al quorum de votación (…) Conscientes de que no hay dos tercios que apoyen la regla de los dos tercios, paradojalmente, aquellos sectores están inclinados a aprobar dicha regla de votación solo por mayoría absoluta (…) En otros términos, están dispuestos a saltarse las normas que tanto dicen respetar (…) Nuestra preocupación está dada porque dicho quorum sea el último cerrojo, la última trampa que impida las transformaciones que los pueblos han demandado en la calle y aprobado en las urnas”.

Hubo representantes de “aquellos sectores” que defendieron los 2/3 argumentando que no habiendo una minoría capaz de bloquear, era perfectamente articulable una mayoría transformadora. Lo cierto es que la Convención se sustenta en el acuerdo tácito de que terminó el período neoliberal, que pasaremos de ser un estado subsidiario a uno social de derechos, plurinacional, con estándares ecológicos claramente de segunda o tercera generación, una nueva distribución del poder -al interior del gobierno y a lo largo y ancho del territorio- y otros varios progresos democratizantes. El reto, más que acordar en lo grueso, será en los detalles. Los sectores de la derecha dialogante, lo saben. A este respecto, no hay mucho que temer.

Después de una hora en que las 30 propuestas de Chile Vamos fueron rechazadas por la totalidad de quienes no militan en sus filas, el Reglamento general recibió 145 votos a favor, el de Ética 113, el de Participación Indígena 135, el de Participación Popular 134, y el informe de Derechos Humanos, desprovisto de su naturaleza reglamentaria para volverse insumo de todas las comisiones futuras, por 113. Todos ratificados por más de 2/3 de los miembros de la Convención.

Carlos Peña, en el diario El Austral de Osorno, sintetizó con precisión el efecto político de la maniobra: “Permitirá sostener que es la voluntad de la Convención la que, de manera autónoma, decidió establecer un quorum supra mayoritario y no el Acuerdo del 15 de noviembre o la Constitución del 80. De esa forma todos los sectores quedarán satisfechos: la derecha y la centro izquierda porque el quorum de 2/3 se mantendrá; el Partido Comunista porque podrá sostener que la Convención se liberó del Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución”.

La presidenta Elisa Loncon, elegida esta semana como uno de los 100 personajes más influyentes del mundo por la revista Time, comentó antes de cerrar la sesión: “Hemos dado un paso importante en el trabajo de la Convención Constituyente”. A continuación, invitó a los convencionales a ponernos de pie y entonar el himno nacional, para dar inicio a nuestras fiestas patrias. Sólo Eric Chinga, representante de los diaguitas, permaneció sentado. El uso de mascarillas impedía distinguir con claridad quiénes cantaban y quienes no, pero desde todos los sectores del hemiciclo salían voces entusiastas. Cuando llegamos al último verso, “o el asilo contra la opresión”, una convencional, que no pude distinguir, gritó: “¡revolución!”. Perdido en los acordes del canto general, su gesto pasó desapercibido.

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