jueves, 18 de abril de 2019 Actualizado a las 22:50

La ética y el caso Penta

por José Miguel Fernández Pérez 8 abril, 2019

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Señor Director:

La columnista Paulina Morales en su columna del pasado sábado en este medio evalúa críticamente la sentencia de clases de ética para los imputados del caso Penta, Carlos Lavín y Carlos Délano, llegando a la conclusión de que, tras dicha sentencia, “la ética queda […] injuriada y atropellada en su dignidad más propia”.

Sin intención de discutir esa tesis de la columnista, me permito la ocasión en lo que sigue, de analizar el tema desde otro punto de vista: preguntándome qué visión de la ética refleja ya no la sentencia (como hace ella), sino la visión de la ética que se estila en la opinión pública y que podemos ver reflejada en las reacciones que la sentencia ha suscitado.

Claramente se ha tomado con mucho sarcasmo el inicio de las clases de ética de los imputados por el Caso Penta. Leo en mi WhatsApp que alguien comenta: “¡Pobres, qué lata!”, al compartir la noticia en un grupo. El Diario Financiero llama al evento “clases éticas” –usando el adjetivo “ético/a” y no el sustantivo “ética”– como insinuando que los imputados van a esas clases exclusivamente a aprender a “ser éticos” o a “comportarse éticamente” (tal como uno pudiese ir a una “clase humorística” simplemente para aprender a tener buen humor). Además, para la mayoría y de acuerdo con el comentario citado de WhatsApp, la ética en sí no representa mucho más que una lata. Esto último lo afirmo con conocimiento de causa y como una confesión, pues yo mismo en mis años de estudiante de filosofía en la universidad veía a la ética como una de las subdisciplinas fomes de la filosofía y rechazaba la idea de especializarme en ella, lo que paradójicamente he acabado haciendo.

El problema de que la ética se nos aparezca como algo latero, no es uno profundo, sino más bien es un problema de entrada, es el problema sobre cómo se presenta e introduce este concepto y esta disciplina al gran público. Pues, por un lado, “ética” suena de buenas a primeras a normas y a imposición. Aprender ética, en este primer acercamiento, no sería mucho más que aprender a comportarse bien, a reprimirse para encajar en el comportamiento exigido por el entorno. Al buen comportamiento exigido por el entorno se lo llama también: actuar moral. Y a la ética se la entiende también como sinónimo de moral. Pero, por el otro lado, y en un conocimiento más cabal de la cuestión, “moral” en dicho sentido sólo designa uno de los dos factores de la ecuación que constituye lo que es la ética como disciplina científica, siendo el otro factor la filosofía. He aquí que “ética” y “filosofía moral” sean expresiones sinónimas. Y es justamente en la parte filosófica de la ética donde reside lo apasionante de esta disciplina. Dejar fuera el elemento “filosofía” del concepto de “ética” es algo paralelo a lo que sería dejar de lado el componente de “ciencia” respecto del concepto de “física”, con lo cual entenderíamos la disciplina llamada “física” meramente como el habérselas cotidiano con el mundo de las cosas físicas. Hacer física según eso no sería mucho más que saber cosas prácticas, como por ejemplo, que hay que poner la tabla sobre el eje hacia uno de los extremos, y no al medio, para que ésta pueda hacer de palanca. En correspondencia, el habérselas con la ética no significaría –en esta comprensión incompleta que se deja entrever en las reacciones a la sentencia de los imputados del Caso Penta– mucho más que el adquirir el conocimiento y las actitudes prácticos que acompañan al comportamiento moral. Pero la ética es ostensiblemente mucho más que el mero saber comportarse bien. Es ciencia, es conocimiento, es reflexión teórica, es filosofía, y por tanto, forma parte de la actividad teórica del espíritu, la cual según Aristóteles es la actividad más alta a la que el ser humano se puede dedicar.

Ahora bien, no obstante lo anterior, hay una razón muy simple que me hace entender la reacción escéptica y sarcástica hacia la idea de imponer como pena unas clases de ética, y es que, con Bertrand Russel, creo que “la raza humana no ha descubierto hasta ahora ningún método para erradicar los defectos morales”. Es ilusorio pensar que con meras clases de ética (o con clases de cualquier índole) vamos a hacer de Lavín y Délano sujetos éticos de modo garantizado. Ningún método de educación ha probado enseñar garantizadamente el comportamiento moral ni el ser un buen individuo; mucho menos garantizada va a estar entonces la erradicación de los defectos morales de educandos que son ya adultos medios o mayores.

Si bien, como acabamos de ver, no hay que suponer en el fomento de la disciplina ética la escondida promesa y garantía de la erradicación individual de los errores morales, sí podemos empero esperar de ese fomento algo así como un avance en la moral a nivel colectivo. Individualmente no puedo garantizarle a nadie que yo, como profesor de ética, voy a hacer de él una persona moral, pero sí podemos apostar por el que, si le damos el lugar central que le corresponde a la ciencia de la ética en la comunidad, como sociedad podemos esperar un significativo progreso moral colectivo. Y no sólo moral, sino espiritual, porque repitámoslo (y en esto concordamos con la columnista arriba mencionada): la ética es ante todo filosofía, y no mera moralina. Por eso, más que denostar a los jueces por esta pena que impusieron (la discusión sobre la justificación de tal pena me parece que debiesen darla juristas expertos en la materia), invito a ver la sentencia como una oportunidad para poner la ciencia ética en un lugar más central y posibilitar que sus contenidos sean cultivados por el gran público.

Interesante sería, en esa línea, ver que a Lavín y Délano se les encargue un exigente rendimiento al final de las clases, en el que demuestren sus conocimientos aprendidos. Un ejemplo sería que hagan un análisis y una evaluación moral de un caso o dilema ético a la luz de dos teorías de la ética normativa, que opten por una de esas dos teorías para el caso en cuestión fundamentando su elección, y que presenten luego sus resultados en un simposio abierto al público (al menos de modo online), en el cual se inviten a filósofos u otros intelectuales para que juntos discutan en torno al tema investigado y los resultados de la investigación. De tal modo podríamos aprovechar este caso de corrupción no solo para ironizar sobre las clases de ética como pena judicial, sino más bien para fomentar la transmisión de la ciencia ética en los medios y en la opinión pública.

José Miguel Fernández Pérez
Doctorando en Filosofía, Universidad de Bonn

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