domingo, 28 de noviembre de 2021 Actualizado a las 23:35

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Jazz, una fuente inagotable de humanidad

Jazz, una fuente inagotable de humanidad
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“Si no somos capaces de vivir enteramente como personas,

hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales…”

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera.

 

El mundo está sumido en un período difícil, marcado por una crisis sanitaria que ha determinado el día a día de las personas a lo largo y ancho del orbe. Este contexto nos trae a la memoria el film de Ingmar Bergman El séptimo sello, donde un caballero cruzado, en una Europa diezmada por la peste, juega una partida de ajedrez con la muerte, quien ha venido a cobrar su alma. También hay dos crudas novelas que nos ayudan a entender este momento: La peste de Albert Camus y Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Ambas obras ilustran de manera brutal la manera en que el egoísmo y la irracionalidad campean en escenarios de crisis, dando cuenta que una pandemia, antes que un fenómeno sanitario, es una cuestión moral.

No obstante, este escenario turbulento no puede incapacitarnos para tener momentos de placer y contemplación, que justamente pueden ayudarnos a sobrellevar la vida diaria en medio de la pandemia y su secuela de encierro. Nos referimos al muy positivo impacto que puede tener en nosotros el detenernos unos minutos y escuchar algo de jazz. No en vano, en noviembre del 2011, la Unesco proclamó el 30 de abril de cada año como el Día Internacional del Jazz, considerando su importancia como aporte para la paz global y como herramienta educativa, que promueve el entendimiento y la cooperación entre las sociedades y los pueblos del mundo. De hecho, el jazz ha estado en diversas ocasiones en la palestra durante la pandemia, aunque no siempre por buenas noticias. Cabe recordar que en febrero pasado el gran Chick Corea falleció a los 79 años de edad, afectado por una rara forma de cáncer. Más recientemente, el trompetista chileno Cristián Cuturrufo falleció debido a complicaciones derivadas justamente del Covid-19, dejando un espacio difícil de llenar en el medio artístico nacional.

Como género musical, el jazz hunde sus raíces en la cultura afroamericana del New Orleans profundo, estando íntimamente relacionado su desarrollo con la lucha por la dignidad humana, la promoción de la democracia y la defensa de los derechos civiles, particularmente los relacionados con la lucha contra todas las formas de discriminación y racismo. El jazz surge como un punto de encuentro y de integración, cuando la segregación y la exclusión eran norma. Una expresión que, desde el dolor y la esperanza, se abre hacia la reconciliación, hacia el reconocimiento del otro, para transformarlo en unidad. El jazz expresa los colores del mundo, forja diversidad guardando su singularidad. Hace del silencio y del sonido sus cimientos de inspiración y empuje. Conocida es la frase de Miles Davis: “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de todos los ruidos”. El constante cambio, el movimiento permanente, el sentirse siempre disconforme para poder progresar fue el motor del “Príncipe de las Tinieblas”, quien es sin dudas una inspiración inagotable por su búsqueda de superación, de apertura hacia horizontes infinitos, su experimentación como regla de oro.

En los complejos tiempos que corren, donde revisar la prensa diaria puede resultar una experiencia inquietante, les recomendamos darse el tiempo para escuchar una pieza de jazz y recibir de vuelta un influjo de estabilidad, imaginación y entusiasmo. Como sostenía Nina Simone, “el jazz no es solo música; es una forma de vida, una forma de ser, una forma de pensar”. No podía tener mayor razón. El jazz es una fuente inagotable de libertad y paz, una fuerza musical que no tiene fronteras, que improvisa sobre la base de su propia energía generando nuevos espacios de encuentro, vitalidad, armonía y también de caos.

Además, el jazz abraza la belleza, la elegancia y la sofisticación, sin ser arrogante. Quien se da un tiempo para escuchar jazz accede a un instante de calma, a un estado de profunda receptividad en que una voz aterciopelada penetra el alma: una Billie Holliday que dialoga con Coleman Hawkins y Lester Young o una Ellie Fitzgerald que se conmueve con Louis Amstrong al son de Porgy and Bess. Los límites para el jazz no existen. Los rompe, los hace trizas porque ésa es su naturaleza. Su cuna es afroamericana, pero su destino es ser cosmopolita, un patrimonio de la humanidad que se celebra escuchando desde la guitarra gitana de Django Reinhardt hasta los solos improvisados de un cerebral Keith Jarret, pasando por la sensualidad de la bossa nova de Joao Gilberto y de Tom Jobim, o por el jazz Huachaca nacional de Lalo Parra.

El jazz está en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. No tiene género, no tiene raza. El jazz es encuentro, es paz y libertad, es finalmente humanidad. En los tiempos que vivimos, tal vez los peores de la pandemia con su secuela de psicosis y estrés, les recomendamos entregar, al menos unos minutos de su día, a escuchar algo de jazz. “Peace Piece” de Bill Evans puede ser un buen comienzo.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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