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El sarcófago

por 9 julio, 2021

El sarcófago
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Somos la tercera edad en medio de la revolución, pero a diferencia de esas tribus que tenían “consejos de ancianos”, a quienes conducen hoy los cambios importa un bledo lo que nosotros, que hemos acumulado “experiencia y sabiduría”, podríamos aportar. Ustedes a su sarcófago, me dijo un colega recién ingresado a la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile, donde presto servicios desde hace años gracias a la infinita tolerancia institucional y a que no me dejé tentar por los incentivos a la jubilación.

Y henos aquí, irrelevantes, desvaneciéndonos ya con nuestro cuento a cuestas. Somos desconsiderados –no se nos considera, quiero decir–. No solo eso. Somos culpables del injusto país construido en los últimos 30 años que hoy es objeto de desmantelamiento, por haber sido construido condescendiendo con dimensiones sociales –si es que sociales– mercantiles e individualistas desplegadas por la dictadura militar y por no haber tenido el coraje de cambiarlas. Somos los autoflagelantes –o solo flagelantes, si recurrimos a la definición de la Real Academia de la Lengua–. Simplemente, la hemos “cagao”. La retroexcavadora, otrora convocada con entusiasmo por colegas cercanos, hoy nos llevará a todos, incluidos a los citados colegas, al limbo de un solo zarpazo.

Sin embargo, los viejos figuramos entre las prioridades de los candidatos a la Presidencia, en sus campañas para las primarias. Pueblos originarios, género, tercera edad. ¿Tercera edad? Sí, pero en una perspectiva asistencialista. Algo así como ¿qué hacer con estos viejos?, ¿dónde ponerlos al cuidado de alguien que nos permita despreocuparnos y sentirnos sin culpa? ¡Residencias dignas! ¡Sillas de ruedas para todos! ¿Quién ha de cambiarles los pañales? En ningún caso se dice: ¿qué estarán pensando de lo que pasa?, ¿qué cosas habrán aprendido que nos puedan enseñar para hacerlo mejor? Nada de eso.

No hay espacio para eso en esta juvenil revolución. La ceguera cognitiva de los aspirantes a conducir el país es máxima en esta materia, sin excepción. El pueblo, de hecho, es joven, muy joven. Con suerte fueron a parar un par de viejos mayores de 65 a la constituyente, pero su representatividad es proporcionalmente menor a la que tienen en la población general.

En fin. Dicho todo esto salgo a la calle y corro al encuentro de “la pelá”, que hace tiempo que me tiene echado el ojo. Le digo cosas como las que ya le dijo Nicanor, que vivió más de 100, para que no se crea que la cosa ha de ser fácil. Lo que no sabe la vieja es que a estas alturas da lo mismo. Los viejos somos perfectamente inútiles. Incluso ella.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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