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Antipopulismo populista o el “doble opuesto” Opinión

Antipopulismo populista o el “doble opuesto”

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Gilberto Aranda B.
Por : Gilberto Aranda B. Profesor titular Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile.
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En estos casos la efectiva interdicción del populismo tiene algo de aparente que oculta algo más: una complementariedad en la que “opuesto” no sólo equivale a “contrario” sino que el complemento requerido en un relato de bien y mal sin matices.


“Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del populismo”. Así se abría en 1969 la obra colectiva coordinada por Ghita Ionescu y Ernest Gellner acerca del fenómeno que parece estar en todas partes, como alertan analistas y avezados políticos. Hace 55 años las preocupaciones del texto Populismo. Sus significados y características nacionales giraban en torno a los casos de Estados Unidos y Rusia en el siglo XIX, los movimientos campesinos de Europa Oriental entre el siglo XIX y XX, y los ejemplos latinoamericanos y africanos de esa época.

En América Latina la discusión académica había sido anterior, de mediados de los cincuenta, jalonada por intelectuales como Gino Germani o Torcutato di Tella, a su vez influidos por enfoques estadounidenses acerca de la transición a sociedades modernas de Parsons, o el funcionalismo de Lipset. Durante mucho tiempo la reflexión no especializada divulgó que el populismo era un fenómeno típico de América Latina, por sus cuatro olas –quizás cinco- frente a las dos europeas, casi con la creencia de que hubiera nacido en esta parte del mundo. Indagaciones como la arriba citada, matizaron dicha asunción: las raíces estaban en el mundo rural peri-europeo, ya fuera el Estados Unidos del Peoples’s Party entre 1892 y 1908, o los Naródniki rusos desde 1860, e incluso en la amenaza que representó para la Tercera República francesa el Boulangismo.

Casi contemporáneamente a los populismos latinoamericanos despuntaron en Estados Unidos el gobernador de la Luisiana de la depresión económica, Huey Long. La década siguiente sería el turno del senador por Wisconsin Joseph Raymond McCarthy y su fanático anti-comunismo, y en los sesenta sería el turno del gobernador segregacionista de Alabama, George Wallace. En Europa, en tanto, el judeofóbico alcalde vienés, Karl Lüeger administró la capital del Imperio austro-húngaro entre 1897 y 1910 a punta de una demagogia prepopulista, culpando de todos los males a los no germanos (particularmente a los judíos) con una retórica que sería admirada por un frustrado pintor de Braunau. En la Francia de la Cuarta República, entre 1952 y 1958 apareció el movimiento sindical del poujadismo, recogiendo la defensa de comerciantes y artesanos frente a un “predatorio” capitalismo transnacional y las “estériles” discusiones parlamentarias.

Sin embargo, son las imágenes icónicas de Perón y Getulio Vargas las que tuvieron más pregnancia en esta parte del mundo. El antipopulismo de la época ensayó diversas respuestas, a menudo críticas descarnadas, cuando no feroces ataques sobre los populares adversarios.  Lo más común fue tildarles de “fascistas”, con detractores conservadores de la talla de Jorge Luis Borges, así como liberales, socialistas y comunistas.

Ciertamente la leyenda tenía algún asidero en la referencialidad que Vargas o Perón hicieran en sus inicios del régimen de Musollini: corporativismo, política de masas y una liturgia nacionalista de ecos trasatlánticos. Sin embargo, cualquier parentesco se hacía muy lejano si atendía a la composición de sus bases. El propio Lipset destacó que mientras el fascismo anidaba entre clases medias deprimidas, el populismo se enfocaba en los trabajadores –en plural- más que obreros, lo que le convertía en una competencia directa de la izquierda marxista.

El sociólogo estadounidense pensaba en términos Arendtianos, para él existía un totalitarismo de clases medias (fascista), otro de obreros (comunista) y con una gradación menor, el de los trabajadores (Populista). Germani precisaría que más bien se trataba de un régimen nacional-popular, y más recientemente Federico Filchenstein, complementaría dichas asunciones al reinterpretar al populismo como post-fascismo. Con éste apuntó a su tensión con aspectos de la democracia liberal; separación de poderes y respeto de las minorías políticas, aunque a diferencia de los nazi-fascistas no suprimía las instituciones poliárquicas, ni menos eliminaba físicamente a la oposición, relegándola a la marginalidad decisional o al ostracismo. Como al mismo tiempo los populismos pretendieron la inclusión de sectores postergados con la promesa de la comunidad de beneficios nacionales mediante un dirigismo económico, ciertos autores le incorporan a la segunda ola democratizadora iniciada después de la Segunda Guerra Mundial.

Parte de su horror provino de la abrupta irrupción de las masas en la vida política latinoamericana organizada –cuando no contenida en sus contornos más radicales- por experiencias populistas que propiciaron una participación popular (obreros, trabajadores, campesinos) subordinada verticalmente al poder por medio de sindicatos y asociaciones. Lo anterior, produjo estupor entre sectores acomodados y clases medias desfallecientes, como postula la sugerente interpretación existencialista de Sebreli acerca del cuento de Julio Cortázar de 1946, Casa Tomada.

En el relato cortazariano una pareja de hermanos que vive de sus rentas agrarias y habita una casona colonial, en medio de rutinas y sus preferencias literarias francesas, repentinamente se siente amenazados por ruidos y murmullos externos, que se desplazan al interior del recinto, por lo que los protagonistas se van replegando gradualmente, hasta quedar fuera de su domicilio. Llama la atención que al “invasor” no se le ve. Todo se trata de una experiencia sensorial del peligro, sin diálogo ni negociación posible. La metáfora develaba la sociedad normalizada por un orden establecido, que comienza a resquebrajarse cuando la vieja burguesía en decadencia es desplazada por sectores populares en ascenso que terminan por expulsarles del poder.

Dicha dimensión adversarial o agónica de la política es precisamente la que el populismo exacerba en ocasiones hasta el límite, bajo el presupuesto que cualquier acuerdo o compromiso es inviable. Para ello utiliza la retórica binaria y maniquea que divide la política en héroes y villanos, una técnica para desnudar injusticias sociales y a las jerarquías que las toleran. Y desde luego vive de las crisis que permiten al líder desarrollar una función profética de denuncia del sistema anterior –subrayando su fracaso- y el anuncio de un nuevo orden.

Las identidades populares de sus seguidores son constituidas en la explotación continua del conflicto sobre posiciones polares que menospreciaron los mecanismos formales., lo que supuso un verticalismo personalismo. En el mundo de post Guerra fría la dinámica conflictual de los llamados nuevos populismos fue signada por una identidad por escenificación. Menem, Berlusconi y Chávez escenificaron su papel de detractores de elites adversariales, utilizando intensivamente los medios de comunicación para dramatizar la confrontación y estereotipar el medio, y gobernando como democracias delegativas, en la que instituciones eran menos relevantes que la relación directa pueblo-líder. Lo anterior, aún cuando el rito electoral seguía teniendo un papel legitimador. Fujimori y más tarde el delfín chavista, Maduro, dilapidaron cualquier forma de competencia efectiva que amenazara su poder, deviniendo en autoritarismos competitivos con elecciones apenas como fachada coartada.

Los diversos proyectos que se han enfrentado a estos populismos –antipopulismos- han surgido desde el liberal conservadurismo, la socialdemocracia y la nueva izquierda entre otras.  Mientras algunas respuestas promovieron nuevos consensos y compromisos, otros postularon la tecnocracia “apolítica”, sin faltar la reacción autoritaria. La cadena de golpes de Estados del Cono Sur entre 1964 y 1976 fueron moldeadas en el anti comunismo de Guerra Fría (y contra la subversión), pero también buscaban eliminar toda discusión política que hiciera posible la demanda populista. El gobierno de Alfonsín, en cambio implicó una forma de anti-populismo de consensos, amalgamando los derechos políticos del liberalismo con los derechos sociales y económicos del progresismo sintetizado en el lema “con la democracia se come, se educa y se cura”. Una ampliación de expectativas que tenía un “sabor de boca” populista, aunque en clave de unidad.

Hoy Bolsonaro y Milei representan proyectos antipopulistas no idénticos, aunque inequívocamente de origen democrático, al recibir el respaldo mayoritario de las urnas. El primero. más nacionalista pretoriano, el segundo ultra liberal, y ambos partidarios de un globalismo occidentalista, aunque el brasileño comprometió seriamente su democratismo hacia el fin de su mandato. Sus discursos están pletóricos del “volver a empezar” populista, la pulsión refundacional que descarta completamente el pretérito inmediato, soñando con resucitar una mítica “Arcadia feliz”. Para Bolsonaro la dictadura militar brasileña (1964-1985), mientras Milei añora el período conservador (1880-1916) en el que, según él, Argentina era una potencia mundial, aunque en estricto rigor en la línea de las potencias de segundo orden (Godio y Mancuso, 2006), equiparable a Australia y Canadá de esa época. De esta manera, al igual que populismo con sus hitos épicos y sus utopías, el anti populismo recurre al relato legendario y a la conspiración que frustró dicho ideal, para apelar a las emociones. Como una caja de pandora que contiene al fondo la esperanza, la conjunción de mitos, complots en la retórica populista abre la puerta a todo tipo de fórmulas, estilizadas y monstruosas.

Como el populismo de otra época, este antipopulismo vive la confrontación con malos modales (Ostiguy, 2009), lanzando sus dardos tanto contra enemigos locales y mandatarios adversos cuando llega la hora de jugar “ligas” internacionales: Perón tuvo a Spruiller Braden, el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires en 1946, Chávez con antológicos rifirrafes con los Presidentes George W. Bush, Fox y sobretodo Uribe –con quien casi se va a las manos- y Milei, quien contiende con epítetos poco decorosos con varios jefes de Estado de la región. Este tipo de estilo político entiende la dimensión performativa de la pirotecnia verbal como parte de la “política espectáculo”, en tono dramático, simplificador, aunque bordando el escándalo, para asegurar atención mediática.

En estos casos la efectiva interdicción del populismo tiene algo de aparente que oculta algo más: una complementariedad en la que “opuesto” no sólo equivale a “contrario” sino que el complemento requerido en un relato de bien y mal sin matices, tal como se ve una imagen sobre un espejo, como piezas cuasi idénticas de un rompecabezas encajando en sus intersticios.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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