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Geopolítica de las proteínas Opinión Imagen: www.indap.gob.cl

Geopolítica de las proteínas

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Chile tiene cómo contarle al mundo el relato de un país pequeño en geografía, pero grande en visión, uno que entendió que las proteínas no son solo un tema nutricional, sino una de las claves del futuro económico, social y ambiental del planeta.


El crecimiento de países como Chile no puede entenderse solo desde la lógica de lo que ya producimos. En un mundo que cambia con velocidad, lo decisivo no es únicamente la oferta, sino la capacidad de leer las transformaciones de la demanda global y adaptarse a ellas con innovación. Hoy esa demanda se expresa con fuerza en algo tan escaso y valioso como las proteínas.

La humanidad vive una paradoja. Nunca hubo tanta conciencia sobre la necesidad de alimentarse de forma saludable y sostenible, y al mismo tiempo, nunca fue tan difícil producir proteínas suficientes sin devastar los ecosistemas. El aumento de la población, el cambio climático, la presión sobre suelos y agua, todo nos empuja a buscar nuevos caminos. Y ahí, Chile tiene una oportunidad que no debería dejar pasar.

Las fuentes tradicionales como carne de vacuno, pollo o cerdo, han llegado a su límite ambiental. Sus costos en agua, carbono y uso de suelo son demasiado altos para sostenerse en un planeta en emergencia climática. Las respuestas están emergiendo en múltiples direcciones, ya sea proteínas vegetales, marinas, de insectos, fúngicas e, incluso, carne cultivada en laboratorio. Y Chile, aunque pequeño en tamaño, está estratégicamente bien posicionado en varios de esos frentes.

En el sur del país se cultiva un lupino no transgénico, de altísimo valor biológico, que no requiere riego y mejora los suelos, una proteína vegetal que encaja con precisión en las exigencias de sostenibilidad y que podría convertirse en un producto estrella para la exportación de alimentos saludables.

A la vez, la investigación en bioconversión de algas está generando proteínas con propiedades probióticas y nutracéuticas, sin antibióticos ni aditivos, con aplicaciones que van más allá de la nutrición y alcanzan la salud preventiva. No se trata solo de comida, sino de biotecnología al servicio de una nueva industria.

También avanza el desarrollo de proteínas de insectos, un sector que crece a nivel mundial por su bajo impacto ambiental y alta eficiencia en el uso de recursos. Y aunque la sola idea aún provoque resistencias culturales, lo cierto es que el consumidor global, sobre todo el más joven, ya está dispuesto a experimentar en esa dirección.

Pero donde Chile ya tiene un liderazgo instalado es en la acuicultura, particularmente en la industria del salmón. El salmón chileno está presente en más de 100 mercados, consolidado como un producto de alta calidad y cada vez más sostenible. Comparado con la carne de vacuno, cerdo o pollo, el salmón requiere menos agua, menos tierra y genera menos emisiones de carbono. Su factor de conversión alimenticia es notable, 1,3 kilos de alimento por cada kilo ganado en masa corporal, frente a los 7,5 kilos que requiere el ganado bovino. Y casi un 70% de su biomasa es directamente comestible, mientras que en la carne vacuna apenas supera el 40%.

El salmón se consolida como una proteína eficiente, versátil y con una huella ambiental considerablemente más baja que sus competidores. Si a eso sumamos los avances tecnológicos en recirculación de agua, reducción del uso de antibióticos, automatización de procesos y certificaciones internacionales, resulta claro que el salmón no es solo un producto exitoso sino que también es parte de la solución global al desafío alimentario.

La región de Magallanes, con sus aguas frías y limpias, está llamada a ser protagonista de esta historia. Allí, la salmonicultura puede crecer con estándares de vanguardia, bajo estrictas regulaciones ambientales, convirtiéndose en un motor de desarrollo local y en una vitrina internacional del Chile que queremos proyectar. Un país moderno, innovador y comprometido con la sustentabilidad.

No se trata solo de diversificar proteínas, sino de producirlas con la tecnología adecuada. Extrusión, fermentación de precisión, bioconversión son piezas de un ecosistema en construcción. La automatización y la inteligencia artificial ya están permitiendo líneas de producción más eficientes, con mejor trazabilidad y menor margen de error humano.

El cambio no es solo en lo que comemos, sino en cómo lo producimos. Y ahí está la clave para que Chile no quede atrapado en la exportación simple de commodities, sino que dé el salto hacia una industria alimentaria sofisticada, con valor agregado, con ciencia y conocimiento en su ADN.

Pensar en proteínas es pensar en geopolítica. Los países que logren garantizar proteínas sostenibles para el mundo no solo generarán riqueza, también ganarán influencia y relevancia estratégica. Chile tiene la posibilidad de estar entre ellos, pero eso exige una política pública clara y decidida. Más apoyo a la investigación, mayor articulación entre universidades y empresas, más incentivos a la innovación tecnológica, todo ello junto a un marco regulatorio que combine exigencia ambiental con estabilidad para las inversiones.

No basta con celebrar que tenemos ventajas naturales. Lo que necesitamos es una estrategia de país. Una que entienda que la nueva riqueza ya no se mide solo en toneladas exportadas, sino en la capacidad de generar confianza en mercados cada vez más atentos a la trazabilidad, la huella ambiental y la ética de los procesos productivos.

Magallanes puede convertirse en la capital chilena de esta nueva geopolítica de las proteínas. Su entorno único, su potencial acuícola y su proyección hacia mercados internacionales la sitúan en una posición privilegiada. Pero esa oportunidad debe manejarse con cuidado. Con diálogo con las comunidades, con ciencia al servicio de la sustentabilidad, con innovación que reduzca impactos y con políticas que aseguren beneficios para la región, no solo para los grandes exportadores.

Chile tiene cómo contarle al mundo el relato de un país pequeño en geografía, pero grande en visión, uno que entendió que las proteínas no son solo un tema nutricional, sino una de las claves del futuro económico, social y ambiental del planeta. Si somos capaces de ver la demanda antes que otros, de innovar en las respuestas y de proyectar al mundo una oferta sostenible y confiable, entonces no solo creceremos. También ayudaremos a alimentar al planeta en un siglo en que esa tarea será más decisiva que nunca.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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