Opinión
Imagen: NASA
Artemis II y el estratégico regreso a la Luna
Artemis II nos recuerda que el espacio volvió a ser un terreno de competencia global. Y esta vez, a diferencia de 1972, el mundo no mira solo por nostalgia, porque sabe que lo que se decida en la Luna tendrá consecuencias muy concretas aquí, en la Tierra.
A pocas semanas de que la guerra en Ucrania cumpla cuatro años, en medio de la tensión diplomática entre Estados Unidos y sus aliados europeos, y con Venezuela saliendo del lente noticioso, el lanzamiento de la misión espacial Artemis II parece haber quedado en un segundo plano. Algo completamente injusto, tomando en cuenta que marca algo más que el regreso de astronautas a la órbita lunar. Se trata -oficialmente- del reinicio formal de la presencia humana en la Luna tras más de medio siglo.
Esta será la primera misión tripulada que viaje hacia la Luna desde el Apolo XVII, en diciembre de 1972. Aunque -a diferencia de aquella- esta no alunizará. Artemis II será el equivalente a lo que en el siglo pasado fue la misión Apolo X. Es decir, tendrá la crucial misión de probar en vuelo profundo todos los sistemas que permitirán volver a pisar la superficie lunar en la siguiente etapa del programa.
La misión, liderada por la NASA, transportará a cuatro astronautas: Reid Wiseman, comandante de la misión; Victor Glover, piloto; Christina Koch, especialista de misión; y Jeremy Hansen, astronauta de la Canadian Space Agency. No se trata de una tripulación cualquiera. Koch se convertirá en la primera mujer en viajar hacia la Luna; Glover, en el primer afroamericano en hacerlo; y Hansen, en el primer canadiense que abandona la órbita terrestre rumbo al satélite natural. El mensaje es evidente: la nueva exploración lunar busca ser más diversa, más internacional y, sobre todo, más política que en los años sesenta.
Artemis II consistirá en un vuelo de aproximadamente 10 días, durante los cuales la cápsula Orion realizará una trayectoria alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra a velocidades cercanas a los 39.000 km/h en la reentrada, poniendo a prueba su escudo térmico, sistemas de navegación, soporte vital y comunicaciones en el espacio profundo. No hay margen para el error: de su desempeño dependerán los ajustes finales de Artemis III, prevista para volver a alunizar astronautas -incluida la primera mujer en la superficie lunar- en un plazo de uno a dos años.
En este punto aparece un actor clave que suele quedar fuera del foco mediático: Europa. La European Space Agency participa directamente en el programa a través del Módulo de Servicio Europeo (ESM) de Orion, responsable de la propulsión, el suministro eléctrico, el control térmico y el oxígeno de la nave. Sin ese componente, construido por Airbus Defence and Space, la cápsula simplemente no podría operar. Y esa es una señal clara de que Artemis no es un proyecto estrictamente estadounidense, sino el núcleo de una arquitectura espacial occidental más amplia.
Pero la importancia de Artemis II no se agota en lo tecnológico. Su lanzamiento se produce en medio de una nueva carrera espacial, muy distinta a la de la Guerra Fría. Hoy no se trata solo de plantar banderas, sino de establecer presencia sostenida, normas, alianzas y control de recursos estratégicos. En Asia, China avanza con su programa lunar Chang’e y proyecta una base internacional en el polo sur lunar para la década de 2030, mientras India ya demostró su capacidad con el alunizaje exitoso de Chandrayaan-3 en 2023. Japón, Corea del Sur y Emiratos Árabes Unidos también han incrementado su actividad espacial, consolidando a Asia como una región central en la exploración más allá de la órbita terrestre.
En ese contexto, Artemis II funciona como una prueba de credibilidad. Si falla, no solo se retrasará Artemis III: se erosionará el liderazgo tecnológico y político de Estados Unidos y sus aliados en el espacio lunar. En cambio, si tiene éxito, consolidará una hoja de ruta que apuntará a algo mucho más ambicioso que un nuevo “momento Apolo”; estamos hablando de una presencia humana permanente en la Luna, como plataforma para misiones a Marte y como eje de poder estratégico en el siglo XXI.
Más de cincuenta años después del último astronauta que dejó huellas en el polvoriento suelo lunar, Artemis II recuerda que el espacio volvió a ser un terreno de competencia global. Y esta vez, a diferencia de 1972, el mundo no mira solo por nostalgia, porque sabe que lo que se decida en la Luna tendrá consecuencias muy concretas aquí, en la Tierra.
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