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Ciencia y niñez en el nuevo ciclo político Opinión

Ciencia y niñez en el nuevo ciclo político

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Chile ha demostrado, a lo largo de su historia, que es capaz de avanzar de manera decidida cuando pone a la niñez en el centro.


Chile se asoma a un nuevo ciclo político en un contexto global marcado por la incertidumbre, la fragmentación social y una creciente demanda por soluciones que sean a la vez efectivas, legítimas y sostenibles.

En este escenario, la ciencia, el conocimiento y la innovación no pueden ocupar un lugar periférico en la conversación pública: son una pieza central de cualquier proyecto país que aspire a mirar el futuro con responsabilidad.

Pocas áreas ilustran mejor esta urgencia que la niñez y la adolescencia. Evidencia nacional e internacional muestra que una proporción significativa de niños, niñas y adolescentes ha estado expuesta a experiencias adversas tempranas —violencia, abuso, negligencia, pobreza, migración forzada— con efectos que pueden extenderse a lo largo de toda la vida.

En Chile, un estudio basado en la encuesta CUIDA UC (2020) mostró que 88,9% de los adultos encuestados reportó al menos una experiencia adversa durante su infancia, y que 54,6% vivió cuatro o más.

A nivel internacional, los hallazgos sintetizados en un meta-análisis publicado en The Lancet Public Health demostraron que la exposición a múltiples experiencias adversas se asocia a un aumento sustantivo del riesgo de depresión, ansiedad, consumo problemático de sustancias y violencia interpersonal a lo largo del curso de vida, por lo que, más allá de lo ético, no intervenir tempranamente resulta completamente ineficiente desde el punto de vista económico.

Pero la ciencia también ha concluido que la adversidad no es destino. Existen trayectorias de resiliencia, y estas pueden ser fortalecidas cuando se identifican factores protectores —familiares, escolares y comunitarios— y se diseñan intervenciones basadas en evidencia, pertinentes a los contextos culturales y territoriales. De hecho, la investigación económica ha calculado que cada dólar invertido en desarrollo infantil temprano puede generar retornos sociales y financieros de entre siete y diez veces ese valor, superando ampliamente el impacto de intervenciones tardías (Heckman, 2013).

Por ello, los Centros de Interés Nacional convocados por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) representan una oportunidad estratégica para Chile. Los grandes desafíos sociales contemporáneos —como la adversidad infantil— son problemas complejos, que no pueden ser abordados desde una sola disciplina ni por un solo actor. Requieren enfoques interdisciplinarios, pero también una articulación intersectorial genuina, donde la academia trabaje de manera sostenida junto al Estado y la sociedad civil, integrando conocimiento científico, experiencia territorial y capacidad de implementación.

El recientemente adjudicado Centro de Investigación e Innovación en Niñez, Adolescencia, Resiliencia y Adversidad (IINARA), del cual formamos parte, es un ejemplo de esta lógica. Desde una aproximación interdisciplinaria —que integra neurociencia, salud pública, ciencias sociales y educación—, la instancia busca comprender en profundidad cómo la adversidad impacta el desarrollo infantil en Chile, identificando indicadores tempranos de riesgo y resiliencia, y co-construyendo intervenciones culturalmente pertinentes. Su trabajo se desarrolla en estrecha colaboración con el Ministerio de Educación, el Servicio de Protección Especializada y el sistema Chile Crece Más, apuntando precisamente a reducir la distancia histórica entre evidencia científica, política pública y acción territorial.

Chile ha demostrado, a lo largo de su historia, que es capaz de avanzar de manera decidida cuando pone a la niñez en el centro. Ejemplos elocuentes de esto son el programa Chile Crece Contigo, reconocido a nivel mundial, y la obra de Fernando Monckeberg, que cambió la historia de los niños y niñas de Chile.  

El nuevo ciclo político abre una ventana de oportunidad. Apostar por la ciencia aplicada a los grandes desafíos sociales —y por centros capaces de articular interdisciplina, Estado y sociedad civil— es una condición necesaria para construir políticas públicas más inteligentes y humanas, y que consideren el bienestar infantil como una inversión estratégica, sostenida en el tiempo y basada en conocimiento de frontera.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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