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Baquedano

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Baquedano terminó en el centro geográfico y emocional de un Chile que por un tiempo dejó de creer en su propia épica y que pareciera que hoy la vuelve a reivindicar.


Manuel Baquedano fue un destacado hijo del Chile del siglo XIX, país acostumbrado -para bien o para mal- a resolver sus encrucijadas por medio de sus uniformados. Un prototipo del militar profesional que hizo de la disciplina y la obediencia su proyecto de vida. El “general invicto”, etiqueta que el propio Ejército ha cultivado como símbolo, consolidó su fama en la Guerra del Pacífico, dirigiendo campañas decisivas como Tacna, Arica y la toma de Lima, que aseguraron la victoria chilena y la anexión de territorios que hasta hoy sustentan buena parte de nuestra riqueza minera, con los costos propios de una guerra: bajas peruanas, bolivianas y de los propios soldados chilenos enviados al desierto.

Baquedano, así, personifica el orgullo de haber hecho grande a Chile. Pero a la vez es símbolo de opresión para comunidades que discrepan de esta épica. La “Pacificación de la Araucanía”, ocupación militar del territorio mapuche, lo vincula, también, a hechos violentos. Así, el general condensa la contradicción de los albores de nuestra república, creando en su entorno una tensión que explica por qué su figura puede ser, al mismo tiempo, héroe para unos y villano para otros.

Como pocas veces, una estatua, la suya, obliga a preguntarnos quiénes somos, incómodamente para muchos, sobre qué tipo de patria queremos honrar cuando miramos hacia el monumento, o hacia el vacío que dejó su ausencia. En torno al monumento de Baquedano nos hemos reunido, especialmente quienes fuimos su vecino, para celebrar los triunfos y alegrías patrias. Familias ovacionando al Colo Colo campeón de la Libertadores; hinchas gritando eufóricos con camisetas rojas las dos Copa América; miles de jóvenes celebrando la Fiesta de Resurrección de
Semana Santa, y cada evento que requiriera júbilo. Pero a la vez se convirtió en uno de los principales blancos de rabia, grafitis y fuego durante el estallido social que destruyó no solo nuestras ciudades sino la convivencia nacional.

Casi un siglo después, esa estatua emplazada en la antigua Plaza Italia, que significó que miles de personas, desde distintos rincones del país, pusieron dinero de su bolsillo para levantar en el corazón de la capital la imagen de un militar al que sentían como héroe propio, motivó también multitudes reclamando por pensiones, abusos y desigualdades. El bronce no era el culpable, sino el símbolo de que el país que lo rodea cambió, pero que, pocos años después, volvió a cambiar. Baquedano terminó en el centro geográfico y emocional de un Chile que por un tiempo dejó de creer en su propia épica y que pareciera que hoy la vuelve a reivindicar.

Hoy son pocos, muy pocos, los que discuten que su estatua deba volver a su plaza. Jaime Bellolio, alcalde de Providencia, califica -con razón- su retorno como una restitución democrática. Muchos esperamos que ocurra antes del fin del gobierno de Gabriel Boric. La generación que llegó al poder gracias al estallido social simbólicamente debe demostrar haber aprendido la lección que la historia no se construye desde el relato inmediatista y la consigna, sino desde los hechos y la realidad. La generación política del octubrismo, la del Perro Matapacos, aún le debe una explicación no solo al General Baquedano, sino a Chile entero. Y la reivindicación de su estatua sería un buen comienzo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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