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Chile en una coyuntura estratégica Opinión

Chile en una coyuntura estratégica

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Guido Larson
Por : Guido Larson Académico Facultad de Gobierno Universidad del Desarrollo
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La volatilidad del escenario internacional es demasiado importante como para subsumir nuestras relaciones internacionales a disputas locales, cálculos electorales o número de impresiones en las redes sociales.  


El enorme desafío que deberá enfrentar el gobierno entrante del presidente Kast, supone reconocer inicialmente algunas cosas. Primero, estamos en un escenario de modificación estructural del sistema internacional, donde los marcos de referencia que han servido para hacer sentido al mundo durante ochenta años han comenzado a evaporarse, y donde parece requerirse un marco conceptual, político y diplomático contemporáneo que oriente las decisiones futuras del Estado. Es un error pensar que la política internacional debe seguir gestionándose de la misma manera que en el pasado. 

Segundo, la transformación estructural tiene una característica de primer orden: la competencia sino-estadounidense en las más distintas esferas del poder. Esto significa que los eventos internacionales sobre los cuales no tenemos control y aquellas decisiones de estado sobre las que hay una toma de decisión voluntaria, exigen una lectura bajo el prisma de su efecto en esta competencia global. Desde la perspectiva chilena, esto parece requerir un marco epistémico que no subestime las decisiones de política exterior, por inocuas que pudieran parecer. En el mismo sentido, supone perfeccionar las instancias de coordinación inter-ministerial, particularmente con aquellos ministerios técnicos que debieran integrar a la cadena de sus procesos algún tipo cedazo geopolítico. 

Tercero, el reconocimiento de que Chile es, en el contexto político mundial, un país de alcance limitado y de capacidad de incidencia menor,  no debiera tomarse como una afrenta sobre abstracciones como el orgullo nacional o el honor patriótico. Es más bien una necesaria dosis de realidad. La política exterior se desarrolla en contextos asociados a cómo las cosas son, no cómo debieran ser, ni menos cómo nos gustarían que fueran. Y eso exige necesariamente un ejercicio de balance. No parece posible – al menos por ahora – disociarse por entero de la productiva relación bilateral con China, nuestro principal socio comercial y receptor de cerca del 40% de nuestras exportaciones; aun cuando la epidermis trumpista parezca excesivamente sensible a la profundización de la relación con Beijing en ciertas dimensiones específicas. Por otro lado, tampoco parece posible para un país como el nuestro, hacer frente a las consecuencias (fundamentalmente económicas) que trae consigo alienar al presidente estadounidense. 

¿Cómo navegar entonces este escenario? Desde luego, con la captura de mucha información y análisis. ¿Tenemos claras cuáles son las dimensiones de la política exterior que problematizan nuestra relación con EEUU? ¿Hemos realizado el ejercicio con datos empíricos, con números y con proyecciones de costos? (¿cuál es el efecto económico esperado si somos removidos del programa del Visa Weiver por ejemplo?); ¿cuál es la tasa de tolerancia de China frente a tácticas dilatorias o frente a señales de inclinación pro-estadounidense? ¿Quiénes debieran ser nuestros representantes en Washington y en Beijing y qué competencias y objetivos se esperan de ellos? 

Esta última pregunta alude a algo reiterado pero sobre lo que cabe insistir. La política exterior es una política de Estado. Haría bien que nuestros políticos pusieran en práctica lo anterior. La volatilidad del escenario internacional es demasiado importante como para subsumir nuestras relaciones internacionales a disputas locales, cálculos electorales o número de impresiones en las redes sociales.  

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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