Opinión
México: algo más que un Estado fallido
Tras la caída del líder de Guadalajara, surgen nuevas entidades: Sinaloa, Juárez y Tijuana, las cuales comenzaron a disputarse los territorios y expandir sus actividades por gran parte de México.
Hablar de México es pensar sobre un lugar único y particular donde ocurren fenómenos cuyos efectos son impensables en otras latitudes del globo. Posee una historia milenaria con hitos dignos de admirar y repensar, pero también de cuestionar y reflexionar. La Revolución Mexicana, por ejemplo, ha sido uno de los sucesos que más reflexión académica ha generado dada la particularidad de su origen y desarrollo, así como también la ininterrumpida gobernanza del PRI durante 71 años (1929-2000) llamada por Mario Vargas Llosa como “la dictadura perfecta”. Cuesta pensar en un país tan maravilloso y aciago a la vez, con una economía y riqueza cultural de primera, pero con una violencia, corrupción y crimen organizado a la orden del día.
Catalogar a México como un Estado fallido es una cuestión más bien etimológica o discursiva, dado que lo que sucede en dicho país es profundamente complejo de abordar. Un Estado que ha perdido el 30%-35% del control del territorio, pero donde sus instituciones siguen funcionando, la economía persiste como la cuarta más grande de América, hay elecciones (cuestionables, claro), pero donde las policías están corrompidas y el narco funciona como un Estado paralelo.
Lo sucedido el 22/02 con la captura y muerte de Nemesio Oseguera, el Mencho, fue un capítulo más del panorama mexicano donde cada cierto tiempo las autoridades cortan la cabeza de algún cartel para demostrar cierta soberanía y poder. Así sucedió en 2003 con Osiel Cárdenas del Cártel del Golfo, suceso que tiene directa relación con el surgimiento del CJNG, y en 2016 con Joaquín Guzmán, líder del Cártel de Sinaloa, hecho que permitió el crecimiento del Cártel Jalisco Nueva Generación. Y si bien la historia de los cárteles en México es un fenómeno complejo, existen ciclos repetitivos que van reformando el mapa “geo-criminal”. Cae un líder o cártel, y las facciones internas y externas disputan violentamente ese territorio; se consolidan, hay “paz”, se forman alianzas hasta que nuevamente cae un capo y se repite el ciclo.
Esto sin alguna intervención sustantiva por parte del Estado y sus fuerzas. Y precisamente aquello es lo peligroso del panorama: la inacción e incluso algo de apatía política mezclada con cinismo por parte de las autoridades, donde se minimiza el impacto que provoca el crimen organizado en la cotidianeidad social. Ello va normalizando los secuestros, asesinatos y el dinero ilícito como parte de una sociedad. Por ejemplo, el primer Cártel fue el de Guadalajara (1978), precisamente en Jalisco y con una alianza implícita del Estado administrado por el PRI, quien no buscaba eliminar el narcotráfico sino “administrarlo”. A diferencia de lo sucedido en Colombia, el narcotráfico era parte extraoficial del sistema político, y allí la razón de porqué su crecimiento fue exponencial.
Tras la caída del líder de Guadalajara, surgen nuevas entidades: Sinaloa, Juárez y Tijuana, las cuales comenzaron a disputarse los territorios y expandir sus actividades por gran parte de México. Y así ha sido la tónica hasta el día de hoy, por lo que la caída del Mencho no viene a representar algún atisbo de esperanza. Al menos no hasta que exista un importante espacio de reflexión, acción y trabajo con las comunidades, municipios, policías y sobre todo Estados Unidos, el principal mercado del narco mexicano. Pues sin demanda, o control de esta, no hay oferta. Y pese a ser una empresa colosal, es primordial que los Estados recuperen su rol como garantes del orden y control del territorio.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.