Opinión
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Socialismo III: el proceso de cambios
Este proceso es lo que he llamado el desmonte del neoliberalismo, pero para ser más exacto debe ser necesariamente un movimiento doble: desmonte y reemplazo.
Toda la tradición socialista estuvo atravesada durante el siglo XX por la tensión entre “reforma y revolución”. Hoy se trata de una tensión anacrónica. Y lo es por ambos lados de la ecuación. Es claro que el paradigma de la revolución, al menos como fuera entendido durante la segunda mitad del siglo XIX y todo el siglo XX, está agotado.
También es cierto que la reforma, en el sentido de “humanizar” el capitalismo, buscando capturar lo que “chorrea” para transformarlo en política focalizada de bienestar, ha terminado subordinando la sociedad completa a la ganancia de un puñado de oligarcas, transfiriéndoles de manera sistemática crecientes porciones de riqueza socialmente producida. El resultado de este intento de convivencia no ha sido otro que el aumento sostenido de la tasa de explotación y, por tanto, de la concentración de la riqueza.
He defendido la articulación necesaria entre democracia y socialismo, pero también es cierto que todos los intentos de construir socialismo por la vía democrática han sido derrocados militarmente por las oligarquías nacionales. Lo sabemos bien en Chile: un socialismo con sabor a vino tinto y empanada, que buscó ser construido no solo en el marco de la democracia, sino que en una República en Estado de Derecho, como el mismo Allende comentara orgulloso en el histórico discurso ante la Asamblea General de la ONU en 1972, terminó derrocado por un golpe de Estado impulsado por la oligarquía nacional.
Otra cuestión común que tienen esos proyectos socialistas democráticos que ha dificultado su éxito, es que no lograron hasta ahora constituirse en mayorías sociales y culturales. Que haya sido así también se explica, en parte, por la idea leninista de la vanguardia que estructuró ideológicamente sus conducciones políticas: la clase trabajadora en la sociedad y el partido dentro de la clase trabajadora. Esa idea también fracasó.
Podría decirse que es una ingenuidad pensar en construir una mayoría social que empuje un proceso de transformación social de carácter socialista. Pero no lo es en absoluto. Primero, porque la existencia de mayorías sociales que defienden proyectos políticos ocurre todo el tiempo. El orden político social dominante, el neoliberalismo que hoy tambalea, se sostuvo mucho tiempo en esas mayorías. Esto es, precisamente, lo que está detrás de toda la larga y fundamental reflexión sobre la hegemonía.
Pero además no es en absoluto ingenuo, pues mayorías sociales que respalden procesos de cambio han existido en múltiples ocasiones. Un buen ejemplo es el caso boliviano, que permitió una transformación radical de su sociedad, revolucionando las jerarquías tradicionales y permitiendo a la población indígena participar de manera más igualitaria en el reparto de la riqueza social y del poder político. Las reflexiones de Álvaro García Linera sobre cómo el golpe de estado que puso fin al proceso se relaciona justamente con la pérdida de esas mayorías y las dificultades que tuvieron con la adhesión de la clase media hacia el final del período, son muy elocuentes en este sentido.
Reforma y revolución, en su forma tradicional, entonces, son categorías anacrónicas para pensar la construcción del socialismo del siglo XXI, socialismo que debe estar ubicado en ese espacio que entre la idea comunista, que adhiere a la larga tradición de los socialismos reales, y la socialdemocracia de la tercera vía, que creyó posible un pacto progresista entre el capitalismo y la democracia.
Lo central, por tanto, es pensar el proceso de cambios hacia el socialismo en los tiempos que corren por fuera de esa matriz algo maniquea, con el objetivo de hacer de este proceso uno que logre constituir una mayoría social y cultural. Para eso, deben asumirse tres presupuestos fundamentales: (i) hoy este proyecto no es mayoritario en términos de su adhesión; (ii) no hay ningún grupo social que esté estructuralmente -mucho menos ontológicamente- determinado a adherir al proyecto socialista; (iii) el contenido de este proyecto sí se relaciona con una forma de encausar una mejor vida a la gran mayoría social que sí está estructuralmente forzada a vivir en una condición de precariedad en el capitalismo actual. Por tanto, el desafío del proyecto socialista es, entendiendo que no hay nadie ganado a priori, buscar convencer políticamente a todos los grupos que comparten la condición precaria de vida, de que hay un proyecto que puede representarlos para precisamente superar esa condición, buscando así constituir un proyecto de mayorías.
Parte del desafío tiene que ver con que lo anterior se da en un contexto marcado por el aumento de la precariedad (intensificación del trabajo, endeudamiento, falta de tiempo) y la dificultad que esa misma precariedad genera para poder adherir a un horizonte alternativo. El resultado es lo que Kathya Araujo llama el “circuito del desapego” y que nos enfrenta a un panorama paradójico: como nunca las personas están enojadas por las consecuencias de la liberalización económica global, pero esa indignación no parece tener dirección, como si no hubiera otra alternativa más allá.
La construcción del socialismo debe ser entonces el desarrollo de un proceso de cambios basado en la construcción de mayorías sociales. Esto no solo a través de la vía discursiva -como el populismo de Laclau-, sino que principalmente una vía material. Es decir, no se trata meramente de ofrecer un horizonte deseable, sino de construir un camino que se entienda como plausible y genere un convencimiento práctico, permitiendo (i) incorporar de manera exponencial a franjas amplias de la sociedad —quienes comparten hoy la condición de vida precaria—, (ii) facilitar la constitución de organizaciones sociales autónomas con capacidad de incidencia política y social; y (iii) pensar el cambio social desde una perspectiva acumulativa, es decir, cada avance, en la medida en que genera convencimiento práctico —y con ello, político—, facilita un cambio cada vez mayor, pues la incorporación de la sociedad y de los sectores organizados cambia las correlaciones de fuerza social ante un bloque oligárquico que, en lo fundamental, actúa de manera altamente cohesionada para frenar todo tipo de cambio de carácter redistributivo, basado principalmente en una defensa irrestricta de la propiedad privada.
Este proceso es lo que he llamado el desmonte del neoliberalismo, pero para ser más exacto debe ser necesariamente un movimiento doble: desmonte y reemplazo. Es un proceso que mira al futuro, no que busca restaurar nostálgicamente algún tipo de época dorada. La reforma aquí no se orienta simplemente a “humanizar las condiciones” en su ámbito específico, sino que se orienta a reemplazar el ámbito desmontado por uno basado en principios socialistas y que permite, prácticamente, no solo vivir mejor, sino también mostrar que la idea actual de que “no hay alternativa” es completamente falsa. Cada cambio de estas características que se logra inflige un daño estructural al orden social neoliberal, pues interrumpe sus procesos normales de reproducción y legitimidad social, fracturando el elemento fundamental que mantiene el orden social: su naturalización o la idea de que las cosas no pueden ser de otro modo.
Con lo anterior, no solo se avanza en mejores condiciones de vida, sino que también se recupera la capacidad de pensar colectivamente el futuro y recobrar la esperanza. Se presenta así un camino para hacer del proyecto socialista un proyecto de mayorías sociales y culturales.
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