¿Tanto importa Kant?
Kant enseña algo simple y exigente: no hay atajos. Ni por invocación, ni por abstracción, ni por decreto. Pensar cuesta. También hacer política sin excluir. Y, justamente por eso, importa.
La pregunta vuelve. Tras una columna reciente han reaccionado políticos y académicos de derecha e izquierda. La señal es alentadora: Kant importa.
Menos alentador: se lo conoce poco. Aun así, bienvenido el movimiento.
I. Desde la derecha, Kant “importa”.
Primero, una salvedad. Se ha invocado al fallecido Schwember, como si eso resolviera algo. A Schwember le tuve aprecio, pero su manejo del Kant decisivo —el teórico— fue más bien incipiente.
Segundo, se afirma que Kant sería ajeno a lo nacional. Es un error. Kant sospecha de un Estado universal: dadas las diferencias de lengua, religión y costumbres, tendería al despotismo o a la anarquía. La forma estatal descansa en una comunidad histórica: lengua, creencias, hábitos de juicio, “sentido común”—. Nada de esto es antikantiano; es condición de una legalidad no abstracta.
Tercero, se habla de una supuesta “contradicción” entre individuo y pueblo. En uso privado de la razón, las tropas de Federico el Grande actuaban debidamente. En el uso público es posible la discrepancia. Y debe serlo. En política, la coherencia lógica completa no es un ideal. No se trata de eliminar oposiciones, sino de gobernarlas. Quien exige coherencia total termina en intolerancia.
Cuarto, la igual dignidad de todos —núcleo kantiano— incomoda a cierta derecha economicista, que suele omitirla, por ignorancia o conveniencia. Se abre así una tensión entre dignidad humana y reducción del trabajo a mero “valor de cambio”. El kantismo no la elimina: la vuelve ineludible.
II. Desde la izquierda, Kant importa, pero también se lo conoce poco. Un columnista —más bien bloguista— confundió crítica con exclusión. No advirtió que mi objeción se dirigía a un colega suyo —adoctrinador de efebos— que, en clave pseudo-pedagógica, decreta que el reconocimiento de que se ha alcanzado “en alguna cuestión” el punto en el cual “sólo puede decirse ‘esa es su opinión, yo tengo la mía’ es una posición inaceptable” (ver la página 30 en este documento). Ese gesto —no refutar, sino cerrar— es precisamente lo que Kant combate: sustituir el uso público de la razón por un decreto disparado en medio de la discusión que se blinda y, al blindarse, deja de ser racional.
Como han señalado Habermas y Frank, la deliberación exige aceptar al otro, incluso si es incómodo o poco convincente, y aunque no logremos convencerlo.
¿Importa Kant? Sí. Y mucho. Lo revela incluso el interés suscitado en nuestro medio. Destacan las intervenciones de Truffello (en La Segunda), varios pisos por encima de Martner y Miranda.
Kant importa, primero, porque obliga a cambiar nombres por razones: del apellido al argumento. Importa, luego, porque distingue entre universal abstracto y realizable; y muestra que lo segundo requiere formas históricas concretas, no un Estado mundial de laboratorio.
Importa, además, porque enseña a pensar tensiones sin convertirlas en contradicciones insolubles; a gobernar conflictos, no a negarlos con geometría moral. Importa, también, porque fija un límite: la dignidad no es un precio. Toda economía que lo olvida se desfigura. E importa, finalmente, porque prohíbe clausurar la discusión.
Kant enseña algo simple y exigente: no hay atajos. Ni por invocación, ni por abstracción, ni por decreto. Pensar cuesta. También hacer política sin excluir. Y, justamente por eso, importa.
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