Opinión
Créditos: El Mostrador.
Startuplab 01: Infraestructura, ciencia y la voluntad de dar el salto
La inauguración de Startuplab 01 por parte del presidente de la República es mucho más que un hito arquitectónico o una buena fotografía institucional. Es una decisión política que revela una pregunta de fondo ¿está Chile dispuesto a tomarse en serio la innovación como motor de desarrollo, o seguirá administrando el estancamiento con gestos aislados?
Con frecuencia, desde la opinión pública se critica la inversión en infraestructura asociada a innovación y emprendimiento, “otro edificio más”, “ladrillos sin impacto”. Pero ese argumento omite lo esencial. Ningún país que haya logrado transitar hacia el desarrollo lo ha hecho sin invertir en infraestructura estratégica para la innovación. La diferencia no está en el edificio, sino en la voluntad política de gestionarlo con ambición, dotarlo de gobernanza, recursos, continuidad y una misión clara orientada a resolver problemas reales del país.
Chile ya conoce este camino. El Centro de Innovación UC Anacleto Angelini demuestra que, cuando existe visión de largo plazo, estos espacios se convierten en nodos reales de articulación entre ciencia, empresas, emprendedores y sector público. Durante más de una década ha sido plataforma para miles de emprendedores, cientos de empresas y múltiples proyectos tecnológicos con impacto económico y social. No fue un resultado espontáneo, sino que fue el fruto de una apuesta sostenida, coherente y protegida de la lógica del corto plazo.
Startup Labs 01 puede, y debe, aspirar a lo mismo. Pero eso exige entender que la política de innovación no se juega en inauguraciones, sino en lo que ocurre después. En la continuidad presupuestaria, en reglas claras, en incentivos alineados y en la capacidad del Estado de sostener estos esfuerzos más allá de un gobierno.
La discusión de fondo es ineludible. Si Chile pretende salir del subdesarrollo, la ciencia de excelencia que se produce en universidades y centros de investigación debe impactar directamente en la productividad de sus industrias. No como consigna, sino como política pública explícita. La ciencia desconectada del aparato productivo no transforma países; y la innovación sin base científica solo produce soluciones frágiles, de corto alcance.
Para que ese tránsito ocurra se requieren espacios de encuentro, sí, pero también decisiones políticas claras. La innovación no florece al ritmo electoral. Requiere políticas de Estado, continuidad institucional y la valentía de corregir modelos cuando no están funcionando.
Chile aún está a tiempo de elegir. Apostar por ciencia con impacto, por innovación productiva y por espacios que articulen esa conexión no es un lujo, es más bien una condición mínima para el desarrollo. Lo contrario es resignarse a seguir creciendo poco, exportando materias primas y desperdiciando talento. De la mano de la ciencia, Chile puede dar el salto.
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