Opinión
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La realidad de la transición a las energías limpias
Se suele destacar el acelerado crecimiento que ha tenido la generación eólica y solar en las últimas décadas, tanto en Chile como en el mundo. Sin embargo, se omite señalar que el consumo mundial de energía sigue proviniendo principalmente de fuentes fósiles —carbón, gas y petróleo—, y que la transición hacia energías renovables no constituye un fin en sí mismo, sino que cobra sentido en la medida que contribuya a estabilizar la temperatura de la Tierra.
En la generación de electricidad, los datos confirman que la generación eólica y solar del conjunto de los países ha crecido sustancialmente. Respecto de 2010, la generación eólica se ha septuplicado y la solar se ha multiplicado por sesenta y dos; pero, con todo, la suma de la generación proveniente de todas las fuentes renovables representa un 33% de la generación mundial de electricidad, apenas la mitad de la de origen fósil.
En el contexto del consumo energético global, que además de la generación de electricidad incluye a la energía usada en el transporte, la calefacción y la industria, el total de la energía proveniente de fuentes renovables representa un 8% y un exiguo 3% si se considera exclusivamente la energía eólica y solar. Quizás más relevante es que el consumo de energía fósil continúa en aumento y representa más del 80% del consumo global, un porcentaje muy similar al de 2010.
Por su parte, las emisiones de CO2 han crecido un 16% respecto de 2010, principalmente a causa de la industrialización de China y la India basada en el uso de combustibles fósiles, que, en conjunto, respecto de ese año, han incrementado un 43% sus emisiones. Ambos países suman cerca del 40% de las emisiones globales y, sin su participación, cualquier transición hacia fuentes que no emitan CO2 en el resto de los países pierde sentido.
En los hechos, la transición energética no está ocurriendo con la velocidad ni la profundidad requeridas, y el aumento de la temperatura será inevitable. Según la revista Nature, se espera que incluso en los escenarios más optimistas, lo más probable es que la anomalía en la temperatura sobrepase los 1,5°C en los siguientes cinco años y que supere los 2°C en algún momento dentro de los próximos 25 años.
Sin embargo, en Chile la prioridad sigue siendo la transición a las fuentes eólicas y solares, a pesar de que hoy su tasa de penetración ya es similar a la de los países más ricos de Europa, en torno al 40%. Esto ocurre pese a que la economía de un sistema eléctrico basado exclusivamente en estas tecnologías es dudosa y a que, tras los apagones ocurridos en Chile y en España en 2025, han surgido cuestionamientos respecto de su impacto en la estabilidad del sistema eléctrico.
En lo concreto, el país no está preparado para enfrentar los impactos del cambio climático: incendios forestales, sequías, cambios bruscos en la temperatura y disponibilidad de agua. En particular, el sector eléctrico tampoco lo está, como quedó en evidencia durante los eventos climáticos de agosto de 2024 que dejaron sin electricidad a gran parte de la población del Gran Santiago y en el apagón de febrero de 2025.
Así las cosas, aún quedan tareas urgentes pendientes en el sector eléctrico. Se requieren metas concretas para la adaptación al cambio climático, especialmente en lo que respecta a la resiliencia de las redes eléctricas. Las normas obsoletas deben poder modificarse con prontitud, y el más indicado para hacerlo es el Coordinador Eléctrico Nacional, responsable de operar el sistema; actualmente, debe esperar a que la Comisión Nacional de Energía lo haga. Asimismo, debe existir un monitoreo de la competencia capaz de supervisar al propio Coordinador. Por último, es necesario poner fin a los subsidios a la generación renovable presentes en los costos de transmisión y en los mecanismos de estabilización de los precios de la energía.
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