Opinión
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No demonizar la tecnología: educar para un uso saludable del smartphone en niños y adolescentes
Por años, como pediatra, he escuchado una preocupación recurrente de madres, padres y educadores: “los smartphones están dañando a nuestros niños”. Entiendo el temor. Las pantallas llegaron rápido, sin manual de instrucciones, y muchas veces irrumpieron en la vida familiar y escolar sin una guía clara. Sin embargo, reducir el debate a una demonización del smartphone es un error que nos impide abordar lo verdaderamente importante: cómo educamos a niños y adolescentes en un uso sano, consciente y formativo de la tecnología.
Es fundamental hacer una distinción clara. Los niños pequeños no deben estar expuestos a pantallas de manera temprana ni prolongada. Durante los primeros años de vida, el desarrollo neurológico, emocional y social depende del juego físico, la exploración del entorno y la interacción directa con otros seres humanos. En esta etapa, ninguna aplicación puede reemplazar una conversación, un abrazo o un juego compartido.
Sin embargo, en el Día Mundial de la Educación, el smartphone puede transformarse en una herramienta educativa poderosa, especialmente en adolescentes y estudiantes en etapa escolar, con supervisión activa. Hoy existen recursos digitales que permiten reforzar contenidos, acceder a información de calidad, desarrollar habilidades digitales, fomentar el pensamiento crítico y acompañar distintos estilos de aprendizaje. Utilizado con criterio, el teléfono inteligente puede ser un aliado —no un enemigo— del proceso educativo.
El problema no es la tecnología en sí, sino la ausencia de educación digital. Enseñar a los adolescentes a gestionar tiempos de uso, a diferenciar contenido confiable de desinformación, a respetar espacios de desconexión y a comprender el impacto emocional de las redes sociales es tan importante como enseñar matemáticas o lenguaje. El smartphone no debería ser un sustituto del aprendizaje, sino un complemento bien utilizado.
Eso sí, hay un punto que no podemos relativizar: la interacción humana sigue siendo insustituible. Ninguna pantalla puede reemplazar la conversación cara a cara, el trabajo colaborativo, el vínculo con pares y adultos significativos. La tecnología debe integrarse a la vida de niños y adolescentes sin desplazar lo esencial: la experiencia humana, emocional y social.
Como pediatra, mi llamado no es a prohibir sin reflexión ni a permitir sin límites. Es a acompañar, educar y supervisar. A entender que vivimos en un mundo digital y que preparar a nuestros niños para habitarlo de forma sana y responsable es parte de nuestro rol como adultos.
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