Homenaje y despedida al escritor Sergio Gómez
En los años 80 estudió en la Universidad de Concepción, en plena dictadura. En los 90 causó polémica al publicar la antología McOndo (1996) junto a Alberto Fuguet, y luego se hizo un nombre como autor de la saga policial Quique Hache.
Un escritor muere. Algunos diarios publican la noticia, reseñan sus obras, sus premios, en artículos de distintas extensiones.
Pero un escritor es mucho más que un artista que muere, cuya obra y galardones se recuerdan en un diario, en medio de miles de noticias.
Al menos es así para los que lo conocieron, como fue el caso de Sergio Gómez, cuya muerte fue anunciada el lunes pasado. Para sus familiares, para sus amores, para sus amigos. Para los que lo compartieron con él en la Universidad de Concepción, donde estudió Derecho y luego Castellano, allá, en los tumultuosos años 80 de la dictadura, como el poeta Thomas Harris.
También para sus alumnos en los talleres literarios del suplemento juvenil Zona de Contacto del diario El Mercurio, a mediados de los años 90: el periodista musical Sergio Cancino, el dramaturgo Marcelo Leonart, la escritora María José Viera-Gallo, por nombrar algunos.
O para sus miles de lectores de la saga policial de Quique Hache.
Era “un personaje siempre como bajo perfil, no andaba robando cámaras, un tipo muy piola, muy piola, y eso es difícil de encontrar en tipos con su talento”, comenta el escritor Felipe Ossandón, alumno suyo en la Zona.
“Sus cuentos y novelas son el centro, donde está el registro de la atmósfera del Chile de los tiempos de la dictadura y la transición. Merecen una atenta relectura. Su obra, en este ámbito, tiene el mérito (re)crear para la ficción espacios provincianos poco comunes en la narrativa nacional”, destaca Óscar Lermanda, hoy director de la editorial de la Universidad de Concepción.
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Estudio en Concepción
Hijo de padres normalistas, Sergio era el mayor de cuatro hermanos, tres varones y una mujer. Desde niño tuvo una pasión por la lectura, algo “innato”, según cree su hermano Mario.
Él recuerda que cuando eran niños “dormíamos todos en una pieza grande” y de noche le costaba dormir porque Sergio mantenía la luz encendida para poder leer.
“Lo retaba para que apagara la luz, para poder dormir. Él colocó para otro lado su cama y le puso un cerco de arpillera, y así la luz se concentraba solo en el espacio de su cama. Así yo podía dormir y él leer. Empezó leyendo mucha ciencia ficción, de ovnis. Más de alguna vez dijo que esta lectura era ‘un amor culpable'”, recuerda.
En los 80, Gómez se fue a Concepción a estudiar Derecho. En esa época se conocieron con el poeta Harris, aún cuando este ya había egresado. Se veían después en el Instituto de Lenguas, cuando Sergio se cambió a Pedagogía en Castellano y Harris entró a estudiar al Magíster en Literaturas Hispánicas.
“Entonces escribía poesía y era uno de las figuras más activas de la escena literaria local”, recuerda el profesor y poeta Egor Mardones.
Lermanda lo conoció a mediados de 1982 en la biblioteca de la Facultad de Humanidades y Arte, cuando estaba en vías de cambiarse de la carrera de Derecho a Español, como se llamaba la carrera.
Y confirma que, en sus inicios, Gómez escribió poesía, como era la tradición de esa carrera. Aún allí estudiaban en los cursos superiores poetas como Nicolás Miquea, Harris, Carlos Decap o Mardones. Y antiguamente habían pasado por allí creadores Gonzalo Millán, Jaime Quezada, entre otros, cuenta Lermanda, hoy director de la editorial de la Universidad de Concepción.
“Por esos años tuvimos muchos amigos, entre alumnos y profesores en común, como Óscar Lermanda, Juan Zapata y Marta Contreras. Hicimos lecturas y encuentros juntos”, recuerda Harris.
Incluso participaron en algunos números de la revista Posdata, que Harris dirigía con Juan Zapata.
“Lo suyo siempre fue la escritura, en principio poesía, posteriormente narrativa y la actividad poética en encuentros y talleres”, recuerda.

Sergio Gómez en Licanray. Gentileza de la familia.
Proyecto poético
Gómez tenía un proyecto poético casi mítico por su envergadura y dimensiones tanto literarias, gráficas y teóricas. Se llamaba “Foundation”.
Era de carácter textual pero también gráfico, con imágenes e ideogramas. Tenía una estética muy ligada al simbolismo inglés y al simultaneísmo, sobre todo a T. S. Elliot, pero sobre todo a Ezra Pound.
“Publicó una selección de esos textos en la revista Posdata que por esos años publicábamos, creo que por el año 87. Nunca conocí el original completo del libro porque no lo mostraba así como así”, explica Harris. Ese libro nunca lo publicó.
“Era una poesía urbana y vanguardista, que ya preficuraba su crítica que desarrolló en McOndo, con Fuguet sobre todo, por una poesía y después una narrativa más urbana y centrada en tópicos ya de la llamada generación X u algo posmodernos, pero sobre todo urbanos y pop”.
Para Harris, la obra que mejor lo retrata es la novela “Vidas ejemplares” (1994), centrada en la imaginaria Ciudad Deportiva, “pero es evidente, para quienes vivimos allá y le conocimos, que se trata de Concepción”.
Más adelante, en una revista que Harris editó con Alexis Figueroa, la “Tantalia”, que tuvo un solo número, ya en 1988, Gómez editó un cuento que después salió en “Adiós, Carlos Marx, nos vemos en el cielo” (1992).
Era “una narrativa que se jugaba por transgredir y mezclar géneros, como la ficción y la crónica, por ejemplo musical, rockera y también cinematográfica.
El cuento que publicó en “Tantalia” fue el texto sobre “Sid Vicius y Nancy la Nauseabunda”, que después apareció en “Adiós Carlos Marx…” “Era una literatura bien transgresora literariamente, pop y rockera, cronística y cinematográfica, pero también urbana y contextual de los tiempos que vivíamos”, dice Harris.
Los rebeldes
Aquí hay mucho hilo para cortar y entender al Sergio Gómez que vendría después. Es que Lermanda cuenta que en los grupos literarios -Sergio Gómez estuvo en varios- les interesaba reflexionar sobre el desarrollo de la novela, en especial sobre la narrativa escrita en español.
“Revisando la tradición chilena, nuestra crítica era feroz y un tanto arrogante. Concluíamos que era muy menor, de un realismo pobre y antiguo, muy falto de imaginación. Salvo casos excepcionales como el (Antonio) Skármeta de ‘El ciclista de San Cristóbal’ o el (José) Donoso de sus primeros cuentos y de ‘El jardín de al lado'”.
En esa época pensaban que en Chile había que escribir narrativa, que era un desafío interesante escribir sobre temas y personajes propios de la vida urbana contemporánea.
Admiraban a Huidobro, Lihn, Maqueira, Lira, el primer Parra de Poemas y antipoemas, Hahn, Manuel Rojas, Vargas Llosa, Brice Echenique, Roque Dalton, Saer, Libertella, Puig, Piglia, Carlos Fuentes, Arreola, José Agustín. Y eran muy contrarios a García Márquez, Neruda, al criollismo en general, al realismo socialista.
Fue en aquella época que Sergio Gómez también sufrió la represión de la dictadura: en 1986 la universidad, dirigida por el rector-delegado Guillermo Clericus, sancionó a más de 200 estudiantes y expulsó a otros 50 a raíz de las protestas acompañadas por diversas actividades culturales orientadas a la libre expresión y la organización de centros de alumnos y federación de estudiantes.
“Sergio fue uno de aquella generación de Español claramente diezmada. Junto a un pequeño grupo, aceptó continuar estudios en Argentina, pero pronto regresó al país con la voluntad de apelar y lograr su reincorporación”, recuerda.

Crédito: Biblioteca Nacional Digital.
Autor en Transición
En 1990, la dictadura terminó, al menos formalmente. Tras titularse en 1989, Sergio Gómez se traslada a Santiago y comienza otra etapa: publica varios libros en la editorial Planeta, entre ellos “Adiós, Carlos Marx, nos vemos en el cielo” (1992) y “Vidas ejemplares” (1994). Esta última, finalista del Premio Rómulo Gallegos (1996).
Esa narrativa “marcó el fin del relato de izquierda en la literatura chilena. Ya desde el título de su primer libro, ‘Adiós, Carlos Marx, nos vemos en el cielo’, se crea la atmósfera de pérdida de transformación de un mundo mejor en que van a vivir sus personajes”, comenta Magda Sepúlveda Eriz, académica de la Facultad de Letras de la P. Universidad Católica de Chile y miembro del Centro de Estudios de Literatura Chilena (CELICH).
Al interior de este libro de cuentos, Sepúlveda destaca “El hombre nuevo también envejece. Uno”, donde el personaje es un escritor chileno en Manhattan, un escritor que se “declaró exiliado y perseguido” para conseguir un lugar en el ambiente latinoamericano. Para ella, de “hombre nuevo”, ese ideal levantado por la izquierda de un sujeto ético, no queda nada en la narrativa de Sergio Gómez.
“Es la narrativa que representa el ideario de la Transición chilena, ya no queda nada por lo cual valga la pena luchar. Sus personajes, como los de ‘Vidas ejemplares’, son jóvenes que pasan el día a día. Allí no hay futuro. El protagonista, un joven taxista, solo piensa y ejecuta los incendios de la ciudad. Parque Deportivo se quema, como todos los ideales de izquierda en su narrativa”.
“En este tema de la narrativa, no formábamos un grupo que procurara establecer una corriente o un manifiesto. Pero sí teníamos desarrollada la idea de que la imagen que se tenía en el extranjero del mundo latinoamericano era una caricatura. Ambos habíamos tenido experiencias desagrables en el extranjero en ese sentido. Se pintaba el continente como un espacio mágico de papagallos y románticos revolucionarios en medio de la selva. Y la verdad es que éramos individuos habitando ciudades precarias y llenas de smog al ritmo del rock de todas las latitudes”, cuenta Lermanda.
Para Lermanda, Sergio Gómez y varios otros, García Márquez, Luis Sepúlveda o Isabel Allende vendían pintoresquismo. Y sentían que les habían hecho daño al proyectar los espacios latinoamericanos en que vivíamos como ruralidades exóticas.
“Por ello es que Sergio, al trasladarse a Santiago, tuvo la buena fortuna de encontrase con Alberto Fuguet, quien tenía aún más desarrollada la visión y la experiencia de este fenómeno”, recuerda.
“Pude comprobar de cerca la gran generosidad de Fuguet al integrarlo a Zona de Contacto y a sus talleres, así como al ambiente del movimiento de jóvenes escritores de lao año 90 en Chile. Para algunos –como el propio Fuguet– la antología MacOndo fue una empresa fallida. Para muchos otros, dentro de los que me incluyo, marca un hito importante que da cuenta de una idea posible de concebirnos como latinoamericanos. Su prólogo dice mucho más de lo que parece. Es un documento de gran valor”, remata.

Sergio y alumnos de la Zona de Contacto, agosto de 1996. Gentileza de Sergio Cancino.
Zona de Contacto
En Santiago, Sergio Gómez se convierte en uno de los creadores de la Zona de Contacto, donde trabajaría junto a Fuguet.
“Recuerdo que Carlos Orellana de la Planeta de los 90s me pasó el ejemplar de Adiós, Carlos Marx, nos vemos en cielo. Y de inmediato sentí una conexión. Creo que fui a su lanzamiento y a los pocos días lo invitamos a la Zona de Contacto. Ahí conectó con todos y estaba a cargo del taller y, por lo tanto, fue profesor y editor de mucha gente, entre ellos de María José Viera Gallo”, comentó el autor en el diario La Tercera.
Lo cierto es que con Fuguet editaron al menos dos libros clave en esos momentos: “Cuentos con Walkman” (1993), una antología de talleristas de la Zona de Contacto, y “McOndo” (1996), que repetía lo mismo con autores latinoamericanos. Además de compartir un espacio de entrevista en el desaparecido canal Rock&Pop.
Para muchos, ese taller en la Zona de Contacto fue el primer taller literario.
“En esa época la la gran mayoría teníamos veinte años como máximo, incluso menos diría yo, y Sergio nos trataba a todos como pares, no no no es que él se nos hablara desde un púlpito, sino que él era, tenía una relación con nosotros muy horizontal, digamos, de tú a tú, y eso era muy gratificante, la verdad”, recuerda Ossandón.
“Nunca lo olvidaré. Él y Fuguet fueron los primeros escritores que me leyeron, que vieron algo en lo que yo hacía y en el caso de Sergio, quien me transmitió suficiente entusiasmo como para confiar o siquiera imaginar que podía dedicarme a la escritura”, recuerda Viera-Gallo.
“Me gustaba su personalidad amable, el hecho de que nunca cayera en mansplaining, su cercanía y respeto. Aprendí mucho en sus talleres de narrativa, creo que compartíamos cierta sensibilidad de ‘mirar Santiago’ desde afuera”.
Amor por las regiones
Ossandón tiene “nítidamente” el recuerdo de Sergio como un tipo muy sencillo, muy carente de toda pose, de toda pretensión.
“Él venía llegando, no era santiaguino, venía llegando hace poco de Concepción, según recuerdo, y a él le gustaba, parecía disfrutar un poco con esa condición de provinciano, en una época en que, claro, era medio peyorativo eso de venir de provincia, pero él parecía jactarse de aquello”.
Cancino recuerda su generosidad y entusiasmo. También su exigencia: “que leyéramos mucho, más allá de nuestros géneros y autores favoritos y de las modas imperantes”.
“Nos instaba a convertirnos en lectores voraces para aprender a escribir. Siempre sentí que él tenía un cariño especial por quienes habíamos nacido en regiones y por las historias que podíamos contar”, comenta el originario de Molina.
Coincide en eso el escritor Francisco Ortega, que llegó a Santiago en 1994 desde Victoria.
“Yo a él lo conocí el 93, lo conocí por su primer libro en Temuco, en una librería en Temuco. Luego nos reencontramos en el 94, después me editó un par de libros, hicimos libros a medias, libros de cuentos”, dice.
“Siempre era alguien que te aconsejaba, un gran lector. Si tengo algo que recordar de Sergio, es que era un gran lector y un tremendo editor, un tipo que sabía perfectamente cómo tenía que funcionar un libro para enganchar con los lectores”.
Otro que lo conoció en esa época fue el escritor y dramaturgo Marcelo Leonart.
“Era como un tallerista joven, era digamos un poco mayor que nosotros, por lo tanto tenía como otras lecturas, tenía otros entusiasmos, tenía otras madurezas también. Y ahora recordándolo, sí, yo me acuerdo que era un tipo que compartía mucho el entusiasmo para la literatura, entonces hablar con autores nuevos, recomendarnos libros los unos a los otros, era algo como que te llena de energía y que en esa época de la vida, cuando uno es joven, no solamente lo necesita sino que ahora que es viejo y que hay otros entusiasmos, lo agradece”, comenta.
Ambos compartieron una pasión muy grande por John Irving, por ejemplo. Y él le pasó los primeros libros que Leonart leería de Paul Auster.
“Podría decir que éramos como de lotes diferentes, pero era un gallo que le encantaba la literatura, que le encantaba la lectura y le encantaba compartir los entusiasmos. Y sobre todo con eso me quedo, un entusiasta de la literatura. Se necesita ese entusiasmo”.

Visita de Sergio Gómez a netland School de Antofagasta en 2018. Crédito: Netland School.
Escritor juvenil
Un entusiasmo que luego hay en otra etapa del escritor Sergio Gómez: su faceta como creador de la saga Quique Hache.
“En su línea de literatura juvenil, Quique Hache rompió todas las expectativas. El personaje ha sido libro de cabecera de varias promociones de estudiantes chilenos. Se convirtió en un clásico nacional a la altura de Papelucho, lo que es una proeza”, cree Lermanda.
Catalina Echeverría, hoy en editorial Planeta, destaca que sus libros en esta rama ofrecen una variedad de mundos e historias para lectores de todas las edades, con libros para lectores desde 8 hasta los 18 años, que forman parte de los planes de lectura complementaria escolar.
“Sergio visitó siempre los colegios para conversar con sus lectores y referirse al oficio del escritor contando anécdotas sobre sus procesos creativos, inspiraciones, sin idealizar el trabajo mismo. El personaje más representativo de su obra infantil es Quique Hache, un adolescente que va hasta el fondo investigando misterios; de alguna forma, ese personaje encarna la intención narrativa de Sergio hacia sus lectores jóvenes”, cuenta.
En esa faceta, otro de los que lo conoció bien fue Sergio Tanhnuz Peña, director de Publicaciones SM.
Para Tanhnuz Peña, su aporte a la narrativa infantil y juvenil chilena es fundamental, pues él, como pocos, puso en el centro de todo a las buenas historias por sobre las modas o el marketing.
“Lo primero para él era ofrecer una historia trascedente a los lectores, independiente de los formatos que pudiera tener el libro, las tendencias de moda o las rentabilidades comerciales. Para él, la literatura estaba por sobre eso, y ello quería decir que los libros debían, a una misma vez, estar bien escritos y ser entretenidos”.
Y recalca esto: estos dos conceptos que a veces se presentan como opuestos, él no los entendía por separado. “Para él, escribir bien y entretener era lo mismo. Y si no resultaba así, era mejor no publicar. De hecho, él mismo se autolimitaba la posibilidad de publicar si veía que la obra no estaba bien resuelta”.
“Sus libros se caracterizan por ofrecer relatos con sentido, reflexivos, humanos, profundos, muy anclados en la realidad, aunque tuvieran elementos de fantasía. En su obra no estaban permitidos los recursos fáciles, las fórmulas comerciales ni los guiños livianos para captar al público. En este sentido, era muy jugado pues no esperaba a ver qué es lo que demandaban sus lectores o las editoriales, sino que iba directo a lo que su instinto de escritor lo impulsaba a escribir”.
Y Echeverría hace hincapié en sus personajes, siempre autónomos y desafiados ante un mundo injusto que los pone en situaciones de desventaja.
“Son de alguna manera novelas de formación muy locales, nunca descuidó esa esencia chilena en la construcción de mundo, aunque se refiriera a este directamente, o no, cada libro devela esa búsqueda personal del ‘mito del héroe’ hasta llegar a nuevos estados de madurez a punta de la propia experiencia de vida”, remata.
Despedida
Sergio Gómez fue enterrado el pasado miércoles en Temuco. Primero, el día anterior, hubo un velatorio en la funeraria Villena. Y luego, al día siguiente, fue su funeral en Parque del Sendero, a mediodía.
Su último libro publicado en vida se llama “Por esta calle pasan entierros”, presentado el año pasado por editorial LOM.
“Nos ha impactado y apenado la noticia de la partida de Sergio Gómez. Un importante escritor que se va antes de tiempo”, comenta Paulo Slachevsky, editor de LOM, quien comenta que esta obra es “una muy buena novela del género neopolicial cargada de humanidad y memoria. Nos encontrábamos leyendo el segundo volumen, ‘Todo lo que sabemos del cielo’. Se extrañara su pluma, y su apuesta, tan necesaria en estos tiempos”.
“Sergio se va, pero a la manera de Onetti, nos deja todo un pueblo, Vertiente Baquedano, con sus luces y sus sombras, tan prójimo a nuestra realidad. Un honor haberlo publicado” afirma.

Sergio Gómez en 2024 en la V edición del Festival Internacional Santiago Negro, donde recibió el reconocimiento Santiago Negro por su extraordinaria trayectoria en el género policial.. Crédito: gentileza de la familia
Para Ortega, Sergio Gómez “va a comenzar a ser valorado más de lo que era valorado, reconociéndole su importancia como parte de la nueva narrativa chilena a inicios de los noventa, luego como uno de los grandes renovadores de la literatura infantil juvenil con Quique Hache. Un escritor super prolífico y con un registro muy amplio que tomaba el policial, tomaba el realismo, tomaba el fantástico. Nunca tocó la ciencia ficción siendo muy fan de la ciencia ficción, aunque editó libros de ciencia ficción. Pero sobre todo, una gran persona”.
“La obra de Sergio abarca un gran arco narrativo, que va desde la literatura urbana, como te decía anteriormente, pero sin descuidar la reflexión y el juego autorreferencial de la literatura sobre la literatura, a lo Borges y también el policial, que desarrolló de manera considerable en ese género tan difíl de escribir es la llamada narrativa juvenil, porque no queda claro qué es, y en qué momento se desplaza a una narrativa más compleja e incluso digamos, ‘adulta'”, aventura el poeta Harris.
“También creo que Sergio contribuyó mucho a la formación de generaciones de narradores más jóvenes en los talleres del grupo McOndo y sin dejar de lado la lectura crítica de autores, tanto chilenos como extranjeros, sobre todo norteamericanos. Un legado muy importante e indiscutible sobre todo en nuestra narrativa. Y su casi secreta poesía del libro ‘Foundation’, que quizás alguna vez lo conozcamos en su totalidad y universalidad. Un gran amigo y una bella persona Sergio. Lo extrañaremos”.
La última vez que Viera-Gallo se lo cruzó fue en la verdulería de su barrio, en La Reina Baja.
“Él vivía por ahí. Pasó a comprarse una fruta, venía trotando por la orilla del Canal San Carlos. Hablamos de literatura entre apios y cebollines. Nos reímos. Me habló de su rodilla, que el médico le había prohibido correr pero que él lo hacía igual. Quedamos de vernos y por ahí intercambiamos mails, como si estuviéramos en los 90”.
El escritor se fue. Todos se irán. Todos nos iremos. Pero quedan sus recuerdos, su memoria, su obra.
Adiós, Sergio Gómez, nos vemos en el cielo.

Sergio Gómez con su hijo José Pedro y su hija Julieta. Gentileza de la familia.