CULTURA
Crédito: Archivo
Laborde y su libro sobre identidad latinoamericana: “Yo creo que falta completar el Descubrimiento”
En “Raíces y ramas de América Latina”, el académico aborda el difícil vínculo entre españoles, criollos e indígenas, y hace un recorrido por la historia de nuestro continente.
En medio de las declaraciones del rey Felipe de España sobre el “abuso” que hubo en la Conquista o la polémica por una discoteca recién inaugurada en Madrid, cuyo dueño explícitamente dijo que no quería “latinoamericanos”, el profesor Miguel Laborde ha publicado un libro sobre la identidad latinoamericana.
Se trata de “Raíces y ramas de América Latina”, donde aborda el difícil vínculo entre españoles, criollos e indígenas, y hace un recorrido por la historia de nuestro continente.
El ensayo va desde Caral, la ciudad de cinco mil años de antigüedad en Perú, la más antigua de América, hasta el recorrido vital de Violeta Parra en su recuperación del folclore chileno de mano de su fuerte conexión con la cultura española, en una reflexión sobre nuestra identidad como pueblos de estos territorios, con nuestra historia y nuestros traumas.
– ¿Cuál es el origen de este libro?
– El año 2024 decidí dejar la docencia universitaria y crear un Taller abierto, sin pruebas ni exámenes, para gente que, como yo, quiera sentarse a pensar en Chile. Lo dediqué a dos temas de la cultura chilena que me parecían, y siguen pareciendo, heridas abiertas que impiden el crecimiento de nuestra sociedad; la relación con el mundo indígena y la relación con el mundo hispano.
Son nuestras matrices, nuestras raíces, y nos llevamos pésimo con las dos. Como no queremos ser indios, ni españoles, tampoco sabemos ser mestizos, que es lo que somos. Flotamos, sin echar raíces profundas en ningún mundo. De ese curso, de su preparación, salió este libro que busca un acercamiento a ambos. Los del Taller después me pidieron seguir con el mestizo siglo XVIII, y luego el europeizado XIX, y el errático XX, pero no creo que se transformen en libros; prefiero, cada vez más, la conversación.
– ¿Por qué quiso hablar de la identidad latinoamericana?
– Hablar de identidad es pensar lo que tenemos en común. Si queremos ser algo más que una colección de individuos, si aspiramos a compartir un proyecto de futuro en este territorio, si queremos construir entre todos un mejor futuro, tenemos que partir por ver en qué podemos coincidir, apoyarnos, desde dónde podemos despegar. Y no es casualidad que desde Lastarria y Bilbao hasta Violeta Parra y Los Jaivas, el cultivo de lo chileno se afinque en el marco de América Latina; poesía, novela, canción, arquitectura, lo mejor se vive en toda la región, no vivimos aislados.
– ¿A qué atribuye los desencuentros en nuestro continente, entre españoles e indígenas, luego españoles con criollos, y criollos con indígenas?
– Creo que los españoles se quedaron a mitad de camino. Es cierto que, a diferencia de las colonias de otras potencias, ellos se mezclaron con los indígenas y las indígenas, fundaron universidades y hospitales, ciudades y pueblos, pero, recelosos, tal vez por las distancias, no permitieron una autonomía en la gestión, lo que nos hubiera preparado para desarrollarnos en todo sentido. En vez de formar una red de naciones complementarias, y muy ricas en recursos – los ingleses lo hicieron mejor, en este aspecto-, dejaron resentidos a los criollos, listos para una Independencia que interrumpió las relaciones. Fue un divorcio duro, con muchas pasadas de cuenta, con rencores seculares que todavía no se subsanan.
– ¿Qué es necesario para un encuentro entre estas tres entidades: latinoamericanos, españoles, indígenas?
– Yo creo que falta completar el Descubrimiento. Viví un año en España y me sorprendió la ignorancia sobre América Latina, es una distancia que constituyamos una comunidad cultural y económica fuerte, gravitante, beneficiosa para todos. Es cierto que España tiene muchos problemas internos, además de enemigos culturales externos que la han dejado medio marginada en la Europa Occidental, pero nosotros tampoco hemos sabido dar el primer paso; no queremos aceptar ni asumir que nuestro origen es una trenza compartida. Tal vez, como estamos viendo, Felipe VI sea el que, luego de reconocer los muchos abusos, logre iniciar un tiempo nuevo.
El indígena es, sobre todo, un problema de nuestras repúblicas: rompimos con España y quisimos ser ingleses, franceses, alemanes, más blancos, más europeos, aunque sea de segunda clase. Entonces, renegamos de nuestra parte indígena, se nos volvió un lastre en esa búsqueda del blanqueamiento. La verdad, solo en las últimas décadas – y hay que reconocer el aporte de arqueólogos y antropólogos-, América Latina está descubriendo la América profunda, indígena. En cuanto a la mirada indígena, todavía carga con resentimientos y deudas pendientes. No hemos sabido dar una mejor cara, al contrario, las discriminaciones continúan.
– ¿A qué atribuye la ausencia de visibilización de la raíz afro en la identidad latinoamericana, si el 25% señala tener raíces afro?
– La presencia afro era muy fuerte hacia el 1800. En el censo del Obispo Alday, por ejemplo, no bajaba del 5%. Es por eso que primero se declaró la libertad de vientres, pero pasaron décadas antes de que cumpliera el fin de la esclavitud; eran una mano de obra fundamental para la economía de la época. Como queríamos ser blancos, figurar como civilizados a la europea, lo africano también era un lastre y se marginó. En distintos grados sucedió algo similar en todos nuestros países, lo que confunde nuestra identidad; el bolero tiene en parte esa raíz, el tango – hasta en el nombre-, igual la cumbia, la cueca chilena, entonces no se entiende nada si se excluye lo africano. A veces cansa el debate de la identidad, que tiene más de un siglo, pero tendrá que seguir hasta que hagamos las paces con la cara que vemos cada mañana en el espejo. Un vez, en una playa de Guayaquil, de noche me acerqué a una fogata de un grupo de afroamericanos; al saber de mi origen, de inmediato se lanzaron a cantar: “Si vas para Chile…”… Luego sambas argentinas, rancheras mexicanas, toda la noche, con unas voces, unas percusiones, inolvidable. Hemos perdido el tiempo, la dignidad, el respeto a nosotros mismos, por andar negando lo indígena y lo africano.
– ¿Sabemos quiénes somos los latinoamericanos? ¿Somos occidentales? ¿Qué tenemos de los españoles, qué de los indígenas, y hay algo que nos sea propio y no pertenezca a ninguna de estas dos culturas?
– En una finca colombiana, cada mañana, en los jarrones del corredor exterior había unos arreglos florales bellísimos, con flores de ahí mismo. Era un indígena puro el que hacía eso todos los días… Hay una sensibilidad que se ve en la toponimia, en los nombres personales, en los mitos, todo es poético, de una poética que viene de una relación muy sensible con la naturaleza. Según un amigo historiador militar, el soldado español está entre los mejores de la historia. Corajudo, resistente, frontal, y eso genera un orgullo de ser que alcanzamos a heredar los chilenos, a veces en exceso por querer creernos superiores a los vecinos.
Somos en parte occidentales, porque nos hemos alimentado de las ideas de la Ilustración, del romanticismo, del positivismo, y no queremos renunciar a todo eso, pero no somos solo eso; nuestra sensibilidad indígena aflora en nuestra poesía, canciones, narrativas y cosmovisiones que son plenamente mestizas, tal como las creaciones de un García Márquez o una Gabriela Mistral. Somos indígenas amortiguados por la educación y la cultura europeas. Como tantos, por vivir unos años en Europa, allá me descubrí diferente, y allá “descubrí” la riqueza de América Latina. Aquí es más difícil, está muy oculta.
– Finalmente, ¿qué sucedió en el Estallido con este problema? Porque hubo una reivindicación de los pueblos originarios, su reconocimiento fue incluido en la Nueva Constitución, pero al parecer los propios indígenas rechazaron la propuesta masivamente, excepto en Rapa Nui.
– Hay un muy buen análisis en el último libro de Carlos Granés, de cómo ciertos movimientos de las últimas décadas, muy positivos y necesarios, ecologistas, feministas, indigenistas, animalistas, perdieron el norte al volverse excesivos, intolerantes, expertos en cancelaciones y funas, sin diálogo, justo lo que defendía Jurgen Habermas – como se ha recordado en su reciente muerte- como el núcleo necesario de una sociedad. Fue una gran oportunidad perdida, fue muy doloroso, porque podríamos haber crecido en todos esos aspectos, para llegar a una Constitución más madura para siglo XXI. Tenemos que dialogar, sentarnos a conversar, a descubrirnos. Me ronda una frase muy certera, que me propinó Elicura Chihuailaf: “¿Y cuándo vamos a hablar de amor?”
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