Publicidad
La veta olvidada de Óscar Castro CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

La veta olvidada de Óscar Castro

Publicidad
Pablo Bravo Pérez
Por : Pablo Bravo Pérez Periodista y escritor.
Ver Más

Ambientada en torno a la mina El Encanto, al poniente de Rancagua, la novela no sigue una trama convencional. Más bien opera como una panorámica donde distintos personajes y grupos de mineros desfilan por sus páginas.


Por azar escucho Canary in a Coal Mine, de The Police (Zenyatta Mondatta, 1980). La expresión del “canario en la mina” alude a una advertencia temprana de peligro. En tiempos pasados, los mineros británicos llevaban estas aves a las profundidades: si dejaba de cantar, era señal de que el aire estaba contaminado por gases tóxicos y se debía proceder a la inmediata evacuación.

Esta imagen me transporta a las minas chilenas, a los socavones de Lota (donde también usaban canarios) y, de ahí, casi sin percatarme, paso a Sub terra (1904) de Baldomero Lillo, pilar de nuestra narrativa social.

Pero, más allá de Lillo, ¿quiénes más han explorado en la literatura chilena ese mundo? Pienso, por ejemplo, en Hernán Rivera Letelier, ya convertido en una suerte de best seller nacional con sus relatos ambientados en el norte minero; o en Volodia Teitelboim y su Hijo del salitre (1952), donde retrata las tensiones y usos de las oficinas nortinas. Sin embargo, hay un nombre que rara vez aparece en esta conversación y que merece ser recordado: el de Óscar Castro.

Óscar Castro Zúñiga nació en Rancagua en 1910. Fue poeta, narrador, bibliotecario y profesor de castellano. Su obra, marcada por el realismo, no goza del lugar que merece en el canon chileno, pese a su calidad literaria. Su novela Llampo de sangre (publicada póstumamente en 1950) es un excelente ejemplo de esa otra veta —menos explorada— de la “narrativa minera”.

Ambientada en torno a la mina El Encanto, al poniente de Rancagua, la novela no sigue una trama convencional. Más bien opera como una panorámica donde distintos personajes y grupos de mineros desfilan por sus páginas. El yacimiento mítico, cargado de historias de oro, actúa como excusa narrativa para revelar los anhelos y miserias de quienes le arrancan su riqueza a la tierra.

Castro no embellece la faena. Con sensibilidad y detalle, muestra cómo eran las jornadas, cómo vivían y soñaban esos hombres y mujeres que pueblan su novela. En ese sentido, su obra se suma —con dignidad propia— al pequeño pero intenso corpus de autores que han retratado la minería chilena desde una perspectiva humana, sin concesiones.

Influido por el cancionero tradicional, por Federico García Lorca y por Walt Whitman, supo fundir esas influencias con el paisaje y la cultura de la zona central chilena. Humanismo, erotismo, crítica social y un lenguaje del todo cuidado son marcas de una voz absolutamente singular y única dentro de nuestra literatura.

A pesar de haber vivido en condiciones modestas, entre Rancagua y un Santiago de pensiones frías y hospitales, acosado por la tuberculosis y por estrecheces económicas, Castro no dejó de escribir, de participar en tertulias y de animar la vida literaria local.

Murió pronto, el 1 de noviembre de 1947, y sus restos yacen en el Cementerio N°1 de Rancagua, ciudad que lo reconoce como uno de sus hijos predilectos. No obstante, a nivel nacional, su nombre rara vez se menciona. Quizás haya que volver a leer con nuevos ojos para redescubrir en Óscar Castro una veta literaria tan rica como olvidada.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad